13 feb. 2014

De la alegría del Premio Goya, a la tristeza por los de-golla-dos.

Ser venezolano cansa, agota, no sólo por el tema económico —que ya sería suficiente—, con toda su retahíla de iniquidades: escasez, inflación, estancamiento, etc., sino también, porque espiritualmente se nos van borrando los sueños, las ilusiones de tener un futuro mejor, la tranquilidad de poder caminar por tus calles con todo el derecho que te da el gentilicio. Pero lo atroz, la semilla podrida que fue sembrada hace ya quince años, hoy germina como un tronco oscuro lleno de muerte e impunidad, y sus hojas marchitas de odio, van cayendo para continuar con su labor destructora.

Tras el blackout informativo de ayer, fuimos miles los que recurrimos a las redes sociales para poder darnos una idea del panorama que trataban de ocultar. Me sentí como un prófugo, como alguien que buscaba acceder a algo prohibido, como uno de los cientos de cubanos que estando en su isla, hacen maromas para lanzar un grito de auxilio por la vía que sea. Lo que otrora fue el único canal televisivo que le quedó al ciudadano que no piensa igual al régimen, a las seis de la tarde estaba pasando su acostumbrado espacio deportivo, y a las siete, dio paso al de farándula, todo esto mientras la ciudad estaba sumergida en el caos, el dolor y la muerte. Suelo ponerme siempre en el rol o el pensamiento del otro y entiendo que los dueños de los canales velan por sus intereses económicos. Eso se entiende, ¿pero a cuenta de tapar la verdad?, ¿de hipotecar el destino de una nación? No soy periodista y sin duda alguna esto deshonra a las escuelas de periodismo de todas las universidades del país.

Hoy más que nunca el concepto de "Patria" sigue siendo una aberrante abstracción, pues en función de ésta, se han cometido infinidad de crímenes a lo largo de la historia contemporánea del planeta y Venezuela no se escapa de tales desmanes. Seguimos anclados al pasado, a la gesta patriótica de hace dos siglos, como si con ello pudiéramos ir al súper mercado y pagar la compra —si es que tuvo la paciencia de hacer la cola y consiguió lo que buscaba—. Está bien conocer la historia de nuestro país, es válido y necesario, pero las vidas de los que cayeron muertos ayer, del lado político que sea, valen tanto como las de los libertadores. Debemos mirar al futuro y parece que el Estado no lo está haciendo. Las consignas no sirven de nada, no llenan las neveras, y mucho menos, nos libera de la rampante inseguridad que nos asota. Infinitas son las imágenes y los videos  que circulan por Internet de la batalla campal de venezolanos contra venezolanos. Ese, señores, fue el verdadero legado que nos dejó HC. Da pánico la situación y seguir vendiéndonos como un país “chévere” es mentira, pues mientras continuaban las protestas, en cadena nacional el show revolucionario cantaba y bailaba. ¿A esto se llama inclusión social?

Todos nos alegramos por el primer Premio Goya que recibió el cine venezolano y unos días después, nos entristecemos por los de-golla-dos en las calles. La angustia no me dejó dormir. Veo y re-veo las fotos de quienes salen casi en close-up disparando y me pregunto si tienen familia, hijos… Qué pasa por la cabeza de estos envalentonados con pólvora. La única y lamentable certeza que tengo es que esto será otro Llaguno más.  El silencio de la madrugada caraqueña miente; es un grito de dolor e impotencia. Cuenta Mariano Picón-Salas que su abuelo le decía, por allá a finales del siglo XIX y principios del XX: “Este país, este país, ¿para qué nos libertaría Bolívar?”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo si soy "Periodista", y ayer pensaba dónde quedó lo que nos enseñaron en los primeros semestres, dónde está la información, la veracidad, la temporalidad de la noticia, pero lo más importante de todo "SERVIR A LA SOCIEDAD" de este país. Anoche veía a mis hijos y con una breve lágrima se los dije al oído, ustedes no deben estudiar esta carrera que estudió su mamá, ya no vale la pena.