14 may. 2009

La casa de papel


Gracias al bloguero Bond, Luís Bond (luisbond.blogspot.com) llegó a mis manos en calidad de préstamo el libro La casa de papel. Hasta el día de ayer me era totalmente desconocido el autor de dicho libro: Carlos María Domínguez. En la respectiva y ligera investigación del mismo, a parte de hallar sus orígenes en Argentina, descubrí que ha sido merecedor de varios y destacados premios literarios. Más allá de éstos, importantes para unos, irrelevantes para otros, quedé sorprendido por la belleza del texto referido, y más aún, por haber logrado todo el efecto imaginario, simbólico y reflexivo que puede generar la literatura, en un brevísimo y extraordinario relato que se lee en algo más de un par de horas. Intenté parar la lectura para dejar otro tanto para el día siguiente pero me fue imposible.

La trama, la incorporación de escritores y referencias literarias de todas partes del mundo, los sorprendentes paralelismos y asociaciones que en determinado momento refiere el personaje Carlos Brauer, un ávido lector y bibliófilo empedernido que decide crear un nuevo sistema de categorización de su inmensa biblioteca a través de fractales, son dignos de admiración. En algún momento reflexiona y dice: “Durante siglos hemos utilizado un sistema pedestre, insensible al orden real de las afecciones. Quiero decir que Pedro Páramo y Rayuela son dos obras de autores latinoamericanos, pero para seguir el camino de una es necesario ir a William Faulkner y la otra nos lleva a Moebius. O para decirlo de otro modo: Dostoievsky acabó siendo más afín a Roberto Arlt que a Tolstoi. O para insistir, Hegel, Víctor Hugo y Sarmiento merecen estar más juntos que Paco Espínola, Benedetti y Felisberto Hernández”.

La casa de papel es de aquel tipo de libro que después de leído te deja hambriento, con ganas de seguir surcando más hojas en un vano intento por extender una historia que ya llegó a su fin. Y sobre todo en este caso particular, cuyo sorprendente final te demuestra qué tanto se puede hacer con un libro en medio de la nada. Esta es la perfecta lectura sin desperdicio, sin párrafos y hojas demás, digna para entregarse al viaje imaginativo de la palabra. La voz narrativa lo dice mucho mejor dentro del texto: “un lector es un viajero por un paisaje que ha sido hecho”.

2 comentarios:

LuisBond dijo...

¡Hola! Me alegra muchísimo que te haya gustado la Casa de papel, yo aluciné con este libro. Me recordó mucho a los juegos metaliterarios de Vila-Matas, pero con una sutileza única. Como dices, el libro no tiene desperdicio: ni una línea sobra. Desde "Seda" no leía algo tan compacto y bien armado (recuerda a Mishima y Kawabata, con su estilo conciso como una roca). Luego te mando otros libros interesantes a ver qué tal, te agregaré a mi lista de favoritos y ten por seguro que estaremos en contacto por este espacio. Es difícil conseguir gente que lea tanto como tu y poder compartir esta pasión por las letras.

Un abrazo!

Francisco Pereira dijo...

Este libro es MEMORABLE

A los clientes de Palabras y Escombros, si tienen la oportunidad de leerlo no lo dejen de hacer