21 dic. 2013

Encomiendas en Verde que me muero

La noche comenzaba a extender sus sombras…
y los ojos verdes brillaban en la oscuridad.
Gustavo Adolfo Bécquer


Desde la portada, Verde que me muero, novela de Jason Maldonado, advierte que la soledad es un punto fundamental en la trama. La hermosa chica sola, sentada sobre la valija, hace pensar en el abandono, en la espera por alguien que nunca llegó, pero también remite al exilio y al recuerdo de todo aquello que se dejó tras la partida. La chica se encuentra frente un puente, no obstante, la perspectiva lo hace ver como una especie valla sólida en su intrincada estructura de metal, como un vaticinio de que no hay salida. Ella mira hacia lo alto con los ojos verdes que encadenaron a Tony, y tal vez recuerda con Leopoldo Marechal que, de todo laberinto se sale por arriba.

Foto: Mónica Guevara @monikabella

Jason Maldonado combina con soltura dos épocas: la década de los años setenta con toda su historia de libertad, sexo, drogas y rock and roll, que seguía el pacto con la libertad invocado por la diosa del rock Janis Joplin, y el segundo período del año dos mil con sus calamidades y la seriedad instalada en los protagonistas, antes jóvenes, convertidos por el paso del tiempo en señores con más de medio siglo de vida. El autor utiliza varios registros de un lenguaje vital y desenfadado para condimentar la historia con coloquialismos y modismos intercalados en el discurso formal. Los visajes experimentales que subyacen en la obra contienen su dosis de denuncia y crítica, pero ambos temas están subordinados a un segundo plano.

Verde que me muero articula sentimientos, tanto femeninos como masculinos, que a veces se contraponen y otras fluyen como correlatos perfectos de pasiones envueltas en la locura y los deseos. Esta suerte de desdoblamiento emocional de los personajes se aprecia con fuerza en la complicidad y desacuerdos entre madre e hija, y entre padre e hijo. El entrecruzamiento de planos va desde la euforia producida por las drogas hasta la depresión por los desencuentros. El punto cardinal de estos cruces está marcado por el absurdo que representa la partida de la Auristela, arrastrada por un motivo que en una primera lectura parece irracional. Sin embargo, al tomar en cuenta el marco histórico e ideológico de los años setenta signado por la toma de conciencia sobre el rol de lo femenino, que retomó las premisas de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, y el existencialismo de Sartre resumido en la frase: La vida es una pasión inútil, se comprende la situación y la posición  asumida por Auristela.


Jason Maldonado inserta imágenes atormentadas, pero también imbrica el humor que se mantiene en toda la trama. La narración transcurre entre varios ritmos que van desde el rock, hasta la cadencia de los boleros y entrevera, brevemente, música caribeña. Verde que me muero está contextualiza entre Maracaibo y Caracas, dos ciudades tan importantes como las dos mujeres que dejaron huellas transcendentales en la vida de Antonio: un fantasma de ojos verdes como un mar, que encuentra su doble en Mariana La Rocca, la vecina que también tiene ojos verdes y brillantes como estrellas furtivas, dispuesta a compartir sus caricias en la solitaria cama de Antonio, porque para ella la libertad no está supeditada a la soltería ni a la negación de la maternidad. Para Mariana los delirios de la soledad son un combate de esgrima a los que jamás se les debe permitir que penetren en el corazón, y se refugia en su imagen, en la piel como metáfora que la une con el mundo y con el cuerpo de Antonio con su verde simbolizando las pasiones vivas y latentes aun en la vida como un estornudo.

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