17 ago. 2011

La hermana


No hay camino más desesperado que el que conduce hacia la perfección.

Sándor Márai.

Es inevitable, las lecturas van más rápido que las reseñas. Son ya tres libros que he leído pero no he dicho nada sobre ninguno. En mi escritorio está La hermana de Sándor Márai esperando a que me digne a decir algo. Pero qué escribir sobre una señora novela como ésta, y para mayor INRI, llega a mis manos Diarios, 1984-1989 del mismo maestro húngaro. No hay opción, se abre un vacío en el espacio, se detiene imaginariamente el tiempo y allá voy.

La hermana es el trabajo literario que le siguió a El último encuentro, y como entre gustos y colores sólo saben –¿o pintan?– sus autores, confieso que me gustó más la primera que no la segunda. Aclaro que esto no es ningún desmérito para La hermana. La forma escritural, la contundencia de lo que cuenta, ese mundo ficticio que explora lo más profundo de lo humano, está allí, con la elegancia de un gran escritor. No obstante, el final me pareció algo flojo para lo bien que venía el clímax de la historia, en donde la resolución de lo planteado se diluyó de golpe hacia el final. La intriga en esta obra está sembrada desde muy temprano y esto hace que uno como lector, se desboque por hallar respuestas. Y esto sucede así, pero insisto, creo que el cierre pudo matizarse de otra forma.

Pero es una estupenda novela que toca de manera directa las angustias que todo ser humano puede afrontar si una extraña enfermedad se adueña de su cuerpo y su psiquis; está construida con los picos altos que todo convaleciente agradece cuando siente alguna mejoría, y los picos bajos cuando cree que la muerte ya ha llegado. Esto es lo que le sucede al famoso pianista Z., personaje sintetizado en una sola letra tal como años después harían Paul Auster y J. M. Coetzee, y seguramente algunos otros que se me escapan, en algunos de sus libros, el cual de manera inexplicable empieza a sentirse mal cuando va en tren camino a Florencia como invitado de honor del gobierno italiano para deleitar al público con su talento. Muy a su pesar, el concierto se da, pero ipso facto es ingresado en un hospital de la ciudad en donde comienza a desarrollarse la verdadera historia de esta novela.

El marco de todo se inicia en una “Nochebuena tan insólita” y en plena Segunda Guerra Mundial. En un modesto hotel coincide un grupo particular de personas y dos de sus habitantes fallecen, o al menos uno, por razones desconocidas. A través de un magistral manejo de los tiempos del autor, uno de los protagonistas –que es escritor– hereda un revelador manuscrito que es un canto de vida, pero también de muerte. El enfrentamiento de la enfermedad, los fantasmas que giran entorno a ésta, el delirio ante el dolor, la agonía y la posterior tranquilidad cuando la medicina convertida en droga sanadora es lo único que alivia el sufrimiento, están plasmados en La hermana con descarnada verdad, pero a la vez sublime en su forma y estilo: “De manera que era un tullido, estaba medio muerto y no faltaba mucho para que muriese del todo: ésta era la realidad, pero no me daba miedo. No me indignaba, no formulaba quejas, ni contra mí mismo ni contra Dios. No culpaba al destino, a las fuerzas ciegas e inescrutables”.

La hermana es una novela formidable, en donde el pianista Z. tiene un secreto que muy pocos conocen. Es un texto que bien se puede resumir como el encuentro entre “un médico y un paciente insalvable tratando de engañarse penosamente con conversaciones de circunstancia”. Ya para el cierre, pensando en voz alta y dejando evidencia de ello, tal vez no es que el final no me haya convencido, sino que precisamente por venir tan entusiasmado en la lectura, creo que quería leer mucho más de La hermana, pero como reza la canción, “todo tiene su final”.

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