25 jun. 2009

Soy la trampa...


Y además una posible salvación, no sé de qué, pero salvación al fin. Puedo ser esa tormenta que aprieta en los días nublados y hasta el más radiante sol que ilumina tus días. Quizás un pañuelo para abrazar tus lágrimas o las mismas lágrimas pletóricas de alegría.


Sigo siendo una trampa, no sé si tuya, no sé si para mí misma. Pero ¿una trampa de qué? ¿Será que ya caíste en ella o mejor dicho, en mí, puesto que soy yo la trampa? ¿O será que fui yo el que cayó en la trampa, o en mí misma? ¿Esa “trampa” tendrá otra manera de llamarse? Tal vez averiguarlo sería precisamente lo que ella quiere, que caigamos en la trampa o en ella o en mí.


No hay prudencia alguna en cada pensamiento puesto que en tal libertad, la del pensamiento, hacemos la mejor de las películas, con el final perfecto, con el encuadre perfecto, con la fotografía perfecta, y por sobre todas las cosas, con los protagonistas perfectos: tú y yo siendo víctimas de la trampa.


Soy trampa porque así me llamaste tú, porque más diáfano imposible. Soy trampa porque entramos en un juego que comenzó y se torna volcán. Trampa porque irónicamente tus pasos se alejan de mí y se acercan a otro, quizás se acercan a otra trampa de la cual ya eres dulce víctima.


Me visto de luces para hacerte reír y sigo siendo trampa. Me antojo de nublar tu buen talante y ¿adivina qué? Soy la misma trampa. No hay nada que salga de mí que al final no sea una cruel pero tierna trampa. También esto que te digo forma parte de ella, y por encima de todo, cada palabra que no te he dicho por temor de caer en la trampa. La música, las canciones, el ambiente, el aire, la silla que te aguanta, las manzanas de a diario, los 5 minutos a tu casa, todo, absolutamente todo, es una trampa.


La pregunta es, ¿habrá algo que no forme parte de esta terrible trampa? Prefiero no tener respuesta a ello. Al fin de cuentas todos caemos en ella alguna vez, en mí misma. No queda más que hacer libaciones a los Dioses para honrar este vicio, esta tortura, este grillete en el tobillo, esta trampa que no sólo pende del pie sino del pecho, del alma. La trampa es saber que pudimos escaparnos de ella y no lo hicimos. Y como trampa al fin, te pido que no creas en nada de lo que te he dicho, recuerda, soy una trampa y ambos estamos atrapados en todo y en nada.


La trampa al final es creer que conseguimos lo que siempre perdimos y nunca hallamos a tiempo. Es jurar que la perfección existe en un determinado segundo, en un cruce de miradas que fulminan a cualquiera. Es creer que más nunca, bajo ninguna circunstancia y bajo ningún pretexto, volveremos a caer en ella. Pero ella es impredecible, aparece cuando menos te lo esperas y se torna tan poderosa, que cualquier trampa anterior, pasa a ser libertad, rutina y tedio. La trampa es así, te eleva y luego te deja caer, es implacable. Al final todos somos una trampa en la cual juramos no caer otra vez, pero allí estamos, luchando por salir y deseando caer en ella.

3 comentarios:

Carla dijo...

Que final... que intenso este texto sobre las trampas que nosotros mismos nos creamos.
Excelente!

Acuarela dijo...

Ciertamente. Y la vida está llena de ellas. (Y vaya que caemos)

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

No creo que hay trampas dulces, somos a veces como esa llama que atrae la mariposa nocturna y a pesar de que se va a quemar viva sus alas, sigue directo a ella una y otra vez.

Nosotros mismos hacemos nuestras redes y a veces nos atrapamos a nosotros mismos, y trasmutamos, de ser cazador a ser cazados y caemos en esas trampas, que como bien dicen atrapan hasta la misma alma.
Saludos