13 ene. 2010

El viaje del elefante


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Comencé este 2010 leyendo El viaje del elefante de José Saramago. Si se indaga un poco en la web, podemos conseguir variopintas opiniones sobre este autor: los que le gusta su trabajo y los que no, por decir lo menos. Para ello mismo existe el mar de las opiniones, para discrepar o acordar, y en lo que a mí respecta sobre esta lectura de El viaje del elefante, puedo decir que es un libro evocador, un texto que te lleva de viaje por los parajes portugueses, españoles, italianos y austriacos del siglo XVI, durante el cumplimiento de una notable encomienda: obsequiarle un elefante al archiduque Maximiliano de Austria.



Mientras esto sucede, el narrador del texto, un cronista que forma parte de la pomposa caravana que atraviesa Europa y testigo fiel de los acontecimientos, en su particular lenguaje muy al estilo medieval –a veces– y otras tantas más bien moderno, jocoso e irónico, va contando las peripecias del cornaca Subhro –quien habla con elegancia y sapiencia– junto a las absurdas situaciones que se dan en el épico viaje de los humanos y el paquidermo, llamado primero Salomón antes de ser rebautizado con el nombre Solimán para efectos de satisfacer los caprichos del archiduque. Hecho que también afectó a Subhro que luego pasaría a llamarse Fritz.

El narrador tiene además la particularidad de tener conciencia y reconocer en diversas partes del texto, la utilización de términos que pudieran caer en anacronismos considerando el contexto de la historia: “El problema que Fritz tiene ahora para resolver es la falta de un instrumento capaz de soltar el maldito hielo de la piel del elefante, una espátula de lámina fina y punta redonda, por ejemplo, sería lo ideal, pero espátulas de esas no se encuentran por aquí, si es que ya en este tiempo hay gente para fabricarlas”. Luego más adelante añade: “Es una lástima que en el siglo dieciséis la fotografía todavía no hubiera sido inventada, porque entonces la solución sería facilísima, bastaría con insertar aquí unas cuantas imágenes de la época, sobre todo si son captadas desde helicóptero, y el lector tendría todos los motivos para considerarse ampliamente compensado y reconocer el ingente esfuerzo informativo de nuestra redacción”.

Por otra parte, ese narrador que tiene conciencia de lo que narra y del tiempo en el cual será leída su historia, primero interpela al lector para aclararle hechos y situaciones; y segundo, justifica al novelista en su oficio de escribir: “Una cosa que cuesta trabajo entender es que el archiduque Maximiliano haya decidido hacer le viaje de regreso en esta época del año, pero la historia así lo dejó registrado como hecho incontrovertido y confirmado, avalado por los historiadores y confirmado por el novelista, a quien se le tendrán que perdonar ciertas libertades en nombre no sólo de su derecho a inventar, sino también de la necesidad de rellenar los vacíos para que no se llegue a perder del todo la sagrada coherencia del relato”.
Lectura amena y ligera la que nos ofrece El viaje del elefante, en donde el lector podrá disfrutar de dos proezas realizadas por Salomón-Solimán en tan fantástico recorrido, consideradas además por casi todos los protagonistas y testigos de la historia como verdaderos milagros. También entre líneas hay espacio para la reflexión y el pensamiento, en donde la lectura pudiera verse enriquecida más allá de los hechos anecdóticos del elefante. Dice en alguna parte: “Una pena. Somos cada vez más, los defectos que tenemos, no las cualidades”.

1 comentario:

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Algo que debería hacer este Nuevo año es leer un buen libro, no lo hago hace rato y este promete demasiado, lo malo es que no se si lo puedo conseguir en Costa Rica, pero al red nos ayuda a localizarlos.

Excelente descripción del libro, me atrapo tu post.
Saludos