20 oct. 2008

Piedras lunares


Esta es una de esas casualidades tontas de las cuales me fijo mucho, como si fueran imprescindibles para continuar con el inicio de una lectura o continuar con el día a día, a veces aterrador, a veces simpático: he leído Piedras Lunares en dos sentadas, la primera en sentido Caracas-Valencia; y la segunda, en sentido Valencia-Caracas (cómodo el autobús, por cierto). ¿Cuál es la casualidad?, se preguntarán. Su escritor, Fedosy Santaella, es oriundo del Estado Carabobo.
Dicha semejante tontería, me he divertido viendo –y leyendo- el accionar de estos seres maléficamente inútiles e ineptos, que en palabras del propio autor son unos “esnobistas del mal, que juegan al mal y todo les sale mal”. El libro está compuesto por once relatos enmarcados dentro de la literatura negra, en donde están presentes desde reminiscencias de Rilke en voz de uno de sus protagonistas cuando dice: “la claridad extrema requiere detalle, sobrevivir entraña cierta paranoia. La lucidez me ha traído a una región ignota donde todo ángel es terrible, y también un demonio a los ojos del vulgo soñoliento…”, hasta la nefasta fortuna para las factibles víctimas que tengan la ocurrencia de cruzarse por el callejón de la puñalada al ritmo del sonero mayor: “Sólo hay que atreverse, sólo debes acercarte y saber mirar. Ven, lee el trazo, la línea sinuosa, la sierpe desollada que nos lleva al interior de un bar en el callejón de la puñalada, a un mundo de oscuridad inmensa y llena de espejos, donde todo fluye sabroso con Maelo y sus caras lindas de la gente bella…”
Sin ambages, Fedosy entrega en sus relatos toda la dinamita posible que pueda hacer estallar las palabras, las que están combinadas con una espléndida retórica, y las que están en la calle, las del día a día, las que insultan, las que blasfeman, para reafirmar con ello lo terrenal de lo narrado, y en varias ocasiones, hasta lo absurdo: clara muestra de ello resulta el relato “El merodeador inexistente”, cuyo protagonista va confesar sus fechorías y ni un solo policía lo toma en cuenta en la comisaría, exige el castigo que se merece y no obtiene resultado alguno.
Piedras lunares está repleto de personajes extraños que rayan en un absurdo casi beckettiano, en donde lo narrado pareciera ir en dirección de una denuncia silente a nuestra sociedad cada vez más indolente ante la delincuencia desatada; indolencia que tal vez y lamentablemente se transforma cada día en hábito.

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