6 jun. 2012

Desde Perucho Infante hasta Pedro Contreras


Toda historia tiene un comienzo, algo que da pie al desencadenamiento de las acciones. Por trivial que parezca, hay hechos que por simples resultan ser el detonante de una historia. En Si yo fuera Pedro Infante, ese elemento es un ruido molesto, una alarma de un vehículo que no para de sonar. Así comienza esta obra en donde Eduardo Liendo, coloca como protagonista a un personaje que por simple, termina transformándose en uno de los ídolos musicales más trascendentes de todos los tiempos: Pedro Infante.
 
Perucho Contreras es ese hombre que más allá del brazo roto producto de alguna desventura desconocida, se siente y se piensa como “el ser más desamparado del planeta”  y lo único que se le ocurrió para consolar sus miserias, fue imaginarse como ese ícono de la música ranchera y posteriormente latinoamericana: “Dios mío, si yo fuera Pedro Infante”. Entonces salta la pregunta obligada: y si lograra serlo, ¿pararía el estruendoso sonido de la aguda alarma del automóvil? No, obviamente que no.

La imaginación de Perucho Contreras comienza así a explorar la infinita cantidad de posibilidades que es estar en los pantalones de un ídolo que se mantiene en el tiempo. En este sentido, todo le resultaba fácil, pues con guitarra, alguna botella de alcohol y una noche despejada y repleta de estrellas, le sería suficiente para emprender ese largo camino ocurrente e imaginario.

Liendo drena de una manera magistral la voz de Perucho con una sutileza tal, que de ser ese Contreras anónimo (como lo sería cualquier Pérez o Rodríguez), pasa a ser Pedro Infante y ni cuenta nos damos.  Revive sus inicios musicales cuando su nombre no decía nada en la conciencia del colectivo y cuando afirmaba que “el silencio es la mayor humillación para el artista”. Liendo pone a soñar a Perucho, pero éste a la vez sueña lo que Pedro Infante anhelaba ser antes de consolidarse como artista popular destacado en México y más allá de sus fronteras.  No obstante, vivir esta fantasía no le impide recordar cada cierto tiempo quién es en realidad: “Porque esta maldita corneta nunca va a parar y ni siquiera puedo entretejer ociosamente una historia de insomnio”. Y se da esa simbiosis Contreras-Infante con claro pero agradable desparpajo: “Todavía ahora, apartando el ruido, puedo ver sus piernas fulminantes”, dice Infante, mientras recuerda a la muchacha más bonita del barrio. Así que dentro del texto, ambos personajes se fusionan y llegan a ser uno solo.

Si yo fuera Pedro Infante, es un texto que está lleno de musicalidad. Las rancheras que en los tiempos de gloria entonó el recordado cantante, se pasean por la obra en un claro acto evocativo que trasciende las fantasías de Perucho para convertirse en un homenaje a una época y evidentemente a la imagen de Infante, a pesar que en determinado momento de la novela y casi en un tono peyorativo, éste dice: “Mi repertorio era el de un romántico trasnochado, cantaba valses y boleros dulzones que los turistas bailaban a medio dormir  entre el piso y la cama”. Pero más allá de esto, las dos voces que Liendo transforma en una, siempre hallan el momento para recordar el tiempo real de la ficción en que se está relatando: “...esta infame corneta no puede impedir que esta noche me transmute en el mito de Pedro Infante (mi opuesto), mediante una alquimia de los sentimientos, e inventar una existencia que, por momentos, parece la suya pero que me pertenece cabalmente, puesto que soy yo quien la sueña, yo quien la nombra”.

Es importante destacar que la historia revela una idolatría que trasciende lo individual. Perucho Contreras es el conductor de un sentimiento que se transforma colectivo; se torna en la voz que se multiplica a través de la gente común y silvestre, la misma que madruga día tras día para ir a cumplir con sus oficios o empleos. Recordemos que el mismo Perucho es una suerte de empleado público que cataliza sus pesares a través de la noche, la misma noche de su insomnio repercutiendo en la nocturnidad de Pedro Infante, esa en donde la mayoría de los cantantes construyeron su imaginario de ídolos, unos rotundamente exitosos y otros sin pena ni gloria.


El cine tiene también su cuota de valor dentro de la estructura ficcional de la novela. “Escuela de vagabundos”, “El inocente”, “Tizoc”, entre otros clásicos del cine mexicano, también están allí presentes como un elemento aspiracional más dentro del imaginario de Perucho que ya es colectivo. Como bien dice Pedro Infante: “Los otros, aunque nos quieran, siempre nos miden por sus aspiraciones, y a casi nadie le gusta marchar cuesta arriba”. Luego más adelante dice: “...cuando luego han dicho que mis películas son fantasía, pienso que la mayor fantasía fue mi propia vida”, y es la que Perucho Contreras toma prestada para soñar e imaginarse otro, desdoblarse  a través de una historia que considera exitosa, para paliar la ingente cantidad de fracasos que cualquier humano pueda tener en su historia de vida, desde el fracaso amoroso hasta el profesional. Tal como lo dice textualmente Perucho: “Sustituir al héroe en una noche de insomnio, mientras una corneta real nos devora la cordura”, para luego complementar tajantemente: “Inventar nuestra propia ficción”.

