3 jul. 2008

Tequila Sunrise



Entro. Mejor aún, me arrastran y entro. Quedo justo en la mitad del vagón del tren. Suena más bonito y poético que decir “Metro”. Estoy apretujado, casi empacado al vacío. La altura me favorece a respirar las últimas moléculas de aire artificial pero fresco. Difícilmente logro sacar una mano para apoyarme del techo, de manera pues de lograrme cierto equilibrio, aunque sinceramente esto no importa, sería imposible caerme. Soy como un gran lápiz aprisionado junto a otros colegas multicolores de diversos tamaños en una cartuchera cilíndrica. Me late que todos los que estamos allí tenemos siempre presente algo de educación. A pesar del aglutinamiento, de lo compacto que veníamos, no oí una sola mentada de madre ni nada por el estilo. Pasa una estación, otra, otra, y otra. Vamos quedando holgados y se da un puesto libre que le ofrezco a la única mujer cercana a mí. Amablemente dice “no gracias, ya me voy a bajar”. Se bajan como cien personas. Me siento. Estoy cerca de mi destino. A mi lado se sienta un señor que caminaba en forma extraña, como marcando punto y coma en su andar. En el proceso de tomar asiento me golpea fuertemente en la rodilla: “disculpe señor” –dice. Y le respondo “no se preocupe”. Evidentemente fue sin intención. El hombre se soba la pierna y su cara es de dolor. Me pregunto si fui yo quien lo golpeó a él y no me di cuenta. De pronto el hombre comienza a desarmarse. Creí por un momento que era Pinocho en su etapa de adultez, no por mentiroso sino por la madera: él, con la mayor naturalidad del caso, se quitó su antepierna izquierda y se la colocó sobre sus muslos. Tenía una comezón espantosa justo donde calza su prótesis. Se rascaba sabroso, con ganas. Esto me sacó del pensamiento la historia de Ingrid y sobre todo a las luciérnagas que le daban vida y esperanza en la oscuridad de la selva. Recordé a Oscar Pistorius, el atleta sudafricano que con sus dos piernas amputadas, se frustró por quedar dos segundos por arriba del mínimo necesario olímpico para la categoría de 400 metros. Me disculpan la inevitable expresión tan caraqueña: “qué arrecho”… Vuelvo al vecino de al lado. Todo el mundo lo ve con el rabo del ojo. Se abren las puertas del vagón y se para frente a nosotros alguien que le robó el show a este Pistorius criollo: el hombre con sendos vasos de tequila incrustados en cada uno de los lóbulos de sus orejas. Sí, no es habladera, no es cuento. Los laterales de su cabeza totalmente rapados. El cabello de la parte superior con suficiente gelatina para aguantar los tres pinchos de unos cuarenta centímetros cada uno; los pirsins eran lo de menos: orejas, párpados, labios, lengua, hipotálamo, brazos y vaya usted a saber en dónde más. Pero, ¿los vasos? Esa no la había visto nunca. “Me vendría bien una de esas” -le dice el hombre de los vasos de tequila a Pistorius, señalando con su boca la prótesis. Y éste le responde “No lo creo, si pudiera te la cambiaría por tus vasos de tequila”.

8 comentarios:

Roberto Esmoris Lara dijo...

Oh, Mr Jason, ya hemos viajado más de una vez en metro (acuerdate cuando teníamos el carro en el taller)y la verdad que descubro un zoomundo apasionante, igualito que lo que me ocurría en Baires de peatón obligado.
Bueno, que he vuelto. Había caído en "un pozo del alma" pero salí una vez más. Y te vine a visitar, y estoy encantado de haberte encontrado.
Te dejo un abrazo muy grande, mi viejo JLM...y salud!
REL

Gizela dijo...

A donde fueres, lo que vieres..
Qué "arrecho" escribes...jajaja
Todo una buenísima narración sacada de un simple tramo de metro.
Un beso Gizz

manolito dijo...

supongo q se te pueden ir todas las ideas del mundo en un momento así.
creo q te gustan demasiado los metros y las aglomeraciones.siempre haces una gran narración de ese tipo de situaciones.
bien por ingrid.

mharía vázquez benarroch dijo...

Magnífico, un mágico tequila en tu nombre príncipe.

MARAIA BLACKE dijo...

HOLA JL MALDONADO...podrá Ud. disculpar tanto abandono?...Yo espero que si porque si bien no dejaba comentarios los mentaba al leer sus post, pero silenciosa me iba...que se yo...
Vengo mal desde Baudelaire, cuando escribí algo y jamas lo mande... y luego me emocioné como una quinceañera cuando te escuche una mañanda de domingo leer un fragmento de mi cuento...y hablar con tu invitada de la pasion...un dia posteare y te dedicaré el
poema que por tu programa y por tus palabras vieron la luz.
Te dejo un beso.

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Que increíble, en un tren hay todo un crisol de personalidades.

Es un microcosmos atrapado en el tiempo, en la velocidad del tren, que crea su propia atmosfera a pesar que viaja veloz.

Uno puede apreciar todo ese montón de lenguajes corporales que viajan apretujados en ese corto viaje, y cada uno tendrá su historia, y al final hasta el vasito de tequilla nos puede contar más de un drama.
Saludos

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Que increíble, en un tren hay todo un crisol de personalidades.

Es un microcosmos atrapado en el tiempo, en la velocidad del tren, que crea su propia atmosfera a pesar que viaja veloz.

Uno puede apreciar todo ese montón de lenguajes corporales que viajan apretujados en ese corto viaje, y cada uno tendrá su historia, y al final hasta el vasito de tequilla nos puede contar más de un drama.
Saludos

Rafael Urdaneta dijo...

Guau, te tropezaste con la fauna caraqueña de la estación Capitolio. A ese tipo de los tequilas se le ve por ahi siempre todo un personaje.

Demasiado bueno lo del Pinocho adulto...

P:D. "Pinocho toma tequila en Capitolio"