11 dic. 2007

Cimarrón


En 1836, Claudio, ese viejo cimarrón que nos contaba historias de fantasmas y aparecidos, que según él azotaban a los despistados en medio de la negra llanura, fue ultimado injustamente por el gobernador del pueblo cuando lo confundió con otro esclavo que había huido años atrás. Claudio, que aparecía al final de la tarde para narrarnos sus andanzas, ya no volvería con su fornido cuerpo magullado por los azotes, con su sonrisa estéril de falsedad a darle sabor a las tardes de este pueblo que siempre cae en desgracia. Todos los niños del pueblo lamentamos su muerte y muchos pasamos años recordando sus cuentos y sus chistes. Se nos volvió hábito hablar como el negro Claudio para inmortalizar su recuerdo: «Ven pa’ ca mi niño», nos decía con voz mal gastada por los años, pero con la fuerza de quien ha sufrido por miles de razones. Dicha frase se volvió la manera de cómo nos llamábamos los unos a los otros para entablar conversación. Incluso hubo otras frases que utilizábamos pero esa fue la que más quedó en la lengua de todos.

Años después a la muerte de Claudio comenzaron a suceder cosas extrañas y como ya habíamos dejado de ser niños, nada de lo que sucedía nos asustaba, y mucho menos nos impresionaba, puesto que en este pueblo todo es posible y más aún cuando lo sucedido era comparado con los cuentos del negro Claudio. Todo era motivo de risas e incredulidades. Una tarde, cuando caminábamos llano adentro los muchachos y yo, buscando lo que no se nos perdió –claro, éramos unos inútiles que no teníamos nada qué hacer- el aire que respirábamos a través de las estepas se tornaba frío y viscoso. Nuestras narices filtraban microscópicas cenizas oscuras que de tal cantidad taponaban por completo nuestras fosas, obligándonos a abrir de par en par, como los inmóviles caimanes en la boca de un caño, nuestras bocas. Todos asombrados nos preguntábamos cómo era posible aquel frío viento en medio del campo abierto colmado de cardones.

Uno de los muchachos temblando más del miedo que del frío juraba haber visto una sombra fugaz casi imperceptible que se desplazaba por la vieja osamenta que cuando niños el negro Claudio nos prohibía visitar. Siempre hubo esa incógnita que por irresuelta, era lo que más nos aterraba de los cuentos del viejo cimarrón. Mucho más que los decapitados andantes o que las viejas lloronas que se llevaban a los niños pequeños para sacrificarlos en nombre de fuerzas oscuras.

Resolvimos retornar al pueblo en medio de la poca visibilidad debido a la hora y a la inexplicable bruma sabanera. Cada quien contó el episodio a su manera, añadiéndole su ingeniosa marca personal. Algunos contaron que la sombra con increíble velocidad se aproximaba a las narices de cada uno de nosotros profiriendo sonidos incomprensibles; otros, que el aire frío congeló nuestros pensamientos abriéndonos las puertas del más allá; yo agregué que la sombra iba tras su propio yo, que en vida era un noble caballero andante.

Quedó en el pensamiento de todos aquella imagen abstracta. Fuimos dándole forma a lo intangible para temerle menos. En muchos años no habíamos sentido temor como aquel día. No tener razonamiento alguno para dicha situación era lo que más nos aterraba. Recordamos lo sucedido en medio del concierto de grillos y sapos que la noche nos regalaba. Pensamos en Claudio, pues sólo él pudiera habernos aclarado qué fue aquello que hinchaba nuestros angustiados corazones: «Dime con tu voz de chatarra, con tu alegre mirada que aproxima nuestras almas a la serenidad, qué fue eso…» Y él me contestó: «Mejó averígüenlo po’ cuenta propia mi niño. Pa’ eso ya son uno jombres».

Desperté esa mañana con la voz de Claudio en mis labios. Con el pecho abierto de alegría por haberlo escuchado después de tanto tiempo ausente y triste por la terrible afirmación de que era un sueño.

Nos encontramos en la implacable hora del mediodía en el zaguán de siempre para descansar de la nada y para huir del sol. Allí les conté a todos mi grata experiencia y entre cuentos y cuentos las horas pasaron lentamente por el sopor de la tarde. Decididos a descubrir el misterio nos apresuramos pausadamente por miedo a insertarnos otra vez en aquello que habíamos transformado en fábula.

