7 dic. 2010

Margarita infanta

La mayor parte de la gente, hace, pasa o mata el tiempo con un teléfono celular en la mano; bien sea en un consultorio médico, en el metro o incluso en un transporte público (lo de “incluso” va por el riesgo que implica hacerlo y más aún dependiendo del modelo). A más de uno le he sugerido que se lea un libro, de lo que sea, pero que lea. Margarita infanta sería un buen comienzo para aquellos que no les gusta leer, puesto que de “aburrido” no tiene nada; todo lo contrario, el libro se lee en un par de horas y uno –como se dice vulgarmente– queda picado, es decir, con ganas de seguir leyendo. Aclaro que para los que sí nos gusta leer, tan bien es fabuloso.

Para los que hemos conocido a Francisco Suniaga, con el simple hecho de reconocerlo en la portada, ya es motivo de gracia y de inquietud al ver a esos dos niños con sendas caras tan tristes, ¿por qué están así? Se pregunta uno. Luego de empezar a leer, se viene la respuesta como un buen galerón margariteño, de esos que ya no suenan y que la modernidad ha cambiado por vallenato, hip hop y reguetón en pleno centro de Porlamar. Es que ni en Pampatar, y más allá, ni en Juan Griego, se escuchan ya. Volviendo a las caritas de tristeza, vaya que si tenían razón de estar así.

Margarita infanta va de muchas cosas: de la melancolía por aquellas vivencias del propio autor en su tierra; de los mitos de una población que aún estaba al margen de la modernidad: “la única magia de nuestra infancia llena de mitos y huérfana de televisión”; de la demolición de los lugares que algún día tuvieron vida y que hoy son recuerdos en la memoria de Suniaga: “sueño que el caserón que demolieron, arrancándonos a golpes el ícono físico de nuestra infancia y adolescencia, fue otro”. Y más adelante dice: “Mi vieja casa de adobe, bahareque y techo de tejas, donde nací y fui niño, que en los años setenta fue demolida y sustituida por una de esas construcciones horribles que no son casa ni nada…”.

La música también está presente en Margarita infanta, entre otros ejemplos, a través del refrán popular que dice “una mentira dicha mil veces se convierte en verdad”, y tiene qué ver con el desencanto, cuando un mito es devastado de buenas a primeras sin medir las consecuencias que ello trae consigo. Como bien dice el autor: “en Venezuela donde hay tantas cosas para sentirse mal no tiene sentido destruir una historia que nos hacía sentir bien”. Descubra usted cuál es esa historia.

La lectura de Margarita infanta y mi ascendencia neo espartana, me trajo recuerdos de mi abuela nacida en La Asunción. De sus cuentos muy similares a los de Suniaga; al infaltable pescado frito todos los domingos a la hora del almuerzo; de la Virgencita querida y su procesión; de la promesa cumplida cuando llevé dos niños de oro los cuales entregué al párroco de la iglesia en sus propias manos; del cuento de un viejo ferry que su hundió no recuerdo ya por qué razón; de aquella típica frase que me decía: “muchacho er carajo, tienes azogue”, cada vez que me portaba mal; azogue, que según Suniaga, se refiere a “un metal líquido que se encontraba bajo las piedras más grandes de los ríos” y que servía para mantener el equilibrio, y que en el vocabulario de mi abuela, era inquietud, hiperquinesia.

En fin, qué sabrosa lectura la de Margarita infanta. De esas que te dejan un grato sabor en la boca y que te gustaría seguir leyendo. Un libro lleno de nostalgia y evocaciones fantásticas, que sin necesidad de que conozca la isla, sabe que lo dicho allí es cierto, vivido en carne propia por el autor. “No ponga cara de guaripete”, diría mi abuela, y léase el libro.

1 comentario:

Icíar dijo...

Estupenda reseña. Te haremos caso, y ya queda apuntado. Veremos si el libro se encuentra aquí.
Saludos