1 may. 2017

Una modesta proposición de pseudo reseña de La broma infinita de David Foster Wallace para evitar que los lectores del mundo, preferiblemente hispanoparlantes y habitantes de Caracas, Venezuela, me pidan el libro prestado y hacer que sea de provecho para todos en general. Sí, pseudo porque resulta imposible sintetizar en dos cuartillas 1092 páginas y 388 notas al pie.


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LBI empieza con la voz del joven Hal (Harold) Incandenza, de 17 años, diagnosticado con DDA (desorden de déficit de atención), una promesa para el tenis profesional  de su  país y mundial. Pero, en la AET (Academia Enfield de Tenis), si bien es cierto que lo que importa es este deporte, en muchas ocasiones lo que parece tener valía son las mañas, las historias ocultas, los fármacos y las drogas a las cuales recurren todos, bien para tolerar alguna lesión, o por lo contrario, para divertirse un poco, por ello mismo está el dealer (uno de los mismos estudiantes) que trafica con orine de niños para que las pruebas toxicológicas salgan a favor y no sean expulsados de la AET.
David Foster Wallace explora el mundo del tenis, el mismo del cual fue parte; lo critica con ferocidad por ser terriblemente envolvente, por coartar las libertades de sus participantes y porque los niveles de exigencia se le antojan opresivos y anormales: “compites con tus propios límites para trascender al yo en imaginación y destreza… Por eso el tenis es una empresa esencialmente trágica”. Según el propio DFW el tenis es un híbrido entre el boxeo y el ajedrez, precisamente por ello la importancia del torneo WhataBurguer en LBI. 
Otra vertiente de LBI tiene que ver con el mundo de los Narcóticos Anónimos (NA) en la Ennet House (“un monstruo que respira”) y los Alcohólicos Anónimos (AA), seguramente el más duro que pueda verse por escrito en una obra literaria. Allí están sus patéticos personajes mostrándose tal cual son cuando se drogan y llegan al éxtasis, o cuando imposibilitados de su “hope” (marihuana), “low ball” (mezcla de varias drogas con orine), de heroína, DMZ, de la “lóbrega anestesia espiritual”, la araña, la sustancia, cocaína o la mortal “esperanza” (la más ruda de las drogas) –como ya dije por otros medios, un vademécum perfecto de las drogas y el alcohol– caen en esa suerte de delirium trémens mortal, como uno de los personajes (se llama C.) que en medio de la desesperación se inyectó “drano”, sí, el destapa cañerías, y los resultados obviamente fueron mortales, pero lo que destella aquí no es que muera, si no, cómo lo narra, cómo lo cuenta DFW.
Mientras asistimos al bajo mundo de los adictos a las drogas y al de los alcohólicos (aunque suene tautológico), con situaciones cada vez más grotescas y perturbadoras, una cada vez más terrible que otra, el cine cobra fuerza como pasión en la vida del amorfo Mario Incandenza (“Bubu”, hermano de Hal) y de James (Jim, el bromista infinito) Incandenza, padre de ambos, con una larga filmografía que se lleva más de diez páginas en las notas al pie de página (¿se entiende?) explicando cada una de las supuestas películas, gran parte de ellas del género mudo.
En este quehacer cinéfilo, Jim Incandenza (llamado también Él mismo, Cigüeña loca, Cigüeña triste o Mr. Cigüeña) utiliza las ¿destrezas? histriónicas de Joelle Van Dyne (también adicta a cualquier droga) en parte de su filmografía, saltando la duda de si es amante o no de Él mismo. Pero resulta que Joelle es pareja, o al menos eso se da a entender, de Orin Incandenza (el hermano mayor de todos), quien no triunfa en el tenis pero llega a ser un gran pateador de fútbol americano y es acechado por una periodista para develar su historia familiar. Devienen los conflictos y el muy original suicidio de Jim Incandenza (allí el interés de la periodista), lo cual no contaré y que Hal fue el primero en llegar al lugar de los hechos: de manera magistral él le cuenta a su hermano Orin lo que halló en la perturbadora escena.
Estoy dejando por fuera momentos terribles, pero narrados con una calidad única: una embarazada que le encanta meterse piedra; la muerte de un personaje al que amordazaron en su propia casa para robarlo y murió asfixiado porque tenía gripe; el programa de radio de Madame Psicosis; el caso de Eric Clipperton, que jugaba tenis con una glock en una de sus manos y que amenazaba con suicidarse en plena cancha si perdía el partido; el brutal asesinato de Lucien Antitoi; las dantescas y originales matanzas de gatos a cargo de Randy Lenz y cómo la madre de este quedó atascada del culo en la ventana del carro y bañada en mierda; cómo el aspa de un helicóptero decapita a una feliz madre; la violación de Matty Pemulis por parte de su padre y un largo primor de historias dignas de psiquiátrico. No obstante, añado unas líneas fundamentales para estos dos personajes:
Don Gately, que paradójicamente no siente ningún tipo de simpatía por la gente de NA, pero de cuyo lugar (Ennet House) es una suerte de conserje, pues como dice el narrador “todos abrazándose y fingiendo que no añoran la Sustancia (sic)”, pero que adora a los AA y del cual forma parte, es “un viejo adicto  a los narcóticos por vía oral”, particularmente de su adorado Demerol y que además es un ladrón en proceso de recuperación. Personaje fundamental en LBI, que termina herido de bala en el hombro y sufre unos terribles dolores y unas alucinaciones tremendas, sobre todo cuando conversa con el espectro que lo acecha y, fundamentales para criticar al Estado Onanista en el que viven,  Les Assasins des Fauteuils Roulants, una suerte de secta canadiense que comete fechorías a más no poder. Lo ¿gracioso? de este grupo es cómo cada uno de sus integrantes llegó a perder la motricidad de las piernas para terminar en sillas de ruedas, algo que tampoco contaré, pero que como pista se pudiera comparar con el famoso chiken que juegan los estadounidenses, aunque el de los canadienses es mucho más temible y arriesgado. Los AFR quieren colarse en la AET y no precisamente para jugar raqueta en mano.
Más allá de lo anecdótico de todas las historias, está la forma y el estilo de DFW para contarlas, sobre todo la manera de titular los capítulos, entrañable manera de burlarse y ser sarcástico a más no poder del sistema de vida estadounidense, siendo satírico todo el tiempo. Mención aparte merece recordar que en más de una ocasión la lectura te obliga a volver a una larga nota a pie de página (¿habrá quien haya caído en esta broma?). Amén de esto y salvando las distancias, no pude evitar hacer la comparación entre Marcel Proust que se llevó ya no recuerdo cuántas páginas para describir el hecho  de levantarse de la cama y DFW cuando se toma todo un largo capítulo en la voz de Hal (en LBI todo es largo) para describir cómo levantan, él y su padre, un colchón de la cama para sacarlo al pasillo y cambiarlo por un box que no rechine tanto, es sencillamente admirable en términos narrativos. En lo particular no me sentí a gusto con el final de LBI, me dio la impresión de que DFW se cansó de escribir, tal vez hubiera necesitado de mil páginas más para dar un cierre más esplendoroso. ¿Pero quién soy yo para juzgar esto? Nadie. Seguramente habrá quien sí se sintió satisfecho con el final. Pero es innegable que estamos ante una gran obra literaria, tremenda, exigente, y que me atrevería a releer dentro de unos años.

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