23 abr 2014

Verde que me muero, por Carlos Sandoval

Esta es la historia de un amor o, más bien, de la imposibilidad amorosa. También, de las variadas estaciones del enamoramiento y de sus alocadas resoluciones. Podría señalarse, incluso, que Verde que me muero constituye el cierre de un demorado bildunsgroman donde su protagonista, Antonio Guerra –Tony–, alcanza a comprender que su vida es justamente la cotidianidad y no el recuerdo de una pasión juvenil, remota e inútil por inconclusa.
Ofrezco una tercera versión: esta es la novela de tres amigos músicos a quienes los años pusieron en su lugar, como siempre ocurre, arrebatando sueños y presencias.
            Sin duda, habrá otras interpretaciones (en literatura no existen verdades absolutas; corrijo: no existen verdades, sino hipótesis o perspectivas –apunto un lugar común, qué más da, pero a veces hay que recordarlo–); habrá quizá distintas interpretaciones, decía, que cada lector cifrará con base en su experiencia, en su conocimiento del mundo y en sus anhelos. Por lo pronto, en esta auroral pieza narrativa de Jason Maldonado nos topamos con la historia de un sujeto a quien el amor le juega sucio, pues estando en su pleno disfrute la súbita e inexplicable desaparición del objeto amado enrarece las prevenciones al uso de las relaciones de pareja. Este hecho, la partida de Auristela hacia Maracaibo (talismán o fetiche que desencadena las acciones) disloca el sistema amoroso del joven Tony: en adelante, el muchacho se precipita en un torbellino de frágiles enlaces sentimentales cuyas consecuencias son la desazón, la inmadurez y dos hijos de madres distintas. Y es que Antonio nunca logra desprenderse del recuerdo de Auristela, de su extraño alejamiento y de la imposibilidad de cerrar el capítulo más importante de su lábil existencia.
            Por eso, la misteriosa carta con la cual se inicia la obra será el punto de partida de un lento reconocimiento de sus malas jugadas afectivas y, al mismo tiempo, le brindará la posibilidad de alcanzar cierta comprensión (tal vez eso que llaman experiencia) cuando decide, en las escenas finales de la novela, enfrentar los requiebros de una vecina tan agostada y perdida en cosas del arte amatorio como él.
Este reconocimiento pulsional, sea el caso de decirlo, ocurre apenas en tres días y bajo los efectos de una terrible muerte: la del amigo de juventud asesinado por unos delincuentes en Maracaibo. (Qué raro, Auristela huye a la capital del estado Zulia treinta años atrás sin despedirse de Tony; en el tiempo actual que recrea la composición, el protagonista va a Maracaibo al sepelio de Anselmo y es justo en ese lapso cuando descubre, al volver a Caracas, el destino de su único amor. ¿Se habrá dado cuenta Maldonado –no la voz que relata los hechos– de esta enigmática coincidencia? Dejo al futuro lector todas las especulaciones.) Así pues, la muerte simbólica de la mujer amada y el deceso real del amigo ocurren en esas luctuosos y lumínicas setenta y dos horas, una brusca revelación que deviene sosiego y plena entrega a las circunstancias, pero de una manera consciente y vivaz, al contrario de la ceguera anterior que trazó buena parte de su camino afectivo.
Sobre la base de esta trama principal, en la novela se recrean otros aspectos: el impacto de la música como hilo que teje las historias de los protagonistas y que marca ciertas situaciones, la inevitable polarización política que ya resulta un rasgo (¿temporal?) del país, el uso del humor como elemento cohesivo de personajes y gentilicios y el manejo de algunos referentes de la cultura institucionalizada y de la cultura popular.
Aun cuando pudiera pensarse que, tratándose de una anécdota sobre el desencanto amoroso con pasajes que, al mismo tiempo, muestran realidades dolorosas, la pieza se halla incardinada de un tono festivo y de un fluido lenguaje que atenúan –porque ese no es su interés– cualquier desvarío melodramático o proclive a la denuncia de malestares sociales. Por el contrario, tenemos aquí la entrada de un novelista que nos trae una historia fresca y divertida que, sin embargo, obliga a reflexionar sobre nuestro destino nacional e íntimo. Un acierto de debutante.

Bienvenido.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me enganchó, me hizo topar con mis vivencias, creo que ese es el garfio, que haya sacado de mi historias, momentos, circunstancias. Podría decir que el grado de atracción es directamente proporcional al desentierro de nuestras realidades.

Un Abrazo