13 mar. 2008

Relectura: el monstruo de la mano verde


Para todas aquellas personas que nos gusta leer, encarar un libro frente a frente y tomar de él algo, alguna frase, alguna revelación por básica que nos resulte; que nos sirva para degustar otra manera de ver el mundo, el acto de lectura que a priori puede resultar la acción más sencilla del mundo, representa siempre una especie de reencuentro con uno mismo, con la imaginería que tenemos y, mejor aún, con la que no tenemos. El libro se vuelve un espejo que nos deja ver lo que no sabemos, aunque lo que nos esté diciendo, forme parte de nuestros conocimientos. Este sentido paradójico viene dado de un compromiso tácito, que como lectores, nos tranzamos con cada aparato de papel, como diciéndole “te escucho, te creo”. Uno se predispone a aceptar lo que está por venir, en este caso, en lo que estamos por leer.

Tal vez sea a esto último a lo que nos aferramos para dejarnos llevar línea tras línea, palabra tras palabra, cuando nuestra mirada se agudiza sobre el texto y la avidez de un conocimiento nuevo pudiera dejar el cuarto de los secretos, para darnos ese algo adicional que aprendemos día a día. Y si no es el acto materialista y concreto de decir “aprendimos algo”, resulta incluso hasta superior si nos entregamos por simple placer a la marea envolvente de cada historia, de cada relato, sea ficcional o no. Si para Flaubert el proceso de escritura era un oficio de perros, la lectura termina siendo su complemento, su otro yo, lo que alimenta las palabras para darles vida, arrastrando el objeto leído hacia el revivir de lo que nos dice, digámoslo de una vez: la lectura es ese hueso que persiguen los canes, pero sólo se dejará roer con la mirada y el pensamiento.

Ahora bien, aunque parezca lo mismo, leer es una cosa y releer es otra. Aunque mecánicamente –en términos físicos- siga siendo similar, cognitivamente es distinto. Imaginemos por un minuto que usted está frente a una gran montaña rusa, sin conocimiento previo de lo que es esa gran máquina de metal. Este juego mecánico es nuestro libro para el ejercicio. En su inocencia usted se sienta en el pequeño tren que lo sacudirá por –digamos- un minuto. Una vez montado no hay vuelta atrás, sólo le queda resignarse al vértigo al cual fue sometido por su ingenuidad. La pregunta: ¿se volvería a montar? Ese es el quid del asunto. Cuando tomamos por segunda vez un libro para desarrollar una relectura, en teoría ya deberíamos estar prevenidos de lo que nos viene, recordamos tal vez en donde va a aparecer la curva más pronunciada que nos hará subir y bajar nuestro aparato intestinal del ombligo a la boca, de la boca al ombligo. Pero nos encontramos en muchas ocasiones que aquella curva no fue tan vertiginosa como la primera vez y que aquel llano ligero en donde podíamos respirar con calma, resultó un torbellino de ideas, de imágenes que anteriormente no habíamos visto. El libro termina siendo el que busca al lector y no el lector al libro, sus razones internas tendrá. Es como un gran monstruo de mano verde que dice “ven, léeme. Y ahora, ¿qué opinas?”. El ejemplo más cercano que tengo a mano en cuanto a relectura se refiere a Casas Muertas del autor venezolano Miguel Otero Silva. Aquella detestable novela que leí en la adolescencia, me resultó ahora todo un hallazgo, ese salto al vacío ante la belleza descubierta: una narrativa precisa en su adjetivación, sublime en cuanto a las imágenes utilizadas, el manejo del tiempo de los hechos narrados, entre otras cosas. En otro momento haré una breve reseña del mismo.

En algunos casos la relectura termina siendo entonces mucho más grata que la lectura inicial. Quizás esto resulte exagerado, dado que, y es muy factible, que el primer encuentro con un texto nos sea muy grato, muy bueno. Pero, ¿han pensado que si un libro llega a nuestras manos por segunda vez demandando atención, es porque ya pasó el nivel de exigencia de cada quien, por el amolador de gustos individuales? Sólo un temerario haría relectura de un libro que no le haya gustado y en ocasiones se da lo que sucedió en mi caso: me atrapó el monstruo de la mano verde. ¿Lo ha atrapado alguna vez a usted?

