17 oct. 2011

Corrector de estilo


Comencé a escribir la reseña del libro en referencia. Tenía mis acostumbrados apuntes y por cosas de la web 2.0, el escritor venezolano Héctor Torres me envió su reflexión sobre Corrector de estilo de Milton Quero Arévalo. Así que ni corto ni perezoso y con su autorización, la dejo aquí en mis escombros.


Hasta noviembre del año pasado, el de Milton Quero Arévalo era un nombre bastante desconocido en el mundo literario venezolano. Por esa fecha, los miembros del jurado y los organizadores de la primera Bienal de Novela Adriano González León (Econoinvest, Pen Venezuela y Norma de Venezuela), reunidos en el hotel Tamanaco durante una rueda de prensa, otorgaron el premio único a una obra denominada “Corrector de estilo”, firmada con el seudónimo Nectario Medrano Rodríguez. A partir de ese momento, muchos fueron las preguntas y comentarios en torno a Quero Arévalo. Como el nombre no le resultaba conocido a muchas personas, el asombro y el interés aumentaba cuando descubrían que no se trataba de uno de esos casos infrecuentes de niños genios que suele, en esas raras ocasiones, sacudir la modorra de las noticias literarias. Se trataba de un autor falconiano, de 45 años, residenciado en Maracaibo, con una extensa obra inédita en diversos géneros. Sobre la novela ganadora, el jurado señaló entonces que en ella el autor “reconstruye el espacio urbano en forma inteligente y crítica, y demuestra un conocimiento del alma humana que se expresa en personajes que a su edad lo han vivido todo, menos el amor”. Como buen veredicto, la única convicción que deja en el lector de la nota, es el deseo de leer el manuscrito que se impuso, entre 84 textos enviados, en el gusto de Victoria de Stéfano, Luz Marina Rivas, Oscar Marcano, Juan Diego Mejía (de Colombia) y Quim Monzó (de España).

Decir que en el Corrector de Estilo la ciudad de Maracaibo es otro personaje, es un lugar común que no nos perdonará el lector de estas líneas. Son embargo, es así. Adriano González León, presentador de lujo de la misma, le da un espaldarazo monumental al afirmar, con conocimiento de causa, que en ella Quero Arévalo logra lo que otros nombres mayúsculos de nuestra literatura no lograron de forma tan contundente: hacernos sentir el calor de esa ciudad, sus olores, sus sonidos, la presencia silenciosa y determinante del Lago (que debe ser algo así como el Ávila para los caraqueños), ese lago que en un hermoso pasaje de la novela “estaba en delirio adolescente rasgando la última posibilidad de tarde que quedaba”.

Y, ciertamente, si algo se puede decir de Corrector de estilo, es que en ella Quero Arévalo no evade en lo absoluto la ciudad de Maracaibo; al contrario la utiliza para hilvanar la historia y justificar, a partir de sus rasgos característicos, muchos de los movimientos y razonamientos de los personajes para, desde sus peculiaridades, contar algo tan universal como reiterado: Contar una historia de amor. Con un gigantesco caudal de ilustres antecedentes, el tema no parece ofrecer, de primera mano, mayores novedades al lector. La realidad es otra. La primera novela de Quero (luego de haber abordado el cuento, la dramaturgia y la poesía) ofrece una de esas historias cuya trama no es fácil de olvidar, porque supo destacar en ella elementos novedosos a partir de argumentos bastante manejados en la literatura.

El Corrector de estilo es la historia de las vicisitudes de un cuarteto de amigos sesentones que conforman algo que bautizaron como “El Círculo de Testosterona Literaria”, lo cual no es más que una especie de, a partes iguales, patético y tierno club de escritores que, ya pasados sus mejores momentos, aún aspiran alcanzar la gloria literaria, o siquiera algo que permita soportar la indiferencia del entorno social, las hostiles inclemencias de la naturaleza. ¿Quién puede pensar en poesía a cuarenta grados bajo sombra?, podrían preguntarse con desconcierto los personajes que rodean a estos incomprendidos. Se trate de la madre, de la señora que limpia, o de los alumnos del bachillerato, todos tienen un referente que los hace sentirse forasteros del mundo cotidiano.

En esa ciudad de provincia en que se desarrolla la historia de estos literatos tardíos, en ese paisaje urbano que se edifica a partir de las peculiaridades culturales de sus habitantes, en ese ambiente áspero, inerme a veces, hiperbólico en sus manifestaciones cotidianas, Nectario Medrano, el único de los cuatro amigos que (como Quero Arévalo) no nació en Maracaibo, es el encargado de describir la ciudad y sus habitantes con su mirada lejana. Desde sus ojos, los maracuchos son “verbales untuosos” y la estética de sus edificaciones públicas un acto de agresión. En ese ambiente, en el que él es doblemente forastero, le toca corregir por encargo un texto de una dama ¿cuarentona? casada con un patán millonario que, como corolario a una vida de éxito social, decide escribir su biografía personal. Conocerla a través del manuscrito, saberla infeliz, “corregir” su biografía hacia derroteros más amables, lo llevan ineludiblemente a enamorarse de la protagonista de la biografía. Obviamente, como buen soñador, sólo le restaba confiar en que, como aseveró Wilde, la vida imitara al arte.

El corrector de estilo atrapa al lector con mucha facilidad, sus personajes están notablemente dibujados, ofrece pasajes muy bien logrados. Luego de disfrutar de su lectura, no puedo evitar preguntarme: ¿Cuál hubiese sido el resultado si Quero Arévalo le da más tiempo a esa historia, suelta más a los personajes, se propone escribir más extenso? Ejercicio inútil, por supuesto. Pero sugiero estar atento a lo que este autor nos entregue en un futuro. Sin presionarlo, claro, como exigió Adriano.

http://www.hectorres.net/blog/archives/726

Publicado originalmente en Ficciónbreve, el 4/03/2008