25 jun. 2008

Cuarto capítulo: Marineros venezolanos en Solvesburgo


(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora)

Hay un aire viajero de Venezuela en estos días plácidos del pequeño puerto meridional de Suecia, cuando sobre el altivo mástil de popa de dos naves vemos ondear al viento veraniego los colores de las estrellas de nuestra lejana patria. El paisaje alucinante del verano propicia estas horas cálidas, como las palabras con las que un grupo de muchachas suecas recibieran a los curtidos habitantes del mar venezolano: “¡Bienvenidos seáis a Suecia!” Fueron las primeras voces que aprendieron del español como para estrenarlas en la fiesta exótica del arribo de los hombres tropicales.

Solvesburgo parece que hubiera nacido para construir navíos. Los obreros del Golfo de Botnia, los carboneros de Dalecarlia y los ebanistas de esa tierra de resinas y bosques antiguos se han dado cita por varias generaciones en los febriles astilleros del puerto para animar el acero, el hierro y las maderas, que le dan forma a los hijos del mar. Se hacen los barcos con el mismo amor que los hijos. Cuando sientas la agilidad adolescente, levan sus anclas hacia lejanas tierras y no vuelven. Toman nombres ignorados en la genealogía de sus hacedores, quienes miran bifurcarse su destino bajo el signo de otra bandera impresentida.

Cuando llegamos a Solvesburgo, los nombres de Nueva Esparta y Táchira, pronunciados por la hermosa humanidad que se cobija bajo aquel encantador retazo de cielo escandinavo, con indefinible dejo de cosa ausente, intangible y misteriosa, parecían ya el comienzo de una heredad sentimental para los anales de la añoranza del pueblo. Los hallamos inscritos a los costados de popa de los barcos. Al paso de los marinos margariteños, las muchachas de color de rosa de Solvesburgo, articulaban cariñosamente entre la jerigonza de su lengua germánica: Venezuela, Nueva Esparta, Táchira. La patria lejana ya se había apoderado de la Suecia meridional. Sienten los suecos, como ginábamos en la remota intuición de su sicología un cerrado panorama de contrastes, se nos ofreció desde el primer momento como un canal de luz verde-esmeralda del mar venezolano. Desde ese burgo, el “Nueva Esparta” y el “Táchira”, con la bandera de Miranda abrasada por la luz del verano, fueron la decoración y el centinela de la ciudad recostada sobre el mar. Los primeros exploradores del paisaje han sido los margariteños. Deambulan por las calles, por las carreteras, por los muelles y por las playas, con la misma naturalidad que en sus lejanos pueblos de Punta de Piedras, El Tirano, Juan Griego o Porlamar. Tienen el sello de todos los marinos del mundo, abiertos insensiblemente a todos los horizontes. Para ellos, el puerto es un denominador común, cuya entraña saben penetrar, lejos del rebuscamiento mental de los que adelantan petulancias sociológicas, fallidas e ineficaces las más de las veces. Viéndolos en las playas de Miami y en las de Esmalandia, llego a explicarme cómo para ellos su aventura del Mar Rojo fue un inadvertido extravío de las costas de Paraguachoa y sus faenas en Abisinia una dilatación fugaz de su mundo marinero.

La segunda noche de la agradábale permanencia en Solvesburgo es una noche sueco-venezolana. Desde tempranas horas de la tarde, encantadoras chivas han llegado en sus bicicletas hasta el muellecito donde permanecen amarrados los barcos bautizados bajo el signo de esa tierra de Venezuela, amablemente descubierta para su curiosidad inofensiva. Han rodeado a los venezolanos como un espectáculo grato. Cada marinero tiene su grupo que lo escruta y le observa infantil y bondadosamente. Los que hablan inglés, pronto comienzan a penetrar en el área amistosa de los entusiasmados visitantes. Los demás inician su intrincada metáfora de signos. Una entretenida función de dibujos al aire que terminará a la postre por crear el idioma del perfecto entendimiento, quizás, malhadadamente, el día de soltar las amarras de las motonaves viajeras.