4 comentarios:

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Estoy de acuerdo contigo, una segunda relectura es más intensa y más detallada.

Uno puede leer y recopilar detalles que en la primera lectura se le pasaron por alto y encuentra un doble placer al volverlo a leer.

Y tienes razón, uno relee un libro solo si le gusta, sino sería como algo de masoquismo.
Saludos

Azul... dijo...

Me pasó, pero no fue exactamente una relectura. Me hablaron maravillas del libro de Ken Follet, "Los Pilares de la Tierra", así que empecé a leerlo varias veces, pero no podía con él. Pasaron los años y mi prima, que era quien más me insistía y me lo prestaba, optó por regalármelo en mi cumpleaños, sabiendo que así yo haría el intento con más interés, como en efecto fue. Me pasé una semana en Huelva, a la orilla de la playa, y en tres días me devoré el libro, que tieme 1360 páginas... Lo más cumbre es que ahora me está pasando lo mismo con "Un mundo sin fin", que es justamente la continuación de Los Pilares... Supongo que llegará el día en que el libro me agarre por el cuello y no me suelte :)

Un besote!

PD) Estoy leyendo a Fernando Vallejo, qué ser tan neura y tan delicioso de leer!

ASPASIA dijo...

Estos monstruos te atrapan y no te sueltan y lo mejor de todo es que se vuelven tus mejores amigos. Considero que muchas veces parecen tener vida propia, llegan a ti en el momento indicado y te hablan como nadie podría hacerlo (me ocurrió con Siddhartha de Hessen); otros, llegan y se van y no regresan jamás, pero tienes el recuerdo siempre contigo. También puede ocurrir que cuando te los presentan consideras que no estás preparado para conocerlos, en mi caso, esto me ocurrió con el Ulises de Joyce, leí la primera página, lo cerré y lo metí en la biblioteca a la espera de la estación indicada que por fin pueda retomarlo;
Pero no sé si ha ustedes le ha pasado que los conoces tanto, los humanizas tanto que cuando abandonan el libro y pasan a otro cuerpo, como por ejemplo una pelicula, tienden a crear una mayor empatía (por supuesto hay casos detestables que dices que jamás debieron hacer tal transmutación) pero esto lo digo debido a dos casos especiales, uno es "el Mundo de Sofía" y el otro "El nombre de la Rosa". Aunque sus versiones cinematográficas no se comparan con el original, verlas es un beneplácito para el alma misma, es ver a tu amigo de papel, transformado en carne y hueso, poseedor de la subjetividad del recuerdo y del querer. Es delicioso.. no sé, pero es un sentimiento incomparable...
Besos

ASPASIA dijo...

jejeje exagerado... tu post ha sido encreible porque pude crear esa empatía que se siente con los libros... es verdad que el Mundo de Sofía hecho pelicula no se compara con el libro. Con respecto al Nombre de la Rosa me ocurrió que fui la última de tres amigos que lo leímos practicamente seguidos. Un juego increible, porque lo terminaba uno y se lo pasaba al otro, sin darle ningún dato que adelantara la trama. Era casi un obsesión. Finalmente, cuando los tres ya lo habiamos terminado nos reunimos a ver la pelicula, fue extraordinaria la experiencia porque, aunque en la pantalla faltan muchas cosas, al leer primero el libro sabías de qué trataba todo, sin mencionar que interrumpías para decir que así era la escena que te habías imaginado, y que jamás volvería a imaginarte al protagonista sin el rostro de Sean Connery.Finalmente, concluimos que la pelicula sólo podía ser apreciada en su totalidad si antes te habías leído la obra original porque era casi un regalo para el espectador, otra visión que te llevaba a nuevas interpretaciones y sensaciones...