4 oct. 2015

El incoloro éter de los años

El primer libro que leí de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust lo hice en el año 2009, una empresa que me propuse cumplir y que llegó a buen término un 3 de octubre de 2015 con la lectura de El tiempo recobrado su séptimo y último tomo, lo que en promedio resulta a un libro exacto por año. El empeño nació del encuentro con pequeños fragmentos; de la lectura de la parte biográfica del autor y, desde luego, de la conversación sostenida con las únicas dos personas que conozco que han leído también esta obra monumental. Incluso uno de ello la ha releído en su totalidad.
“Por lo demás”, utilizando la alocución de Proust,  dejarse llevar por estas líneas -para el que quiera aventurarse- es atestiguar la genialidad literaria del autor. No obstante, debo decirlo, no todos los días se puede leer. Es necesario un reposo, no meterse en estas páginas un día cualquiera si no se está dispuesto por completo, pues su lectura es exigente, requiere de la atención absoluta para ir viendo sin pérdida alguna el entramado, la ilación sostenida y delicada de las ideas que se van formando libro tras libro, hasta que en esta última entrega, con memoria prodigiosa, vuelve a cada uno de los recuerdos de sus personajes: Swann, Albertina, Gilberta, Saint-Loup, los Guermantes (que además fue en casa de estos donde se le ocurrió la idea de escribir su obra), la abuela, Argencourt –su enemigo personal-,  entre tantos otros (son más de doscientos personajes), para contrastar con delicada prosa y melancolía la juventud de todos y la inevitable vejez y la muerte ya en tiempo presente: “Entonces la vida nos parece el cuento de hadas en el que vemos de acto en acto al niño volverse adolescente y hombre maduro y curvarse hacia la tumba…Ocurre con la vejez lo mismo que con la muerte. Algunos las afrontan con indiferencia, no porque tengan más valor que otros, sino porque tienen menos imaginación”.
Pero El tiempo recobrado cobra mayor profundidad puesto que desarrolla, entre otros temas, el relativo a la guerra contra los alemanes “la única cosa que entonces me interesaba” dice, incluyendo la tortura al Sr. de Charlus; se combina en las primeras páginas con la lectura que hace Proust del “diario inédito de los Goncourt”, manuscrito que leyera la última noche que pasara en casa de Gilberta, y del cual reflexiona y concluye: “la lectura nos enseña, al contrario, a realzar el valor de la vida, que no hemos sabido apreciar y de cuya grandeza sólo nos damos cuenta por el libro”; retoma el hoy día famoso recuerdo de  la magdalena mojada en una infusión; no deja de lado las profundas reflexiones sobre la literatura, la música y todo el arte en general; la inevitable sorpresa por el pasar de los años, la ineludible muerte y el tiempo… siempre el tiempo.
Vargas Llosa dice que “no todo el mundo puede leer a Proust”, cuya comentario casi axiomático lo refiere no por ser elitista sino como una simple realidad. Dicho por él, esto suena a una verdad infranqueable. Empero, yo no soy un gran lector, terco en la lectura sí, muy terco. Trato de terminar de leer lo que comienzo y ese fue el caso de En busca del tiempo perdido, que a mi juicio, se torna magistral del cuarto tomo en adelante. La imagen que tengo de ello para explicarme mejor es la de una montaña rusa que va subiendo poco a poco desde Por el camino de Swann hasta El mundo de Guermantes y desde el cuarto tomo Sodoma y Gomorra hasta El tiempo recuperado comienza el raudo descenso hasta el final. Curiosidad aparte, desde el cuarto libro en adelante las publicaciones se hicieron post mortem. ¿Influyó en algo esto o simple sugestión de mi parte? En fin…
Proust interpela al lector en varias ocasiones, “Recuerde el lector…” dice, para enlazar las memorias que va colocando sobre la mesa como naipes que representan sus vivencias, sus amores, sus encuentros con la alta sociedad, su enfermedad (el asma que lo torturó desde muy niño) y la diversidad de pasiones que forman parte del hombre, pues el gran leit motiv de En busca del tiempo perdido es mostrar tal como son las pasiones humanas a través de este inmenso ejercicio literario, narrativo, cuyo principal miedo de Proust era “que los ojos del lector no fuesen aquellos a los que mi libro conviniera para leer bien en sí mismo”. Como sutiles campanazos siempre manifestaba tal preocupación en  medio de su quehacer creativo, la duda de si el receptor final de su obra estaría en conexión con lo que el autor quería transmitir, inquietud natural de todo aquel que exprese sus palabras por escrito: “¿acaso se puede abrigar la esperanza de transmitir al lector un placer que no se ha sentido?”
Aunque suene poco modesto por parte de Proust, insisto en que hay que reconocer la grandeza de su obra, pues como él mismo señala “Yo sabía muy bien que mi cerebro era una rica cuenca minera, en la que había una extensión inmensa y muy diversa de yacimientos preciosos”, teniendo siempre a la vista una inminente y prematura muerte que le vendría a causa de su enfermedad (murió de 51 años), tema que siempre estuvo presente a lo largo de toda su obra y que en este último y séptimo tomo se ve potenciado por razones obvias: “la idea de la muerte me hacía una compañía tan incesante como la del yo”. Solo en algo se equivocó Proust en su obra cuando afirmó que “seguramente mis libros, como mi ser de carne, acabarán muriendo algún día, pero hay que resignarse a morir”. Pues está claro que ese día aún no ha llegado, y mientras haya lectores tercos que quieran afrontar el reto de leerlo, esto nunca pasará.
Como he hecho a lo largo de las siete reseñas de En busca del tiempo perdido, aquí les dejos algunas frases memorables de Marcel Proust en El tiempo recobrado:

“Es que muy pocos son los éxitos fáciles y los fracasos definitivos”.

“Las clases de mentalidad no tienen nada que ver con la cuna”.

“Leemos los periódicos como amamos: con un velo en los ojos”.

“Un general es como un escritor que quiere componer determinada obra, determinado libro, y al que el libro mismo, con los recursos inesperados que revela aquí, el atolladero que presenta allá, hace desviar extremadamente del plan preconcebido”.

“Siempre he honrado a quienes defienden la gramática o la lógica”.

“Nunca se sabe, cada uno de nosotros corre todas las noches el riesgo de ser el suceso del día siguiente”.

“Siempre es el apego al objeto lo que propicia la muerte del posesor”.

“La verdadera propaganda falsa nos la hacemos a nosotros mismos mediante la esperanza”.

“La lógica de la pasión, aunque esté al servicio de la mayor razón, nunca es irrefutable para quien  no está apasionado”.

“El patriotismo obra ese milagro, se está a favor del país propio como a favor de uno mismo en una disputa amorosa”.

“La mentira y la astucia no bastan para hacer caer en el prejuicio a un buen corazón”.

“Las mentes estrechas resultan aplastadas no por la belleza, sino por la enormidad de la acción”.

“En las personas a las que amamos, hay –inmanente a ellas-  cierto sueño que no siempre sabemos discernir, pero que perseguimos”.

“Es que el instinto dicta el deber y la inteligencia brinda los pretextos para eludirlo”.

“La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el científico”.

“Solo procede de nosotros mismos lo que sacamos de la obscuridad que está en nosotros y los demás no conocen”.

“El arte verdadero nada tiene que ver con tantas proclamaciones y se plasma en silencio”.

“El gusto del café con leche matinal nos brinda esa vaga esperanza de un día hermoso”.

“Un gran escritor no debe inventar, en el sentido corriente, ese libro esencial, el único libro  verdadero, puesto que ya existe en cada uno de nosotros, sino traducirlo. El deber y la tarea de un escritor son los de un traductor”.

“Escribir es para el escritor una función sana y necesaria cuyo desempeño hace feliz, como a los hombres físicos el ejercicio, el sudor, el baño”.

“Allí donde la vida amuralla, la inteligencia perfora una salida”.

“Es que sólo la felicidad es saludable para el cuerpo, pero la pena es la que desarrolla las fuerzas espirituales”.

“Nuestras pasiones son las que esbozan nuestros libros y el descanso en intervalo el que los escribe”.

“En realidad, cada uno de los lectores es,  cuando lee, el propio  lector de sí mismo”.

“Los relojes interiores asignados a los hombres no están todos regulados con la misma hora”.

“El tiempo, que cambia a las personas, no modifica la imagen que hemos conservado de ellas”.

“Nada es más doloroso que esa oposición entre la alteración de las personas y la fijeza del recuerdo, cuando comprendemos que lo que ha conservado tanto frescor en nuestra memoria ya no puede tenerlo en vida”.

“Esa poesía de lo incomprensible que es un efecto del tiempo”.

“Mi libro no sería  sino como esos cristales de aumento que entregaba a un comprador el óptico de Combray y, gracias al cual yo les proporcionaría el medio de leerse a sí mismos”.

“La inteligencia tiene sus paisajes, cuya contemplación se le permite solo durante un tiempo”.

“Una condición de mi obra, tal como la había concebido un poco antes en la biblioteca, era la profundización de las impresiones que primero se debían recrear mediante la memoria”.

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