Me hizo gracia el sencillo marinero, que me preguntó en una noche como la cosa más natural del mundo: “¿Dónde está su novia?” Él ya tenía la suya. Para mí, apenas residía en las dóciles gracias de la naturaleza circundante. En los días siguientes, los idilios han ido en aumento. Un compañero ha pedido la mano de una graciosa rubia de ojos azules. Los dos se han prendado de sus respectivos exotismos. Pero ella, la pobre, apenas cuenta con dieciséis años, edad en la que las tradiciones suecas no autorizan el matrimonio. Cuando el amigo esperanzado va a recibir la respuesta de los progenitores de la chica, se tropieza con un abismo: es preciso pedir la autorización del Rey, en un proceso que dura tres meses. Sólo faltan ocho días para el regreso. Suecia y Venezuela, en las calenturientas mentes de estos enamorados, se encontrarán en el recuerdo triste, sobre las estaciones y los climas.

Entretanto, al calor del idílico paisaje veraniego, bajo la sombra de los claros abedules, se extiende el diálogo de dos pueblos y dos razas, unidos por la dulce fatalidad del afecto.

Hemos tropezado con un estupendo intérprete, especie de puente emocional, en este brusco encuentro de las sangres. Es el único habitante del pueblo que habla español. Lo aprendió en Argentina, en una infancia ya lejana, cuando sus padres, seguían las corrientes inmigratorias de Europa hacia aquel país. Regresó a Suecia, después de cinco años de andanza por las tierras de Martín Fierro y aún no ha perdido su español con acento rioplatense. Buen amigo, Rolland Peterson, el esposo de la dulce May-Britt, dulce como las cerezas de Suecia, rosa en su imagen como la rosa de su jardín solvesburgués, que me entregara en recuerdo de la taza de café venezolano que tomamos con todos los ritos domésticos suecos en su jardinera casita de Bredgatan, con Olga, la madre y Siv, la imponderable flor de la morada. Role –así le llamamos- se ha transformado hasta el nombre para hacernos más fácil el acceso hasta su abierta humanidad. El y May-Britt se han declarado en vacaciones para atendernos. Role, intérprete público de los venezolanos. May-Britt, madrina solícita de la bulliciosa colonia transeúnte. Los dos hacen las creaciones de sombrereros que, en las distintas estaciones, decoran las cabelleras blondas de las muchachas del pueblo. ¿Les recriminarán éstas su abandono? Seguramente que no. Son tan amables que, por la salud de los venezolanos, habrán de ponerse en vacaciones de sombrerero también. Es más hermoso que sus cabelleras, al ondular, como los trigales a los vientos del verano, acompañen el tremolar del pabellón venezolano en estos alborotados días que no se presentan siempre.

Si se le preguntase a una de estas muchachas, cuál es su predilección personal entre la abigarrada y bulliciosa población flotante, responderá sencillamente de acuerdo con la verdad: “Soy del Táchira”. O “de Nueva Esparta”, según esté localizado el marinero. Les cuesta aprenderse los nombres o, por lo menos, decirlos. Pero si supiesen que, al hacer estas afirmaciones, trasladan su cuna a Porlamar, Juan Griego o El Valle; o a Mérida, Capacho o San Cristóbal, reirían hermosamente con esa risa de bosque perfumado, sin estridencias, que tienen las muchachas escandinavas. Bien por Pipan, Biby, Ingrid, Selma, Barbro, Terstin, Siv, que tan solícitamente van asimilando su lección de geografía emocional de Venezuela. ¿Qué será de la animada vida nocturna del romántico muellecillo cuando Táchira y Nueva Esparta, las casas flotantes de la familia sueco-venezolana enfilen la proa hacia la patria definitiva? Responderá la soledad de los claros abedules y el retorno de los bosquecillos de fresnos hacia su habitual monotonía. Pronto el invierno descargará sus copas. Pero el próximo verano renacerá el recuerdo frente a otra agradable realidad: los barcos venezolanos “Anzoátegui” y “Falcón”, dos tramos nuevos en el aprendizaje objetivo de la geografía, aflorarán como la estación sobre los muelles abandonados.