Perucho Contreras se transforma en un ídolo; un personaje que desde el más crudo pragmatismo nadie conocerá con las dotes de un cantante famoso como lo fue Pedro Infante, pero que en su fantasía cobra una voz distinta y se desdobla, llegando a unir su factible penuria económica con la de Infante: “Uno quiere torcerle el cuello a la miseria para no ser esclavo de los cien pesos de alquiler de un cuarto”. Pero el texto va más allá de los símiles que a la vista saltan con evidencia. También hay un melodrama intrínseco a la vida de la gente más humilde; la misma que día a día vive con la esperanza de un mejor mañana, esa que representa Perucho con su fantasía nocturna de charro famoso, donde “ese desdoblarse en la vida de su ídolo, convierte a la noche y al hastío, en la saudade de una alteridad que prolifera en la medida en que ella sirve para afrontar la suerte de la verdadera realidad”[1].

Sorprende que un texto como Si yo fuera Pedro Infante, fuera escrito por un autor venezolano, más aún en un país como México en donde sobran plumas de alto calibre literario y cultural. Ahí la grandeza del escritor, en este caso, del maestro Eduardo Liendo, que seguramente transfirió su pasión por la música ranchera, y particularmente por la de Pedro Infante, a un Perucho Contreras que como se dijo al principio, pudiera ser cualquiera. Es así como lo popular, y en este caso la música popular, trasciende esa barrera imaginaria que limita con lo académico y la música culta; barreras que siempre estarán supeditadas a los gustos particulares de quienes tienen el poder de catalogar dentro de un canon cultural, bien por el poder que les da un estatus social o un estatus económico. Empero, dichas barreras poco a poco se han ido limando con el tiempo, aunque siempre dejando un remanente que raya más con la necedad de quienes ostentan el poder dentro del mundo “cultural”, que con argumentos contundentes para no hallar elementos educativos y culturales en lo popular: “No se trata de una incorporación de lo popular en la llamada música culta, sino también de unas elaboraciones desde lo popular que posibilitaron el desdibujo de las fronteras... El surgimiento de las categorías “culto” y “popular”, y su compleja interrelación, constituyen objetos centrales del análisis cultural de la relación entre música y sociedad en la modernidad”[2].

Dentro del imaginario del texto, también se da el espacio pertinente para que Perucho Contreras (más cercano aquí a la voz de Liendo que a la de Infante), recorra lugares que años atrás eran de su habitual visita. Así aparece el  cine Royal, el cine Jardines, la Plaza Miranda, el Coney Island o la sempiterna Iglesia Santa Teresa en pleno centro de Caracas; o recuerde nombres como los de Alfredo Sadel, Susana Duijm o Chelique Sarabia. Si yo fuera Pedro Infante es una novela que a pesar de su brevedad, presenta de principio a fin un personaje que se camufla, que se esconde imaginariamente en medio de una noche ruidosa y cuyo postura camaleónica, nos lleva de paseo hacia el pasado para descubrir en la ficción, la vida de un ídolo que no podía morir de otra manera: trágicamente.

El intercambio de apellidos que intitula estas breves palabras, no es más que el juego propio que se da a lo largo del texto, “porque Perucho Contreras es el gran artífice de los mimetismos, de las imposturas, de la invisibilidad”, se dice a sí mismo en pleno soliloquio mientras la interminable madrugada extiende sus horas; Perucho disfruta de su “insatisfecha mitomanía”, porque además, “...el verdadero ídolo de Perucho Contreras, no es otro que Perucho Contreras. Todo lo demás, no es más que un pretexto para pensarse a sí mismo”. La construcción de la ficción va desde ese yo interno del personaje hasta el viaje virtual de una vida llena de música, cine, y que va construyendo el mito que hoy día conocemos como Pedro Infante. No obstante, hacia el final de la obra, el anónimo personaje salva su honor cuando tajante sentencia: “Después de todo, tampoco está mal ser Perucho Contreras”, alguien que puede llegar a ser en tan solo una noche, un ídolo, un cantante famoso o sencillamente, Pedro Infante.


[1] González Silva, Pausides: La música popular del Caribe hispano en su literatura. XI Edición Premio Fernando Paz Castillo, Fundación CELARG, 1996. Página 25
[2] Quintero Rivera, Ángel: Salsa, sabor y control. Siglo XXI Editores. 1998. Página 350

1 comentario:

Icíar dijo...

Al final me ha hecho reír la conclusión de este empleado público con aspiraciones de estrella, me ha hecho reír eso de: "Después de todo, tampoco está mal ser Perucho Contreras”