17 jul. 2015

La fugitiva

Sufría de un amor que ya no existía, como a los amputados, en ciertos cambios de tiempo, les duele la pierna que han perdido.
Marcel Proust.


«¡Mademoiselle Albertina se ha marchado!» ¡Que lejos va el dolor en psicología! Más lejos que la psicología misma… Así abre el sexto tomo de En busca del tiempo perdido: La fugitiva de Marcel Proust. Cómo no comenzar con esta cita si precisamente el ¿dolor? por su partida es evidente, latente, aunque te hace dudar sobre su tristeza cuando se entera de su fuga. Se expande como de costumbre con sus ideas y más adelante te hace ver que no le importa que se haya largado, pero luego reflexiona con su potente narrativa dejando en evidencia que sí, que la extraña y le duele: “La verdad es que yo ya no tenía más valor para renunciar a ella como lo tuve con Gilberta… Quería que volviera sin demostrar yo que me interesara que volviera”. Es entonces el orgullo de ¿Proust? —o del protagonista— un sentimiento presente a lo largo de esta obra, manejado con destreza para no quedar como un patán por sus comentarios, tal vez producto de sus “innumerables y humildes yos de los que estamos hechos”, según señala, de los cuales él precisamente deslumbra por su variopinta cantidad: el protagonista orgulloso, enamorado y entregado, celoso en ocasiones e indiferente otras tantas:

Yo no era un solo hombre, sino el desfile de un ejército completo, en el que había apasionados, indiferentes, celosos —ninguno de los cuales estaba enamorado de la misma mujer—.

Empero, ese orgullo se va al traste cuando en medio de su desesperación le envía un telegrama a Albertina suplicándole que vuelva,  bajo las condiciones que sea, “que sólo pediría besarla un minuto tres veces por semana antes de acostarse”. La obsesión por ella va creciendo página a página y la distancia ignota, ese lugar desconocido al que partió, lo desespera y enloquece. Pero es capaz de cavilar sobre su desenfreno y termina por reconocer que “sea por las condiciones sociales o por las previsiones de la prudencia, no tenemos ningún poder sobre la vida de otra persona”.

Todo gira en torno a La fugitiva, es decir, Albertina, quien se las trae, pues hasta se presume de un affaire con una lavandera —entre otras—, y que tras la imaginación de Proust, aquella le respondía ante sus caricias “¡Qué gusto me das!”, pero descubrir si Albertina sigue viva o no, es la prioridad durante toda la historia más allá de sus apetencias carnales. Empero, y mientras se entrega a un constante devaneo en cuanto a sus emociones, constantemente busca en otras mujeres el reflejo de Albertina, viéndola en otros cuerpos tan disímiles como distintos.

Todo el drama posible está en La fugitiva circundando a cada personaje con sus frustraciones y penurias, pero también con lo que alegra el espíritu de cada uno de éstos a la manera de aquellos tiempos, en una época en donde la sociedad y pertenecer a esa pequeña élite acomodada era lo más importante para muchos. Por otra parte, el texto también deja claro lo significativo de mantener intacto el honor ante la vista de todos, conservarlo con dignidad y decoro como una manera de vida.

Hacia el final de La fugitiva, Proust reflexiona —entre otras cosas— sobre la mentira, en lo que ha sido para la humanidad este proceder o manera de reaccionar ante la diversidad de situaciones que se presentan en la vida. La mentira para salvarse el pellejo; la que utilizan los amantes entre sí; la mentira inmersa en la sociedad, bien para subir peldaños o para evitar una estrepitosa caída. Todo esto circundando a la desaparecida Albertina y su tendencia lésbica, sin dejar de lado, la homosexualidad de su amigo Saint-Loup quien decidió salir del closet; sobre matrimonios por conveniencia entre pares sociales para mantener el statu quo; sobre un clasismo prepotente e irritante de los aristócratas de la Francia posterior a la Primera Guerra Mundial y otras tantas cosas que Marcel Proust describe a la perfección.
Aquí les dejo una muy pequeña muestra de algunas frases memorables mientras tomo aire para entregarme al séptimo y último tomo de En busca del tiempo perdido: El tiempo recobrado.

Se desea más a la persona que va a entregarse; la esperanza anticipa la posesión; la añoranza es un amplificador del deseo.

A veces hay palabras que ponen una realidad diferente en el mismo lugar que la que está frente a nosotros, palabras que nos aturden como un vértigo.

El infinito amor, o su egoísmo, hace que la fisonomía intelectual y moral de las personas que amamos sea la menos objetivamente definida; las retocamos continuamente a la medida de nuestros deseos  y de nuestros temores.

La fuerza que en un segundo da más vueltas en torno a la tierra no es la electricidad, es el dolor.

Desgraciadamente los reflejos morales no siempre son idénticos a lo que el buen juicio imagina.

Los elogios dedicados a lo que no amamos no encadenan el corazón.

Cuando nos vemos al borde del abismo y nos parece que Dios nos ha abandonado, no vacilamos ya en esperar  de Él un milagro.

Cada día antiguo queda depositado en nosotros como una inmensa biblioteca donde hay, entre los libros más viejos, un ejemplar que seguramente nadie pedirá.

Hasta tal punto los celos, que en amor equivalen a la pérdida de toda felicidad, son más sensibles que la pérdida de reputación.

El plagio humano más difícil de evitar es el plagio de sí mismo.

Pues muchas veces, para que descubramos que estamos enamorados, quizá incluso para estarlo, es preciso que llegue el día de la separación.

Nuestros hábitos nos siguen incluso allí, donde no nos sirven para nada.

El dolor es un modificador de la realidad tan poderoso como el goce.

El futuro es lo que no existe aún más que en nuestro pensamiento.

No hay idea que no lleve en sí misma su posible refutación; no hay palabra que lleve en sí la palabra contraria.

Toda mujer siente que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único medio de marcharse es huir. Fugitiva por reina, así es.