29 may. 2009

Qué calor (todo en una sentada)

Capitolio:
Ocho de la mañana y ya arde el sol con furia loca, como si el astro rey supiera que tiene los días contados y despachara sus últimos rayos. Subo al transporte público y el reguetón increpa mis oídos con sus bofetadas rítmicas y su escueto mensaje de siempre. El chofer tamborilea el volante cuando el locutor anuncia la hora y dice que la temperatura ya va por los veinticinco grados. Cornetazos, caos y entra el primer protagonista con un micrófono-audífono presto a expandir sus ondas sonoras a través de un pequeño amplificador colgado de la correa, sube el volumen:

-Buenos días. Hoy vengo a ofrecerles estos “simpáticos” cepillos de dientes. Vienen en varios colores, azul, rojo y verde. Totalmente sellados, no piensen que los usé yo. No, no, no…Además, lo mejor para estar frescos y combatir este calor es cepillarse bien los dientes…
El equipo produce un agudo feedback y el hombre cierra su promoción:
-Son Tres por diez bolívares, una ganga, buenos días!

Plaza Miranda:
Sale de escena el vendedor de cepillos dentales y entra un joven de braga azul que en la espalda luce un gracioso pingüino con uno de esos helados tubulares de colores en la pata:
-Bueno señores, aquí lo que hay es “calol”, así que cero charla. Tengo de guanábana y mango, lo último! Cero colita… Vaya “chofel” agarra ahí… ¿Nadie? ¿Ustedes como que no tienen calol?”

Equina de Maderero:
De un brinco el vendedor de helados cilíndricos salta del vehículo en pleno movimiento y seca su frente sudorosa con el dorso de su mano. Acto seguido se lleva uno de sus productos a la boca. Luego le grita al conductor: -aguántalo ahí pana!
Éste se detiene y entra en escena un personaje que no se ve de buen ánimo. Antes de hablar sisea a un par de señoras que vienen conversando haciendo ademán de silencio con su mano:

-shh shh shh, por favor señoras voy a hablar.

No pude evitarlo, estallé en risas. Me pareció el colmo, alguien entra a pedir ayuda, a mendigar, a vender, y manda a callar a las personas, esto es único. Las señoras callan y otros pasajeros se suman a mi risa.

-Señores buenos días. El gobierno me ayuda con algunas medicinas, no con todas, por esa razón vengo a pedirles una ayudita porque tengo SIDA. Chofer por favor bájele volumen a la música.

Se hizo un prolongado silencio y sin embargo otros pasajeros continuaban conversando.

-Shh shh shh, hey allá atrás, por favor hagan un poco de silencio. Es que el SIDA afectó mis cuerdas vocales y no puedo hablar muy alto.

En este segundo intento por callar a la gente que venía en el colectivo, otros rieron por el atrevimiento del personaje en su insistencia por llamar la atención y alcanzar un ansiado silencio que nunca llegó del todo, menos aún en una avenida tan congestionada y bulliciosa.

-Bueno, a mí me dio esto no por santo y aquí me ven. ¿Señora qué calor no? –le dijo a una de las señoras que mando a callar segundos antes. El hombre bajó tristemente sin una sola moneda extra en su haber.

Quinta Crespo:

El último personaje que entró a escena me parecía conocido, cosa que pude constatar cuando lo tuve cerca y me extendió la tarjeta que ven arriba:

-Hermanos, buenos días. En estos tiempos de infortunio, en donde la miseria nos abruma y el Apocalipsis llegó para quedarse, un grupo de cristianos nos dimos a la tarea de dirigirles la palabra a ustedes para darles aliento y esperanza. Sintonízanos, no dejes de oírnos que con nosotros hallarás la paz…

José Gregorio, así se llama, recordé. Compañero de clases de primer y segundo grado, cuyo nombre hace honor al venerable Doctor José Gregorio Hernández, quien –según me contara su madre– le salvó la vida cuando estando encinta, se envolviera en el cordón umbilical hasta casi estrangularse a sí mismo al momento de su nacimiento. Me miró, nos miramos, nos reconocimos, me extendió su tarjeta y bajó del transporte diciendo:

-Este calor es del demonio!