21 ago. 2013

Un país a los coñazos

La ventaja de escribir en un blog es que publicas lo que se te venga en gana sin un editor que te diga “Hey, quita esa palabra”. No obstante, hay dos tabloides que pudieran publicar un título como ese sin mayor vergüenza (no los mencionaré), lastimando el lenguaje, y peor aún, “hablándoles” a ese público objetivo o potenciales lectores, como si no fueran capaces de poder entender en un idioma, no digo exquisito, pero sí menos ramplón. Así que “un país a los coñazos” sería el sinónimo soez a lo que dijera en su momento el maestro Cabrujas (salvando la obvia distancia) y si me permiten hacer la clara metonimia de la parte por el todo, de una Caracas-País de “mientras tanto y por si acaso”.

La frase se me estampó impertinente desde el amanecer cuando leyendo las noticias, quedo asombrado (vulgar tautología en Venezuela, la de asombrarse) por el caso de la enfermera que murió a causa de la golpiza que le dieran dos mujeres días antes. Una de veinte y otra de veintidós años, que no conformes con agredirla brutalmente, perforarla con una jeringa por varias partes del cuerpo como si le inyectaran jugo de naranja a un pernil, la lanzaron escaleras abajo. ¿Por qué? Porque les llamó la atención ya que estaban haciendo mal uso de un ascensor. Esto sucedió en la maternidad Concepción Palacios (lugar en donde nací, valga la cuña). Pero esta brevísima crónica estalla cuando a final de la tarde, usé el Metro en plena hora pico (otro concepto absurdo si consideramos el perenne abarrotamiento de los vagones a la hora que sea).

La imagen de la enfermera apaleada volvió a mi memoria en medio de versos que por períodos del año, me atacan inclementes para que los vierta sobre el papel en plena madrugada. Pensaba en ello cuando dos voces masculinas conversaban lo de la enfermera, nunca les vi las caras, yo estaba de espalda. Veníamos tan apretujados que pensé «si este carajo se mueve un poquito más, me preña». Afortunadamente eso no pasó. Como puedo tomo la foto que ven aquí y luego el cosmos hace lo suyo: coinciden las palabras, se sincronizan con el pensamiento y van a dar con la patética escena que ahora les refiero entre un mar de gente tratando de salir y un mar de gente tratando de entrar:

Ella1: Coño deja salir, no me empujes.
Ella2: Te empujo porque (Hoy) se me da la gana.
Ella1: Si eres animal.
Ella2: Animal será tu madre pedazo e …

Y acto seguido Ella2 le lanza un gancho de izquierda que va a parar directo al mentón de Ella1.  Le calculo a la agresora más de cincuenta años y a la agredida un promedio similar. Así que ambas están en su ring.  Ella2 se le abalanza encima y se aferra a la cabellera de la mujer. Por un instante pienso que forma parte de la nueva secta (no se le puede llamar de otra manera) que ahora aterroriza a cuanta melenuda anda por ahí. El cuadrilátero improvisado se formó entre la raya amarilla (“el límite de su seguridad”) y la entrada al vagón. Ella2 con la misma mano que ahora tiene un largo mechón de su agresora, le arranca la blusa a Ella1 dejando al descubierto dos senos depauperados y lánguidos. Al fondo veo a Bolívar —mal llevado por Valero, según comentan algunos— promocionando su propia película (tengo que verla) en una pancarta andante que cuelga de un muchacho que ve el espectáculo. La señal del cierre de puerta se activa pero el par de fieras se revuelca en el piso mientras algunos hombres intentan separarlas. No pueden. El parlante chilla por la policía en el andén “dirección Propatria” y yo aprovecho el maremágnum para escapar por los espacios vacíos que dejan los curiosos.

Reflexión: en un país en donde los diputados —me disculpan que insista con el término— se caen a coñazos (es que suena sabroso y duele cuando es contigo); se insultan a diestra y siniestra sin importar que te vean por televisión a nivel nacional, qué puede pedírsele al ciudadano común que ve en sus “elegidos” por voto popular semejante ejemplo.  Es como el padre que le dice al niño que no pelee en el colegio, pero le cae a palos al pobre carajito por un quítame esas pajas. A esto debo sumarle que ahora estallan algunas refinerías en el oriente y el occidente del país, lo cual no es poca cosa; se inundan las avenidas porque revientan las tuberías de agua o porque la lluvia inclemente hace lo suyo (en esta ciudad mea un zancudo y todo colapsa), entre otros avatares que ya conocemos de sobra y que vienen a redondear la suma de nuestros problemas.

Inquieta que después de tanto petróleo —una suerte de maldición—, el país se caiga a pedazos (que rima además con el término en cuestión). Duele, este caos duele. No hay partidismo que justifique esta debacle. No hay que ser de un bando o del otro para darse cuenta que el camino transitado hasta ahora estaba errado. “Hoy da” indignación vernos en una titánica lucha de unos contra otros; “Hoy da” rabia ver que la corrupción cabalga a rienda suelta y en la asamblea se pelotean el sustantivo como papa caliente; “Hoy da” pánico ver como el periodismo es arrinconado por un contrincante que es tan venezolano como uno. El país está tan golpeado como las dos mujeres del metro y se parece mucho a aquel mítico combate narrado por Miguel Thoddé entre el venezolano Betulio González y el mexicano Miguel Canto  (ojo, cultura popular, yo no había nacido): “—¡Pega Betulio! ¡Vuelve a pegar Betulio! ¡Sigue pegando Betulio! ¡De nuevo pega Betulio! (...) Señores, se cayó Betulio”.
Así está Venezuela.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El petróleo ha sido nuestra mala suerte, no el recurso como tal, si no la manera como lo hemos mal aprovechado, lo he llamado de la misma manera que tu.
En otros tiempos Venezuela "daba" de todo, tremenda madre, pero ahora en Venezuela "Hoy da" de todo amigo.