22 ene. 2008

Con la urbe al cuello


Apreciado lector. Dependiendo del tipo de humor que la vida le haya cargado a su espíritu, este libro le pudiera resultar ligeramente petulante. En lo que a mí concierne, me parece un libro que más allá de un “excesivamente normal”[1] -frase que en nuestra historia contemporánea sería una especie de “delirio en el Chimborazo”, salvando el anacronismo y los valores de rigor- es un libro exageradamente genial. Yo comulgo con esa ironía y con ese sarcasmo que Karl Krispín expone Con la urbe al cuello, haciendo con dicho título, el no tan casual reflejo homónimo de lo que padecemos en este país. Cuánto no habrá del profesor Montánez (personaje principal) en el autor del texto, que de principio a fin –al menos para mí- se transforma en un embajador de nuestra decadencia como país, como sociedad, elevando una fantástica carta al Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, con el objetivo de que se apiade de nosotros enviándonos a través de una migración insular[2] a Saint Thomas.

Disculpen mi insistente “primera persona”, pero es que me gocé esta lectura, que muy al estilo de Los cantos de Maldoror, la voz cantante nos conmina a no continuar leyendo: “cada vez me importa un rábano la opinión de los demás, hasta de ustedes, no tengo por qué ocultarlo. Y si quieren dejar de leer esto al instante, háganlo”. Los fantasmas de la ciudad son implacables y el humor resulta la mejor herramienta para combatirlos.


[1] Para los amigos blogueros de otras latitudes distintas a Venezuela, la celebérrima frase fue proferida por el que fue en su momento el V.P. del país José Vicente Rangel, en medio de una de las crisis más brutales que país alguno haya atravesado en el sistema solar (Sí, país, no planeta).

[2] La gran mayoría de los caraqueños estamos acostumbrados a este proceso demográfico en períodos vacacionales, en donde solemos tomar por asalto a la Isla de Margarita. Esto sin duda sería un aval para que su excelencia suiza concediera la venia a los traidores que queremos huir de la miseria –mar de la felicidad incluido- el hambre, la delincuencia, la impunidad y otras menudencias.

1 comentario:

Pretérito dijo...

Habrá que leerlo pes, a ver si nos leemos en esas páginas.

Gracias por la recomendación, así SI provoca.