17 jul. 2013

París no se acaba nunca

Muchos autores lo han hecho, utilizar a su favor el nombre de grandes escritores o artistas para enriquecer sus líneas. Pero en el caso particular de Enrique Vila-Matas, hacer confluir en un mismo libro a Sollers, a Kristeva, a Barthes, a Pleynet, entre otros escritores para abreviar la referencia, es sencillamente magistral. Es algo a lo que ya nos ha acostumbrado, así que es imposible no mencionar la imaginaria trilogía de la literatura como objeto que se da entre El mal de montanoParís no se acaba nunca y Doctor Pasavento. Con mi habitual atrevimiento, yo transformaría esto a tetralogía incorporando de primero en el orden anterior a Bartebly y compañía.


Más allá de la opinión particular y agregándole más combustible a la incorporación de memorables escritores a la obra, en París no se acaba nunca el personaje principal, tal vez un Vila-Matas desdoblado, o un alter ego ficticio, tiene por casera a Marguerite Duras, quien en una cuartilla contentiva de trece puntos fundamentales le dice qué se necesita para escribir novelas, y además de esto, sueña con ser el doble, tanto en lo físico como en lo literario, de su ídolo Ernest Hemingway. Por eso la obra comienza con el concurso de dobles del laureado autor en el que el protagonista se anota (barba postiza incluida), y juega con los títulos  París era una fiesta del Nobel, y París no se acaba nunca de este otro Vila-Matas que no pierde ocasión en mencionar (¿o promocionar?) una de sus primeras novelas: La asesina ilustrada. La reconstrucción de la historia, de París... se da a través de una conferencia que el protagonista da a razón de dos horas diarias durante tres días continuos versando sobre el tema de la ironía.

Pero, qué hace tan atractiva a París no se acaba nunca. Después de unos cuantos libros leídos de Vila-Matas, el tópico resaltante es esa mezcla de novela, autobiografía novelada y ensayo, que precisamente envuelve al lector en la duda —la placentera duda— de saber qué es verdad y qué es mera ficción, más todavía si se tiene claro desde el principio, que las antípodas entre realidad y subterfugio, no importan. Creemos en lo que leemos y ya, tal como aceptamos como verosímil o increíble que Marguerite Duras le hubiera rentado una simple y fría buhardilla en París. Amén de esto, lo cinematográfico también está presente en el libro, recordemos que Duras fue guionista de cine y en la obra en cuestión, el personaje principal queda deslumbrado por una —para entonces— desconocida Isabelle Adjani; se dan situaciones al mejor estilo de Boris Yellnikoff, el personaje principal de la película de Woody Allen “Si la cosa funciona”, que en lo primeros minutos interactúa —o intenta hacerlo— con los asistentes a la sala de cine. Aquí sucede algo similar cuando el narrador hace lo propio con una mujer que asiste a la conferencia.

Haciendo un osado paralelismo, París no se acaba nunca se parece mucho —aunque el orden sería inverso— a “Midnight París” de Allen (a quien también se menciona en el libro), donde van apareciendo grandes poetas, narradores, pintores, entre otras personalidades, que hacen de la historia un grato coctel de imágenes que hacen fantasear al más impertérrito de los lectores. Pero es que el personaje principal —un poeta frustrado, valga decir—  está indeciso entre ser Hemingway o Thomas Mann, pero en lo que no cabe duda es que apuntaba muy alto en sus aspiraciones de simetría literaria, sin dejar de titubear y reflexionar sobre el quehacer literario, por ello uno de los temas que también lo obsesiona es el de la verosimilitud, “algo que a los verdaderos novelistas les hace sudar la tinta más oscura”.


Ese escritor principiante inmerso en la novela, reconoce al final que fue a París sólo por dos cosas: una, para aprender a escribir a máquina, y dos, para recibir “el criminal consejo de Queneau”, un tip fundamental para hacerse escritor. Obviamente, no se los diré. El personaje piensa, reflexiona, elucubra situaciones en la que consigue su propia grandeza literaria, aunque a cada instante sienta el fracaso besando sus mejillas. No obstante, se defiende ante los lectores cuando dice que “la ficción siempre ha sido ficción y hay que creer en ella cuando aparece con gracia”.  La realidad y la ficción, como dije líneas atrás, es lo de menos. Nos dejamos llevar por esa “gracia” disfrutando de la palabra. París no se acaba nunca pero esta reseña, sí.