Entre los compatriotas ha surgido un grupo de trovadores. Lo estiliza el joven médico del “Nueva Esparta”, Roberto Martínez Herrera, quien integra el conjunto con César Camero, Materán, Cartaya, Soriano, Cerveleón y Mario Gómez, el más apuesto y solicitado galán de la canción. A dos voces, el eco se pierde en las frescas noches porteñas, como una lejana serenata tocada frente a la ventana rumorosa del mar, bajo el sueño de las Sílfides y Ondinas. No hay muchacha sueca, devota del música, que no conozca, aún sin saber el significado, las canciones: “Adiós muchachos, compañeros de mi vida” y “Bésame mucho”. Junto a cada una de estas Ingrid Bergman provincianas, la voz de los compañeros se reconcilia con los cigarrones de los bosques de Esmalandia. El mejor dúo lo hicieron Roberto y Biby Nilson en una islita idílica del cinturón que ciñe a Gotemburgo, en la medianoche maravillosa, con brisa musical sobre los acantilados y luminosa decoración de estrellas. El campo deportivo de la villa se convierte en las noches sabatinas en pista de baile. Allí los marineros de la Venezuela viajera evocan al compás de los ritmos extraños, el movimiento y la armonía de la patria lejana. ¿Verdad, May-Britt, que un alucinante paisaje impresentido se te insinúa detrás de estas blusas marineras que hace mucho tiempo danzan al compás de las olas y los vientos nocturnos? Yo he sentido cómo se te pierden los ojos azules en esta búsqueda inquietante.

Días y noches de Solvesburgo. Cabelleras blondas, como las espigas; azules ojos, como los cielos y los mares de Suecia. Tímidos bosquecillos de fresnos y abedules que besan las arenas hasta el límite justo en que la ola baña la playa. En la retina llevaremos durante muchas días este amoroso paisaje de la vida, como para poder mirar el mal con piedad, la desesperanza con optimismo y la vanidad con sencillez.

¿Quién enseñó tan pronto a los buenos músicos del Tívoli las notas del “Gloria al Bravo Pueblo”, con las que saludaban complacidos nuestra presencia? Se las enseñó la sed de acercamiento, de amorosa proximidad y de diálogo fraterno, que hacia Suramérica inclina el alma romántica del país de Selma Lagerlof y del Príncipe Eugenio.

En estas breves notas, queda un poco de la esencia de ese pueblo que produce una sensación de amor, digna de ser correspondida en la medida en que se da. “Bienvenidos seáis a Suecia”, fue el saludo de bienvenida en nuestro idioma. Y nunca olvidarán los marineros de Venezuela, la despedida prolongada que, al borde de los acantilados, anticipaban nostálgicamente las encantadoras hijas de Suecia a las notas de “Adiós muchachos, compañeros de mi vida”, en las últimas noches blancas del verano.

Mar Báltico, a bordo del “Nueva Esparta”.

4 comentarios:

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Que bello relato, que hilo conductor, como trasmite todo lo vivido.

Como me gustaría poder escribir de esa manera, es como una película mental.

Saludos

Gizela dijo...

Roy tiene razón. Es el propio ejemplo de lo que debe ser una perfecta una narración.Bebe contener imágenes con palabras, y esto es como una película Ademas, sigo maravillandome como convierte la narración en poesía.
Había reservado la lectura para hoy sábado, para disfrutarla en la tranquilidad de la mañana, y hay doble motivo de celebración, el inmenso disfrute de la lectura y poder darte la noticia de que nuestro común amigo REL, está de vuelta, sano y salvo.
Besos Gizz

Ada Patricia dijo...

Me faltan palabras para expresar lo hermoso es leer este relato sobre este acontecimiento que vino a llevar adelante el nacimiento mio de mi padre en esta ciudadita costal en el sur de Suecía. Con todo agradecimiento al autor y los que contribuyen con la presentación de estas letras, mil gracias. De parte mía;la nieta del capitán a bordo Cervelion Fortoul; Ada Patricia Fortoul

J. L. Maldonado dijo...

El agradecimiento es mío por haber leído esta hermosura de texto. Y además sorprendido nada más y nada menos que por la nieta. Vaya mi abrazo!