7 ago. 2014

El polvo de los muertos

Al hombre que huye del miedo no le ocurre nada, solo que no aprende nunca.

Hay polvos intergalácticos como el polvo de estrellas; está el polvo que puede causar una fuerte e irritante alergia; también está ese, el carnal, que no necesita mayores explicaciones y está El polvo de los muertos, ese que escribió Norberto José Olivar con el sello de una prosa que lo caracteriza y que puede verse, con claridad, devenir de sus obras anteriores.

Pienso en Alexander Projarov, el personaje principal de la obra, como ese extraño alterego del propio Olivar, pues más allá de ese juego de espías que es puesto sobre la mesa desde la primera página (viendo además al escritor como eso, como un espía), comparten una “curiosidad hemorográfica” que alimenta tanto al personaje y, obviamente, al propio escritor de estos polvos.

La remembranza de Projarov se remonta a su Rusia natal cuando tuvo que huir del comunismo, después de que mataran a su mujer, a Fedosia (¿la asesinaron? ¿Existió en realidad esta mujer?). El narrador, reconociendo el supuesto aburrimiento que implica para los lectores su narrativa, cede la palabra al setentón ruso para que se cuente a sí mismo y es Eduardo, el humilde mesonero que lo atiende en Café Plaza, quien tiene que escuchar toda su historia a pesar del fastidio que ello implica. Comienzan así los guiños a la ciudad, a la poesía, en este caso representada por Udón Pérez, Elías Sánchez Rubio, Enriqueta Arvelo Larriva, entre otros; a Poe, Stefan Sweig, entre tantos referentes más, y cuya narrativa y manera de presentar los hechos, coquetean con la novela de espionaje y la novela gótica.

Projarov revive su pasado y es su memoria la cartografía que se va expandiendo a lo largo de El polvo de los muertos. Cobra vida Albert Boscare, un médium aparentemente equilibrado y pulcro, quien tendrá la sencilla tarea de poner a hablar al incrédulo ruso con su difunta mujer, y como era de esperarse, éste se niega a contactarla.

Para terminar, y temiendo ser repetitivo, imposible no ver a Projarov ligado al Norberto José Olivar el narrador, el que investiga para construir cada libro, sobre todo cuando Boscare le dice “Usted parece un novelista, amigo Projarov. Sus asociaciones desquiciadas van más allá de una simple imaginación”. Y ese atrevimiento en cuanto a tales conexiones, se hace evidente en el texto pero sin incomodar al lector. Por el contrario, despertando el gusto y la curiosidad en éste por la fluidez y pertinencia con que lo logra, así como ese narrador todo poderoso, mejor conocido como omnisciente, que interpela al lector para mantenerlo alerta.

El polvo de los muertos, sin duda alguna, es un buen texto. Así como te exige atención, te hace reír; te hace partícipe del mundo de los vivos, pero también del de los muertos. El espionaje no es más que el pretexto para hacernos reflexionar sobre la libertad y lo terrible que resultaría perderla, a pesar de que la gran incógnita de la historia es descubrir si Projarov fue espía del sóviet o no. Sea usted quien lo descubra, apreciado lector, pues “nada como la muerte para sacar a flote una vida”, tavarich.