25 may. 2009

Una ola tras otra


Toda novela de viaje nos invita a ser testigo de una transformación, de cambios que a través de lo narrado se pueden constatar de capítulo a capítulo. Pero, de qué van dichos cambios, esas transformaciones que hacen de sus personajes entidades casi paradigmáticas del ser humano, prestas a sufrir las más variopintas emociones para sintetizar en un corpus y en un alma los avatares que implican una salida y una llegada, tal vez con un rumbo a seguir pero sin un tiempo determinado. Esto es lo que hace el personaje principal –Andrés- en Una ola tras otra de Eli Bravo.


El simbolismo del viaje es referido línea tras línea haciéndose reflejo en un mar inmenso que va representando la mayor aventura para un hombre que busca en parte descubrirse a sí mismo, tal vez replantearse un rumbo que cree perdido en su vida y que va redefiniendo a medida que salta de puerto en puerto. Andrés va haciendo memoria de sí mismo, de su vida, a medida que va interactuando con culturas propias y ajenas, como las halladas en los pueblos dominicanos y puertorriqueños, o en las islas francesas, holandesas e inglesas. No obstante, más allá de poder interactuar con otros habitantes del mar Caribe en diversas lenguas en donde la mayor compañía fue la soledad en medio de pintorescos azules o del negro inequívoco de noches estrelladas, la incertidumbre del hombre frente al mar siempre estuvo presente pero con la esperanza haciendo las veces de ancla: “Con los ojos cerrados y la piel tibia, sentí que este viaje era algo que sobrepasaba mi comprensión, como si en lugar de dirigirme hacia alguna parte, en realidad estaba siendo conducido. En el mar, en el aire, en el sol, en alguna parte estaban las claves de lo que me esperaba, y que no tenía prisa de descubrir”.



Este viaje va del mar, de apacibles oleajes que de pronto profanan la tranquilidad para estallar en lluvia y terribles tormentas, sin respeto al sol o la luna, en donde el velero (el Pelic), no es más que un simple y diminuto trozo de madera a merced de los elementos. Andrés –así como el propio autor– tuvo claro que “este viaje era para levar anclas y navegar mares hondos, hacerse líquido, llegar a un estado donde no importase lo que había sucedido antes o vendría después, perder el miedo a alcanzar lo que en el fondo deseaba, llegar a ese lugar que existía en alguna parte y hacia donde debía poner proa”.



En Una ola tras otras el autor -¿o Andrés?– pone en evidencia sus conocimientos navieros a pesar de que en todo momento, tal vez en un aspecto de extrema humildad, no se acepta como un marinero avezado sino como un navegante fortuito que por razones inexplicables llegó a la mar. Justo la pericia que implica dominar un velero, corrientes de mar y aire, mapas, coordenadas y hasta la maravilla moderna del GPS, quiebra por instantes el extenso elemento reflexivo del personaje –y de la novela- cuando éste viene entregado a los recuerdos que traen a bordo viejos amores, amistades, familiares y su recordada patria golpeada por turbios momentos políticos. Andrés pasa muchos días sin abrir la boca salvo para alimentarse. Eventualmente se dice algo a sí mismo para recordar el sonido de su voz y evitar que las cuerdas vocales se le peguen. Al mejor estilo de la película “Cast Away” cuando Tom Hanks llama a un balón de volibol como Sr. Wilson, Andrés personifica cosas en medio de su soledad, bautizando a su timón con el apócope perfecto de Tim: “les había tomado tanto cariño (incluye a su GPS) que ya conversábamos y Tim siempre respondía con su voz eléctrica, girando la rueda un poco a la derecha, luego a la izquierda. Eran mi única compañía a bordo…”



Esta es una novela que va más allá de una “mudanza de piel” como bien señala en algún momento su personaje principal. Es la historia de un hombre que sin buscarlo cae en su propia metamorfosis de viaje, haciéndose cosa, elemento, casi barco, para lograr en medio de sus propios temores, pequeñas y eufóricas victorias que se resumían en alcanzar muelles desconocidos: “flotaba, navegaba, avanzaba, la brisa me llevaba hacia donde apuntaba. Podía sentir el velero como una extensión de mi cuerpo…”. Una ola tras otra también va de amor, del mismo que eventualmente ayuda a mostrar “el rostro cóncavo de la esclavitud del deseo”; muestra a nuestro continente, América, camuflado en un personaje del mismo nombre, logrando la simbiosis elemental que la hace mujer en medio de los extremos de la prosperidad reflejada en islas paradisíacas visitadas por el jet set mundial, hasta el polo tristemente opuesto, dominado por el caos y la miseria que se da en el fin del viaje al pisar Caracas. Una ola tras otra es una magnífica novela que le deja el duro compromiso al autor de superarla para cuando venga el segundo intento. Andrés dice que “lo que sucedió después es parte de otra historia que algún día contará”, ¿habrá que esperar por él o por Eli?


Bravo!

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