11 jun. 2009

Octavo capítulo: El poeta del Mar de las Perlas

(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora).

Se entiende y arquea la cúpula del cielo, sentimos el ondulante puente debajo de nuestros pies...los acentos de misterio invisible, las vagas y vastas sugestiones del mundo oceánico, las sílabas líquidas que se derramen.

Walt Whitman.




Desde Amberes tengo a un poeta de poetas como insustituible vecino de noches y alboradas marineras: es Pedro Rivero, huésped del buque “Nueva Esparta”, en el camarote número 2. Después de salvar la corriente plomiza del Escalda, entramos en la zona portuense de la ciudad de Rubens, en una mañana excepcionalmente clara y fresca. Son lluviosos, húmedos y oscuros los días en las ciudades flamencas de Bélgica; pero este de nuestro arribo -24 de julio- es un día integralmente venezolano, de cielos claros, de sol envolvente y de luz profunda, de esa luz enigmática que sólo se da en los trópicos y nos mantiene en lucha con la naturaleza, mientras el párpado herido se contrae y la pupila pugna por derramarse como la misma luz sobre el imperio de todas las cosas. Me hace recordar, con nostalgia, el poema “Enigma de la luz tropical” de Pablo Rojas Guardia. No hemos olvidado que es una fecha de amor patriótico.

Encima del “ondulante puente” del Escalda y del sobrepuente del navío viajero, nuestros ojos tratan de sorprender difícilmente entre aquella monstruosa estructura de concreto y de hierro, que es el gran puerto, la figura amiga que se nos ha anunciado para recibirnos al arribo. Y allí está, por fin. Pedro Rivero en el muelle 186, con la mañana creciendo en su bondad y una rosa solitaria agonizando en el ojal de su americana.

Enfermo y cansado, más en el espíritu que en la materia, que no es siempre el pan cotidiano el que alimenta a los poetas verdaderos, el artista de “El mar de las perlas”, hijo de marinero y de una isla marinera como ninguna –marino él también– llega hasta el barco de su pueblo como quien escapa de un naufragio hacia su vieja tabla salvadora. ¡Ah, Pedro Rivero, hondo poeta y hombre, buscando la nave de su Margarita, que “el corazón abisma en lo profundo”, para transportar la carga de sueños hacia la costa nutricia de su noble sensibilidad! Ha comprendido su mal Pedro Evaristo, el Capitán, tan marinero y tan margariteño como el poeta de su barco y de su tierra. Por eso, desde un día de verano sobre el puente del barco que lleva el nombre de la isla, empezaron a acomodar los vientos y los sueños, cual navegantes de altura, un capitán y un poeta de La Margarita, encontrados como la ola y la playa sobre los muelles del flamenco puerto mercader.

Pedro Rivero vivía en Europa por la piedra y por el mundo de la piedra. De él recibí la lección del tiempo, de la densidad y la realiza del tiempo, en la admiración nocturna de las viejas catedrales, que tanto apasionara a Rodin. Costaría olvidar la de Sainte Gudule, en Bruselas, cuando la vimos sobre la medianoche, como el ánima en gracia de pretéritas edades. En su pátina impresionante, nacía para el poeta otra catedral: la del sueño. Vivíamos su obsesión del diálogo solitario con la piedra en el encanto antiguo de Brujas, de Lieja, de Malinas y de Amberes, el solar de Rubens y de su arte. ¿Cuál otra constancia viva queda, en efecto, de viejas civilizaciones, en aquellas tierras, escogidas por el destino para escenario de los más contradictorios hechos de la historia? Ninguna otra que no sean, a mi modo de ver, las huertas de Malinas, que parecen haber nacido con la ciudad y los encajes de Brujas, que emulan la eterna telaraña de la niebla tejida finamente para adorno clásico de la ciudad, por los días fundamentales del invierno. Todos estos pequeños y grandes primores tienen ya un largo camino andado en el mundo del poeta. A su lado, la penumbra obsesionante de la Gran Plaza, en la capital belga, con la casa del Rey y del Duque de Alba y el Hotel de Ville, me pareció más lejana y más embrujadora. La gravedad del tiempo que allí se mide nos saturó como a las esponjas los vinos añejos.

Hay en realidad mucho de fantasmas sombríos en el arte circundante de la majestuosa morada, desde donde Felipe II erigiera su torvo imperio de fanatismo e intolerancia. De aquella pira inquisitorial parecen levantarse acusadoras las sombras de los Condes D’Egmont y D’Hornes. Pero el tiempo y su medida son inagotables en la popa de la carabela de los tercios de Flandes, que corona la noble arquitectura de una de la nobles moradas de la Gran Plaza. Civilización y barbarie afloran al recuerdo en estos monumentos. Bajo la obra limpia del artista, se elabora el designio turbio del inquisidor. Sobre la elocuencia muda de la piedra, se perpetúa la acusación doliente contra la crueldad. Sobre la misma piedra que unió con argamasa el vasallaje.

