10 feb. 2009

La carpa y otros cuentos


Al inicio de La carpa y otros cuentos, Federico Vegas expresa su duda si continuar su producción literaria en forma cuentística o novelada. Presumo además que dicha duda polifacética del autor en cuanto a lo que escribe, pudiera venir del feedback de sus lectores. En mi caso y después de haber leído parte de su trabajo, Falke, Miedo pudor y deleite, Los traumatólogos de Kosovo y ahora al texto referido, uno no sabe si decir que es un corredor de maratón o de cien metros planos a la hora de concretar sus ejercicios narrativos como diría el maestro José Balza. Dicho de otra manera y sin caer en alabanzas fatuas: se le dan bien los dos.
En cuanto al proceso creativo, a la cuentística particular de Vegas, él mismo sintetiza en la siguiente cita lo que más me atrae de sus cuentos, partir de algo tan sencillo, transitar una apología de lo narrado y volver al punto de partida como si nada hubiera sucedido: “Y esto es lo que más me asusta y me apasiona a la hora de escribir un cuento: arrancar del silencio para volver a él; partir de cero y regresar a la nada”.
La carpa y otros cuentos es un libro compuesto por catorce cuentos. A manera de mínimas píldoras los detallo de la siguiente manera:

“Mercurio”: de ahora en adelante me será imposible escuchar al grupo Queen y no pensar en este cuento. Descubra usted por qué.

“Marco Aurelio vuelve a casa”: un cuento conmovedor partiendo de los intríngulis de una separación conyugal.

“Foto de un mar vacío”: aquí Vegas se apodera del pensamiento femenino y crea un lado intimista desde la óptica de la mujer: “Yo estaba segura de que algo había sucedido…alguna mujer debía existir con la que me compararía constantemente y, mientras más callaba sobre su pasado, más me obsesionaba yo con el futuro…” Pensar ahora en mujeres será un acto culinario: las mujeres son un plato de espaguetis. Los hombres no quedamos por fuera: nosotros somos una lasaña. Entérese por qué.

“De Beirut a Macondo”: esta cita lo dice todo con respecto al cuento: “La magia de la amistad, con su fuente de infinitas opciones, es permisiva”. Sin embargo, la presencia de la mujer va recorriendo todo el libro: “Tanto es nuestro terror a la gradual superioridad de las mujeres que especulamos sobre ellas como si fueran nuestros contrincantes”.

“Un trabajo en Nueva York”: apéndice de la novela Falke. Un historia paralela que le da un respiro a los hombres que están próximos al combate.

“La carpa”: el cuento de un abuelo picaflor, enamoradizo, que acariciaba sus trinitarias a punta de batazos. Conmovedora historia de amor y muerte.

“Mi última noche con Verónica”: aquí continúa el tema de la muerte que viene del cuento anterior ahora representado en el viejo Sánchez. Aquí no faltan los tips culinarios como “la buena comida no debe engordar más que la buena literatura o la buena música”; también está presente la ley de Murphy: “Así era todo con Juancho: lo que podía ir mal, iba peor” y la amistad como “el gran amortiguador” de este cuento, el cual tiene altas dosis de humor a pesar de llevar inmerso una muerte de por medio.

“El caballero andante”: la inocencia de un niño ante la malicia de otro. Aquí reaparece un personaje del cuento anterior, Juancho, como bisagra fundamental para el complemento de la amistad.

“Marcelino”: un canto a la amistad con un final, más que triste, nostálgico. Los padecimientos de Marcelino que no recuerda nada o poco de lo vivido, y un narrador –su amigo- que siente culpa y vergüenza por no haberlo visitado. De allí esta estupenda frase: “Una de las características de los mediocres es que jamás olvidan sus éxitos; Marcelino celebraba sus fracasos”.

“Una noche con Billo”: para todo aquel que no le guste bailar esta es una buena historia. Arrancar del silencio un cuento y volver a la nada tal como manifiesta el propio Vegas. En este caso el silencio se remite al hecho de que a un joven no le guste bailar: “Vengo de una familia de sordos prodigiosos…son excelentes conversadores, pero mi padre, por ejemplo, canta “Cumpleaños feliz” con la música del Himno Nacional…Fiel a nuestra estirpe, me he casado con una mujer que al bailar parece que caminara”.

“Nuestra señora de los golpes”: este cuento arranca con un tema tan trivial como el de bañar a las mascotas y luego se prolonga hacia los delicados y sabrosos chismes de peluquería: “Después de años peinando se aprende que en cada mujer hay una sola historia que se repite y se repite. Cambiarán el corte y el color del cabello, los ojos, la nariz, la boca, los senos, las nalgas, los dientes, pero dentro de la cabeza siempre están las mismas trampas dando vueltas”.

“Los traumatólogos de Kosovo”: Una denuncia clandestina de la inseguridad reinante del país. Dos traumatólogos que con vasta experiencia en cuanto a los horrores de la guerra, vieron en el Pérez de León “un espectáculo de violencia y furia (que) superaba al de Kosovo…al llegar a la sala de emergencia se quedaron maravillados”. Todo esto enmarcado en un asesinato accidental que va hilando el cuento.

“Las vacas”: esto habla por sí solo acerca del cuento: “Esto de la psiquiatría y sus versiones es pura literatura, puro cuento bien pagado y relatado con gotero”. La culpa es de las vacas.

“El cajoncito”: vuelve Marcelino como referencia intertextual. Aquí se entremezcla en el cuento la voz de Vegas como arquitecto para hablar sobre el buen uso de los diminutivos, en donde la muerte está cruelmente presente hacia el final del mismo. “Los diminutivos sólo deben usarse cuando hay falta de escala. ¿Usted acaso se lava la boca con un cepillito de dientes?”.


En todos los cuentos, en menor y mayor grado, la fórmula humorística en su blancura o negritud, está presente para hacer de La carpa y otros cuentos una lectura sin desperdicio que pasa rápido frente a los ojos.



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