12 feb. 2014

¿Globalizados o simple percepción mediática?

Es innegable el alcance de los medios de comunicación en el mundo. Afirmar —o reafirmar— algo como esto resulta manido en pleno siglo XXI, cuando por encima de la radio, la prensa y la joya de la corona que es la Televisión, está Internet y las redes sociales. Negar el alcance de esto es tapar el dedo con un sol o colocarse una venda en los ojos en plena oscuridad. Pero, hasta que punto puede hablarse de un sentido integrador cuando el hecho per se de tal intento, no lo busca el propio individuo, digamos, por voluntad propia, sino que de manera sutil se le impone a través de los mecanismos que están al alcance de todos. Tal vez ya no suena tanto como antes, pero alrededor del mundo llegó a decirse que si no estabas en FaceBook, no existías. Incluso, asiduos usuarios de la reconocida plataforma social ven como retrógrados a quienes no la usan, así como resulta inimaginable a alguien que hoy día no tuviera una nevera en casa o no tenga un teléfono celular.
Foto: Chris Hadfield (@Cdmr_Hadfield)


Pareciera entonces que “globalización” casi por antonomasia fuera “libertad”, un sinónimo. Y no es así, pues como bien señala Jorge Bracho en la introducción a su libro Globalización, regionalismo, integración: “La vida en globalización reviste una gran riqueza de posibilidades. Pero, también la cruda realidad de la injusticia, la inequidad, el despilfarro, la guerra, la confrontación, comprenden su contenido” (Bracho; 2008: 17). Por el simple hecho de ser humanos y a las diferencias que ello implica, no todos querrán abordar ese “tren” de maravillas tecnológicas y científicas que a través de los “centros de poder”, es controlado y emanado como producto de masas y en serie, en donde la importancia de todos los elementos globalizantes radica en la velocidad con que llega al mayor número de personas posibles en el planeta y no tanto en calidad del producto o la “información” que se comparte. Un ejemplo puntual al respecto tiene que ver con la red social Twitter, cuyo mensaje o información puede llegar más rápido a millones de personas que la propia televisión gracias al boom que ha representado el consumo de teléfonos inteligentes en todo el planeta.
Los primeros orígenes de la globalización se dan en el modernismo y el posterior capitalismo más cercano a nuestra era. Indiscutiblemente se emparentan con sistemas telemáticos, informáticos y tecnológicos, pero más allá de esto, abarca otros ámbitos y uno de ellos es el cultural, extendiéndose a casi todas las áreas del saber humano, haciéndose “parte del lenguaje empresarial, los discursos políticos, los debates académicos, los espacios de los medios y el sentido común” (p.22) y sin duda alguna el efecto globalizante o globalizador, “se asimila como parte del carácter universalizador del capitalismo” (p.23) y en este sentido, pareciera que la globalización tiene mucho de “revolucionario” según Bracho, pues abarca desde lo cultural hasta lo tecnológico, pasando por lo político, lo social, y obviamente, lo económico.
Entonces, cómo lograr una identidad nacional a través de un proceso de globalización avasallante. A decir de Aínsa, “en algunos casos es la literatura la que mejor sintetiza, cuando no configura, la identidad nacional” (Aínsa; 2003: 24). Esto en cuanto a la literatura, pero también aplicable a cualquier tendencia cultural, pongamos por caso la música. Es indiscutible que en esta rama de la cultura las influencias son infinitas y lo que pudiera ser una representación autóctona musical de una región, debe luchar contra una avalancha de tendencias para destacar por encima de ritmos y sonidos “globalizados” que son los que marcan la pauta y que —hay que admitirlo— pueden generar ingresos (vivir de su arte).
Pero ante el supuesto proceso globalizante, la literatura tiene la peculiaridad de mantener en el tiempo lo que transmite, lo que defiende o denuncia a través de lo narrado, amén de verse como un elemento mediador que “tolera las contradicciones, la riqueza y polivalencia en que se traduce la complejidad social y sicológica de pueblos e individuos” (p.26). Esto se puede ver con claridad en La trilogía sucia de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, cuyo autor y narrador en primera persona, se funden en uno para denunciar la situación político-social de Cuba a mediados de los años noventa del siglo pasado, con un lenguaje duro y directo, pues como bien señala más adelante, “se puede afirmar que la ficción literaria contemporánea ha podido ir más allá que muchos tratados de antropología o estudios sociológicos en la percepción de la realidad americana” (p.26). Leer esta obra es darse cuenta de una realidad cubana muy dura, hechos siempre vedados por quienes tienen el control y el poder en la isla. Puede afirmarse sin temor a equivocación alguna que la percepción resultante de la lectura de esta obra, así como de muchas otras, es tan factible y verosímil como la de cualquier libro de historia: “en la libertad que da la creación se llenan vacíos y silencios o se pone en evidencia la falsedad del discurso vigente” (p.28). Para complementar esta idea, no podemos dejar de mencionar la llamada novela histórica, que cierra la brecha existente entre sus protagonistas y los lectores, es decir, logra establecer una suerte de diálogo entre la historia narrada y los receptores, estableciendo una mayor cercanía entre éstos e incluso haciendo más humanos a esos personajes históricos entronizados a través del tiempo, caso que se puede notar a plenitud en El general en su laberinto de Gabriel García Márquez, en donde el autor colombiano presenta a un Simón Bolívar más humano, con sus victorias y fracasos. Dice Aínsa: “La nueva novela histórica al propiciar un acercamiento al pasado en actitud niveladora y dialogante, elimina la 'distancia épica' de la novela histórica tradicional y propicia una revisión crítica de los mitos constitutivos de la nacionalidad” (p.28).
Hablar de globalización implica una simbiosis —en ocasiones forzada— con respecto a los elementos culturales que se quieren proyectar universalmente en contraposición a la cultura receptora que los abrigará, es decir, hay todo un entramado autóctono que siempre le será intrínseco a cada país, cuyo acervo debería mantenerse para conservar tradiciones y costumbres. Son las identidades a las que se refiere Bracho, “formuladas a partir de diferencias reales o importadas que operan como señales que confieren una marca de distinción. Son ellas algo abstracto, pero necesario punto de referencia para las comunidades nacionales” (Bracho; 2003: 76), sin éstas, sería imposible hablar de nuevas tendencias o creaciones; la evidente “hibridez” a la que se refiere Canclini (rememorado por Bracho) para llegar a ideas novedosas o proyectos culturales que sean capaces de marcar notables diferencias. Tal vez por ello mismo Aínsa hace énfasis en “la búsqueda de la verdad histórica”.  
Más allá del torrente comunicacional que pueda implicar cualquier proceso globalizador, existirá primero que nada la decisión de cada persona de aceptar o no lo que le llega por las múltiples plataformas antes mencionadas, y luego, lo que resulta intrínseco a cada cultura, a cada nación, lo que bien define Bracho como “diversidad”, que “es más que lengua, religión, letras, arte, música” (p.79) y  que forma parte de la identidad del hombre desde su heterogeneidad, pero que a pesar de ésta, lo semeja, lo torna homogéneo con sus coterráneos, haciendo  e identificando a un determinado gentilicio como único e irrepetible por más globalizado que esté. 
   
  
Referencias:

Aínsa, Fernando: Reescribir el pasado. Historia y ficción en América Latina. Editorial El otro El mismo. Venezuela. 2003.


Bracho, Jorge: Globalización, regionalismo, integración. Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Venezuela. 2003.