28 ago. 2015

El libro del desasosiego


La palabra “desasosiego” ya encierra en su propia sonoridad, lo que devela su dura, melancólica y triste acepción.  Un estado de inconformidad e intranquilidad absoluta del alma, los sentidos e incluso del cuerpo. Ahora imagínense  un libro en donde se condensan los pensamientos más intensos, profundos y discordantes de una de las voces poéticas más excelsas del siglo XX, la de Fernando Pessoa en su Libro del desasosiego, una lectura pendiente, como tantas otras, que no quise postergar más.


Asistimos en este libro a un conjunto de ideas, reflexiones, imágenes, razonamientos aforísticos, poesía, narrativa, prosa poética y cuantos calificativos  se puedan imaginar, de un hombre reconocido mundialmente por su heteronimia, es decir, al uso de heterónimos para separarse imaginariamente de su propio trabajo o producción literaria. En el caso de El libro del desasosiego quien escribe es Bernardo Soares y en la fragmentación de este maravilloso libro inconcluso, destacan también las divagaciones del poeta, así como una suerte de diario del propio Soares, un oficinista que lo menos que siente por su trabajo, su entorno y la vida es tedio.  
Es un libro que hay que leer con verdadera calma y paciencia, pues así como puede elevar al lector al encuentro con estupendas imágenes a través de una prosa prodigiosa, del mismo modo te puede lanzar al encuentro con el piso y más abajo, con ese estado de cansancio espiritual, de un “tedio” irremediable por la vida que se repite constantemente a lo largo del libro. Esto, además, se ve potenciado con esa doble personalidad imaginaria que recorre las páginas.
Lo fragmentario es aquí, entre otras cosas, lo que precisamente lo hace más atractivo, pues justo en esos párrafos inconclusos, en el inevitable pensamiento de “¿qué vendría allí?” que cualquier lector se pudiera plantear, saltan las suposiciones, el ejercicio mental por darle un final a esos puntos suspensivos que quedaron para la historia del mundo literario. Su complejidad no es menos que atractiva, y esa falta de “devoción” que siente el autor por el día a día que vive, por las cosas y el entorno que lo rodea, a mi juicio, no es más que una trampa en la que el lector cae irremediablemente para seguir anclado a cada una de las ideas que se van imbricando una tras otra.
Pessoa murió sin ver publicado El libro del desasosiego, y creo que precisamente por ello, el mismo está impregnado de un halo de misterio, de una sensación apócrifa de quien presintió en vida lo monumental que llegaría a ser su obra, tanto esta, como su poesía en general. Un trabajo duro para sus editores quienes tuvieron que ordenar el maremágnum de textos para darle el corpus a lo que hoy día disfrutamos.
Soares el oficinista, o su ortónimo, Fernando Pessoa, dice dentro de las primeras páginas de su libro, “Considero a la vida como una posada en la que tengo que quedarme hasta que llegue la diligencia del abismo… La vida me disgusta como una medicina inútil”. Esto es tan solo una mínima muestra de ese extraño y ¿fingido? desapego que ronda las líneas de un texto sin duda complejo, pero fascinante.
Sería interminable traerles aquí algunas citas de El libro del desasosiego, pues cada una puede resultar mejor que otra. La intensión de estas breves palabras es que se acerquen a este maravilloso libro con la disposición de quien se encontrará con un objeto curioso, distinto, único. No obstante, y en honor al juego de heterónimos que manejó a la perfección Fernando Persona (Pessoa en portugués), cierro así: “Dios mío, Dios mío, ¿a quién asisto? ¿Cuántos soy? ¿Quién es yo? ¿Qué es este intervalo que hay entre mí y mí”.

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