12 ago. 2013

Ciudad santuario

Hay ojos que emanan ternura
y hay ojos de inmenso dolor,
ojos que en noches oscuras,
viven de amarguras
y desolación.
Rubén Blades

«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…», dijo el cura y mientras mi abuela bajaba a su fosa eterna, dos bandas se empezaron a caer a plomo; plomo cerrado, del bueno… Sonidos secos y repetidos: “pac-pac-pac”. Muchos se lanzaron a la tierra humedecida por la lluvia en medio del entierro; yo, absorto viendo cómo bajaba la caja de madera, ni me movía. Un primo se me abalanzó encima para que también mordiera el polvo. Pero no pudo conmigo. Lancé una rosa a la par que los sepultureros la tierra al hoyo. Miré a la distancia los chispazos, los “pac-pac-pac” se hacían más lejanos y por más que quería soltar las lágrimas, no pude (lo hice tres días después que muriera la abuela, mi abuela).


Hace veinte años de aquello. Caminar por el Cementerio del Sur no es fácil. No sólo porque en ese tiempo ya se tenía que lidiar con los malandros, sino porque también debíamos pisar lápidas ajenas para llegar hasta los nuestros (curiosa manera de llamarlos cuando ya no están). Hermosas imágenes de ángeles, vírgenes y santos estaban allí decorando el silencio; el catálogo de cruces era el pertinente canto apologético dedicado a Jesús; el santuario colectivo en donde cada quien recuerda a los suyos, le reza a los suyos o le reclama a los suyos (¿por qué no?), parece haberse expandido más allá de sus límites sacros.

“Con los santos no se juega” dice Lavoe en la canción; con los muertos tampoco, esto lo aprendí desde chiquito, por intuición —y miedo, por supuesto—. Sin tocar el tema religioso, siempre etéreo, complejo, subjetivo y pare usted de contar, la muerte, esa ineludible parte de la vida, nos llegará a todos. Hay quienes la lloran, pero otros la bailan; otros rezan y otros se caen a curda (o  "ambas dos" en el caso venezolano). La variopinta cantidad de “reconocerla” o aceptarla da para mucho.

Pero, ¿por qué la cháchara sobre el cementerio y la muerte? Porque Caracas toda, toda Caracas, mi ciudad, se me antoja un santuario, ergo, “Ciudad santuario”. No hay calle, avenida, pared, muro, adoquines, balaustres, dinteles, ventanas, cornisas, etc., que no tengan  la imagen de su entrecejo, de sus ojos. No lo voy a mencionar, ustedes saben de quién les hablo.  Al menos los lugares que frecuento o recorro en mi día a día, sirven de lienzo para mantener presente su imagen. Y si así es aquí, supongo que será la misma historia en el resto del país. Aclaro que estas palabras no van con intenciones políticas, la verdad que el tema por antonomasia ya termina en náusea, pero es inevitable tocarlo aunque sea de pasada y que las arcadas hagan acto de presencia.

A donde quiera que uno mire está él, viéndote y no precisamente con ternura o con expresión conciliadora. No. Me gustaría ver las paredes, abandonadas o no, pero las paredes, sus colores y los grafitis de los chamos que andan en esa onda (unos aceptables y otros deplorables en términos estéticos); o una frase de amor aunque tenga errores ortográficos. Uno se siente perseguido por un espectro del más allá o como el Big Brother de Orwell que a donde menos te lo esperas aparece, o como aquel perrito, Drupi, con capacidad de apariciones interplanetarias. Insisto, lo que realmente quiero reclamar, mejor dicho, exigir o implorar para mi ciudad, es la limpieza de sus calles, avenidas y fachadas; limpiar este impresionante ataque de acné que tiene Caracas con tanta propaganda política. Y esto es de bando y bando, del oficial y el opositor, no es excluyente, los involucra e implica a todos: a los amarillitos que tiene tomados cada poste de luz y a los rojitos que se apoderaron de cuanta edificación existe. Que la gente use sus franelas con los ojos, que peguen sus calcomanías en sus carros, están en su legítimo derecho. Pero una cosa es la decisión individual de transformarse en una valla publicitaria andante, y otra muy distinta, a que los lugares comunes a todos, los espacios públicos, sean tomados a discreción para venderte una u otra tendencia.  Más de uno dirá, “es que estamos en campaña” a lo que respondería, “tenemos quince años en campaña” y la propaganda política no desaparece, se queda ahí insistente como si fueran luces estroboscópicas empecinadas en alelarte. 

Esto no es nuevo, antiguos presidentes ya en su último año de gobierno aún tenían afiches por doquier ofreciendo sus bondades y promesas electorales. Es así. ¿Cuesta mucho limpiar? Uno va a otros países de Latinoamérica (habrá sus excepciones, obviamente) y no ve ni un sólo afiche del gobernante en pleno ejercicio ni de sus oponentes. Ves las respectivas banderas en donde obviamente tienen que estar, pero no aquel afán publicitario por eternizarse pegado a una pared. Por favor limpiemos la ciudad. Se me ocurre que es más importante esto que cambiar el himno de Caracas o de darle asilo a Snowden. El cuentico aquel de que somos la “sucursal del cielo”, con el cual me soplo la nariz —por no ponerme escatológico—, se quedó corto, porque ahora somos “Ciudad santuario”.

P.D.
Los invito a ver este video de los maestros Les luthiers

2 comentarios:

Anónimo dijo...

muy cierto, sin embargo la vi mucho más limpia que en otros tiempos, lo que más me impresionó de tu ciudad santuario fue la colección de motoandantes, me atrevo a decir que hay más motos que carros.

Anónimo dijo...

me encanta la imagen...de escritor y fotógrafo tienes mucho