17 mar 2014

La noche del oráculo

¿Qué haría, cómo reaccionaría usted al verse encerrado en un búnker antiatómico y la vida de la única persona que sabe de su paradero pende de un hilo en un hospital? Esto le sucede a Nick Bowen, el personaje del escritor Sidney Orr, que a su vez es el personaje de Paul Auster. Tal como ya lo he comentado en otras ocasiones, el célebre escritor neoyorquino es un maestro para construir grandes obras partiendo de hechos triviales, y sobre todo, de las casualidades que el destino pone en el camino de cualquiera. La noche del oráculo, obra de Sylvia Maxwell dentro de la historia que va desarrollando Sidney Orr, no deja de ser un título excusa para construir los episodios entre John Strause (también escritor), Sid y su mujer, Grace.



El anclaje de toda la obra (la de Auster permeada a través de su álter ego, Sid y el desafortunado Nick), se da a través de una frase: “aquella mañana”, hecho temporal que nos va llevando de la mano hasta un final duro e inquietante. Las conexiones que se dan entre las diversas historias, llamémosle niveles, se presentan de forma magistral, con una sutileza narrativa admirable, pasando de un peldaño a otro de un modo casi imperceptible. Nick comienza a soltar los primeros párrafos de su novela en un “cuaderno azul” que le resulta estético para su labor y al pasar de las páginas, la historia de cómo Nick queda atrapado te sorprende. La imagen del encierro se repite en La noche del oráculo, tal como hiciera Auster en Viajes por el scriptorium, o en La habitación cerrada y esto resulta una gran metáfora de lo que sucederá en La noche del oráculo, o como se me ocurrió imaginar, una novela de Paul Auster que realmente no tiene título, en donde primero, se da la historia de Nick; luego, la de Eva (la esposa de Nick, a quien abandona de una manera absurda e irracional); y por último, el libro que Nick lee mientras las dos historias van desplegándose: la narración dentro de la narración.

También la presencia de otros personajes, como el taxista Ed, una suerte de Orfeo: “He bajado a las entrañas del infierno, y he visto el final” y coleccionista de guías telefónicas; y Jacob, hijo de John Trause, un yonki descarrilado, tienen un rol importante dentro de la trama, sobre todo este último quien estalla de furia y locura cometiendo casi un asesinato. Una papelería que desaparece extrañamente de la noche a la mañana y su propietario, el señor Chang, no deja de ser menos misterioso y todo este maremágnum sin sentido pareciera atribuible al extraño “cuaderno azul”: “—Lo sé. Todo está en mi cabeza. No digo que no, pero desde que me compré ese cuaderno, todo ha empezado a fallar. Ya no sé si soy yo quien utiliza el cuaderno o si el cuaderno me está utilizando a mí”, dice Sid.


Difícil decantarse por una obra favorita de Paul Auster, pero La noche del oráculo es firme candidata a estar entre varias para tomar una difícil —y tal vez imposible— selección. Termino citando a un ferviente lector de Auster, el librero y amigo Jonathan Bustamante: “Las casualidades que se convierten en destino, así me gusta definir la literatura del hombre que hace un homenaje continuo al oficio de escritor. Auster ha sometido a sus personajes a lo largo de su narrativa ha incontables vicisitudes, engañándolos, haciéndoles creer que lo que ocurre son simples condiciones del azar hasta llevarlos a un destino que han querido evadir y con extraña pasividad terminan por aceptar.” (en http://lectormetalico.blogspot.com) .

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