4 ene. 2016

La montaña mágica

Nada más difícil que comentar un gran libro, un clásico como La montaña mágica de Thomas Mann. Qué decir sobre un texto que resulta ser una enciclopedia de lo humano; un libro que para resumirlo en una sola palabra, sólo se me ocurre decir “libertad”, porque entre muchas cosas más, esta obra maestra de la literatura universal es eso, un canto a la libertad. De hecho, el libro culmina de la manera más épica posible, pues su protagonista, “nuestro héroe”, “el aventurero”, “el pequeño”, “mediocre, en uno de los sentidos más honrosos del término”, “el niño mimado”, como le dice el narrador, termina haciendo lo que jamás y nunca se le hubiera ocurrido al lector que pudiera hacer, por ello impacta e impresiona: termina haciendo lo que debió hacer su primo Joachim Ziemssen. Obviamente no les diré qué. Son, en mi edición de Edhasa, 1048 páginas que me llevaron tres meses menos cinco días de lectura, finalizando el 1ero de enero de 2016, inmejorable fecha para concluir y más aún con el sonido del mar al fondo.



El ingeniero Hans Castorp, tímido pero simpático, llega al Sanatorio Internacional Berghof para pasar apenas unos días mientras visita a su primo, y como la simple lógica se impone a cualquiera, su estadía se prolonga más de lo previsto. ¿Cuánto tiempo? Asunto que dejo al lector curioso e interesado en pasearse por estas páginas llenas de reflexiones, exquisitos diálogos, paisajes de fantasía, estudios sobre economía, filosofía, biología y medicina, botánica, música y pare usted de contar. El tiempo, entonces, “esa enfermera muda”, recorre toda la obra y al parecer, tal como comenta Joachim “no pasa de ningún modo, aquí no hay tiempo, no hay vida”, pero es precisamente la vida y el rescate de ésta lo que quiere cada uno de los internos del sanatorio. Por algo, entre otra cosas, cada vez que muere alguien limpian a profundidad la habitación dejándola resplandeciente para su próximo habitante, encubriendo lo inevitable y ocultando sistemáticamente a la muerte.
La obra está pletórica de pintorescos personajes, muchísimos, como el sorprendente Pieter Peeperkorn o la joven médium Ellen Brand,  pero debo destacar dos en particular que son una delicia para la lectura: el francmasón Settembrini y su antagonista, el judío converso al cristianismo, Leo Naptha, “un hombre con la cabeza bien amueblada”. Ambos se transforman en los tutores improvisados del joven Castorp y es testigo de los más apasionantes debates de toda índole intelectual. En ocasiones calla, alelado antes el tropel de palabras e ideas de cada uno, y en otras, interviene como el que más; a veces es refrendando por el par de sabios, y otras, le ordenan callar. Va aprendiendo, va asimilando las ideas de estos mientras su salud va empeorando, no así su interés por absorber cada vez más la sabiduría de tan notables señores.

Por otra parte, el narrador va preparando al lector para las cosas que se va ir encontrando capítulo a capítulo, marcando distancia, excusándose con elegancia sobre los hechos que a continuación nos encontraremos en aquel remoto lugar de los Alpes suizos. Este lugar, siempre cubierto de nieve, divide el entorno entre los de arriba —los habitantes del sanatorio—, y los de abajo —los que están en la ciudad—, creando no solo la división geográfica del lugar, sino más bien, un marcado antagonismo entre seres que parecieran venir de planetas distintos, tanto los unos como los otros. Mención aparte merece la nieve que rodea al sanatorio, un frío perenne que incluso en  verano, hace frío, pues “aquello no era una nevada, era un caos de oscuridad blanca, una monstruosa locura…esos cristalitos hexogonales perfectos”.

Y es que el Sanatorio Internacional Berghof da la impresión de cualquier cosa, menos la de un lugar de sufrimiento: sus pantagruélicas comidas así como sus fiestas, dan fe de ello. Pero es obvio que los momentos de tristeza, enfermedad y dolor están allí marcando la lectura. Al principio Hans vive en un constante estado de negación de su enfermedad, pues su presencia en el sanatorio obedece a la caritativa visita que le hace a su primo Joachim, pero a medida que se avanza en la historia, termina hipocondríaco y orgullosamente enfermo, pues el código de honor del lugar es estarlo cada vez más y más, y con ello subir el estatus, el escalafón social dentro del sanatorio: a peor estado de salud, pues mayor respeto y dignidad se escala en aquella sociedad de medio pulmón. Incluso al principio, Hans, con su constante temblor de cabeza (herencia de su abuelo),  fue víctima de bulling por parte de los demás internos cuando su temperatura no excedía los 37,6 grados, lo cual era una insignificancia y poco decoroso para estar interno en el prestigioso sanatorio.

Con el tiempo entonces los roles entre primos se invirtieron: el visitante, Hans, pasó a ser el  inquilino fijo, y Joaquín, a ser el convidado, en medio de diatribas, profundas reflexiones de todo tipo e incluso darle cabida al amor, pues “nuestro joven protagonista estaba perdidamente enamorado de Clvdia Chauchat”. ¿Qué pasó entrambos? Averígüelo usted amigo lector, el único riesgo que se toma al leer La montaña mágica es terminar haciendo como sus distinguidos habitantes: tomarse la temperatura cuatro veces al día mientras descansa en una confortable tumbona y se envuelve en la una cálida  manta contra el frío.
  

Algunas frases memorables:

A veces pienso que estar enfermo y morir no son algo tan serio, sino una especie de paseo sin rumbo.

La maldad es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del progreso y la ilustración.

No hay que desposeer a los humanistas de su función de educadores…, no se les puede arrebatar, pues son los únicos depositarios de una tradición: la de la dignidad y de la belleza humana.

El tiempo en realidad, no presenta ninguna cesura, no estalla ninguna tormenta ni suenan las trompetas cada vez que se inicia un nuevo mes o un nuevo año, ni siquiera cuando se trata de un nuevo siglo; son los hombres quienes disparan cañonazos y tocan las campanas para celebrarlo.

Para el enamorado el juicio estético de la razón es tan poco justo como el juicio moral.

La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada.

La palabra: vehículo del espíritu, el instrumento, el resplandeciente arado del progreso.

El arte es moral en la medida en que despierta a las personas.

El amor reprimido no muere; vive y, aún en la más secreta oscuridad, aspira a realizarse.

Escribir supondría pensar bien, y esto no está muy lejos del obrar bien.

La única manera sensata y religiosa de contemplar la muerte es considerarla y sentirla como parte integrante, como la sagrada condición sine qua non de la vida y no separarla de ella mediante alguna entelequia.

Se cree en la proximidad de la guerra cuando no se la abomina lo bastante.

La democracia no tiene otro sentido que el de consolidar un correctivo individualista frente a cualquier forma de absolutismo del estado.

La confesión es un acto de violencia, y cuanto más grande es la resistencia que se le opone, mayor es el placer que proporciona.

La muerte no es ni un fantasma ni un misterio, es un fenómeno sencillo, racional, fisiológicamente necesario y deseable.

Las contradicciones pueden conciliarse. Sólo las mediocridades y las medias verdades son imposibles de conciliar.

Las convicciones no perviven si no tienen ocasión de luchar.

La tolerancia se convierte en un crimen cuando se tiene tolerancia con el mal.

Nuestra muerte es más un asunto de los que habrán de sobrevivirnos que propiamente nuestro.

La humanidad comienza allí donde la gente sin ingenio imagina que acaba.

Uno no puede liberarse de la tortura del deseo carnal más que a condición de satisfacerlo, no hay otro modo, no hay otro camino.