26 oct. 2009

Un lugar lejano


En Un lugar lejano pueden sucede muchas cosas. Situaciones que pueden ser totalmente ajenas a nuestras emociones y otras que son muy cercanas por su similitud. La muerte, por ejemplo, tema fundamental de la novela de Fernando Butazzoni, es esa instancia universal que más allá donde nos reciba, es la misma. Cambia el andamiaje, los personajes, pero ella es la misma aunque estemos repletos de nieve y a temperaturas bajo cero. Apenas iniciado el texto, ésta es comparada con un tren que “golpea en la noche”.


Julián Palacios, un reconocido fotógrafo que es diagnosticado con un cáncer terminal, se aferra a una imagen que le llega en sueños de un lugar equidistante en la Patagonia argentina. Quiere hacer realidad esta imagen, esta fotografía que aún no existe y que de algún modo la ve reflejada en una revista, la cual ya se transforma en impulso, en el motivo que lo lleva a entregar sus últimas fuerzas para lograr captar esa última imagen de su vida. Quedarían así en su pasado laboral tanta foto de ahogados, naufragios y pesadumbre, como bien le recuerda en su momento su asistente, Roque, para dar paso a una foto única en medio de la estepa fría y solitaria de Manchuria.


La narrativa de Butazzoni se decanta con sutileza en Un lugar lejano, a pesar de lo duro que pudiera ser el abordaje del tema de la muerte. Por una parte, allí está inmersa la imaginería del viaje de principio a fin, en donde Julián, vive su última aventura entre la conciencia y el delirio; y por la otra, el narrador se apoya en pequeñas historias paralelas que van en el sentido de reforzar esta idea: Julián, en su alucinación mientras enfrenta la inhóspita y helada llanura, se recuerda a sí mismo junto a su padre y abuelo a la deriva en el mar y el prodigio que significó volver a tierra firme; también los casos de la niña Magdalena, María Antonieta de las dos Sicilias, Jimena Sánchez y Juan Venría, son historias que de una u otra manera van en el mismo sentido.


También es notable la brevedad de los diálogos entre los personajes, como si los mismos hicieran juego con el frío, con la parquedad necesaria en un ambiente tan hostil. Da la impresión de que cualquier palabra demás implica un esfuerzo extra y por tanto una pérdida de energía y calor fundamentales para estar vivos. Julián continúa su peregrinación hacia Manchuria en un acto de soberbia y estupidez –sugiere el narrador. Vive su propio Viacrusis y al mejor estilo bíblico aparece un personaje que le ayuda en su peregrinaje: María. Con ella se vive uno de los momentos más estremecedores en la novela, y es cuando ésta exhorta a Julián, a gritar, a mantenerse en pie, despierto.


Un lugar lejano, más que de la muerte, va de la vida, de la esperanza de un personaje condenado a morir por conseguir esa fotografía soñada cueste lo que cueste. Jugarse la vida es lo de menos, puesto que sus días están contados, pero en ese andar en medio de la soledad, el frío y el silencio, la fragilidad humana se expande en su evidencia: “El frío deja de doler. Eso es lo primero, dicen. Al comienzo la temperatura del cuerpo desciende un par de grados y resulta difícil mover las manos y los brazos. La respiración se vuelve más rápida, hay una vaga sensación de disnea que dura algunos minutos y luego una repentina calidez que reconforta y engaña”.


Un lugar lejano fue llevada al cine recientemente por José Ramón Novoa y fue finalista del más reciente Premio Rómulo Gallegos 2009. Sólo resta ver la adaptación a la gran pantalla. Dice el narrador: “La revelación, pues, procede de la lectura y no de la imagen. Primero fue el verbo…La sabiduría no estará en saber lo ocurrido sino en aceptarlo”.



Lectura recomendada.