Después del mediano trecho que tuvimos que recorrer sobre la tierra y pasando por encima de nuestros temores, el aire caliente comenzó a tornarse fresco como en el día anterior. Las bocas como siempre sirvieron de apoyo tragando más polvo que nunca y, nuevamente, nuestras pieles erizadas en un acto reflejo premonitorio se adelantaban a los hechos. Estábamos tan sólo a veinte pasos de la prohibida osamenta de los cuentos de la infancia, de ese lugar que siempre nos fue vedado. Todos con la mirada fija al frente esperando el fantasmal espectáculo y enmudecidos de pavor, íbamos lo más despacio posible hacia nuestros recuerdos más pueriles.

Tan absortos estábamos en fantásticas monstruosidades que ninguno se dio cuentas que ya posábamos sobre los crujientes huesos calcinados por el sol. Titiritando de miedo, apenas podíamos alzar las miradas para intentar decirnos algo que animase una sola palabra de aliento. Vimos allí nuestro ineludible destino como calaveras hambrientas y burlonas. Aún las cadenas que se entrelazaban con los huesos parecían sonar al compás de los patrióticos azotes. Comprendimos que esa osamenta era lo que Claudio nunca quiso mostrarnos para salvar las diferencias de color. Cuántos habrán muerto aquí. Incontables eran los esqueletos de nuestras fechorías libertarias. Ese miedo fue tornándose en rabia cuando empezamos a entender tan escalofriante encuentro.

Ya el aire no era frío y viscoso, y es que realmente nunca lo fue. Sólo a nuestra imaginación se nos pudo haber ocurrido semejante cambio de temperatura. Lo que sí fue cierto y palpable, fueron los huesos y las cenizas de los muertos. El bochorno que sentimos por venir de donde venimos y la inclemencia de un pasado inexorable.

La sombra nunca apareció cuando permanecimos sobre la osamenta, pero alejados de allí, a una distancia que gracias a nuestra juventud aún podíamos distinguir, vimos la sombra que un día antes nos aterrorizó, agitando lo que pudiera ser un brazo a manera de despedida mientras el sonar de las cadenas acompañaba su fugaz aparición.

Aquel hombre patizambo que nos contaba maravillosas historias y que quizás sus cenizas posaron en nuestras narices, siempre evitó darnos el germen del rencor y la maldad que fundó este miserable pueblo. Justo a nosotros, a los hijos de sus verdugos, nos esclavizó para siempre con la dolorosa verdad. Claudio, el negro cimarrón, fue a buscar su pasado en la osamenta de sus cuentos.

7 comentarios:

solo mi version.... dijo...

Que injusticia.....pero dejo un gran historia que hoy nos cuentas con un mensaje importante y hoy lo haces vivir entre nosotros.

un besho

muchadela torre dijo...

La historia fuera de serie. me he quedado pensando

J. L. Maldonado dijo...

Gracias Sólo mi versión y muchadela torre por sus amables comentarios.

Lin dijo...

Bueno, inteligente, conmovedor. Lees, luego piensas... y sigues leyendo y pensando.
El negro Claudio, orgulloso, debío disfrutar de tus andanzas de cuentero.
Un abrazo

Azul... dijo...

Muy bien contado, atrapa... me quedo pensando en el pasado que nos trajo aquí... las injusticias no han cambiado, solo se han mudado de geografía, no?

Un besote!

manolito dijo...

pues sí.yo tb me he quedado pensativo.me ha encantado el relato.
cuántas cosas pasadas han dejado una huella marcada en nuestra vida?y..tendremos el valor de reconocerlas?.me ha encantado.
la dirección:
murodelamuerte.blogspot.com
y tú tienes puesto elmurodelamuerte.blogspot.com

un abrazo.

MaraiaBlacke dijo...

Excelente cuento...de la niñez a la vida adulta no se puede escapar, ni de la verdad aunque por amor se cambie el escenario...
Me ha gustado mucho.

No se si Rel te ha dicho, pero hay un sito de cuentos que compartimos...es cofredecuentos.blogspot.com, por si gustas pasar.
Saludos!