Si para hablar de Rivero, me acojo a estos recuerdos, se debe a la razón de haberle penetrado más profunda y emotivamente en este arrobamiento de lo secular, en ésta su recogida meditación ante la pátina. En aquella Europa sufrida, engañada, incrédula e insegura de su porvenir que dejó la guerra, el poeta quizás vería en la discreta luz de la pátina, que producen las catedrales del Viejo Mundo, el camino iluminado hacia el amor, la justicia y la bondad del credo cristiano, con el que se siente tan reconciliado en esta apacible ensenada de su vida.

Hemos reanudado el diálogo en los días largos y esperanzados del mar. Lo siento ahora más poeta y más profundo que lo conociera antes. Ama cierta poesía activa del sacrificio y de la abnegada aventura. Tal, por un lado, la titánica lucha con lo temporal en Charles Foucauld y la victoriosa refriega de Arthur Rimbaud contra la frustración. El apóstol del desierto africano realiza, como santo, una de las conquistas básicas del arte: la perfección del espíritu por el desprendimiento. Y Rimbaud, prematuro renegado de la belleza, también la realiza en el misterio de su diabólica transfiguración.

Alguna noche, acodado sobre la baranda del puente, con sordo acompañamiento de olas, me ha hablado del poeta como de “la fantástica criatura, sabia a la par que loca”, exaltada de Emerson. Pero ha sido en el mar, solamente en su mar y junto al trepidante corazón de las islas donde me he hecho comprender la razón poética de Rimbaud “lanzando uvas ardientes sobre las bahías”.

Pedro Rivero es –habrá de ser por siempre –el poeta del mar y las ciudades. Si “El mar de perlas” define su gran mundo nativo de belleza, ya danzan en la marea de su espíritu yodado y salitroso “Las islas en flor” y “Las ciudades”. Islas que sólo florecen para sus ojos y ciudades, oh! Las ciudades que sólo responden al llamado de su infatigable alma viajera.

Como en Europa me inició en el idioma de la piedra y de la pátina, sobre el mar, el lúcido habitante del camarote número dos me ha venido enseñando la geografía sentimental de los cielos estrellados, merced a la vieja herencia noble del navegante que fue su padre, el Capitán de Navío. Para estas noches en las que sólo la profundidad de una estrella sobre el cielo o bajo el mar ennoblece el hastío, ha escrito el encanecido navegante esta oración:

Asciende así la voz a la luz bella
como al santuario de impasible amante:
-Estrella azul, pizca de sol: diamante;
diamante azul, celeste lis: estrella…

Y lírica en los ámbitos destella
La dulce maravilla fascinante,
suspiro del poniente y del levante,
deidad remota de irisada huella.

En alas del silencio voló el grito.
La voz ferviente alcanza lo infinito.
Y los cielos responden la querella

en lo inaudible de su voz distante:
-Estrella azul, pizca de sol: diamante;
diamante azul, celeste lis: estrella…”


Quizás, por primera vez en la historia de esta publicación, la “Guía de Bruselas”, compilada y organizada por buenos poetas belgas, trae la colaboración de un venezolano. En la edición de este año, aparece un delicado poema de Rivero al “Manneken Pis”, uno de los más pequeños pero originales monumentos que la ciudad ofrece a la curiosidad viajera y que, por lo conocido, huelga describirlo. En detalles, tan imperceptibles como éste, se traduce el sibaritismo del artista en la interpretación de su mundo circundante.

En el mar he logrado convencerme cómo Pedro es un verdadero poeta del mar. Llega insomne hasta el país de la madrugada, de pies junto al puente de la nave, como acechando el más leve movimiento de la ola y el pestañear lejano de una estrella. Viejo timonel de la armonía, sostenido en pie por embrujo de la noche y por la antigua ración de fortaleza de la brisa. Ahora es cuando parece que estuviera caminando su invocación:

Dame la plenitud de mi destino.
Nací del mar. Sucumbiré marino.
Devuélvame la gracia de tus dones.
Aparta las sirenas de tu mundo.
Y déjame luchar con los tritones
en tu misterio de zafir profundo.

Menos enfermo y cansado que al comienzo del viaje –quizás con el contacto de sus gentes –regresa Don Pedro Rivero a su tierra, archipiélago florecido de cantos, desandando el camino por donde llegaran a la tierra firme las noticias de la cruz, hace tiempo enraizada en su espíritu, como un coral de luz en el fondo del mar.

Mar Atlántico, agosto de 1946,
a bordo del “Nueva Esparta”


1 comentario:

Carla dijo...

Un excelente octavo capitulo. Cada vez me atrapa mas!