31 ago. 2009

Los hombres que no amaban a las mujeres


Ya el título abre la puerta a la imaginación. Qué importante resulta este elemento en la literatura, desde la poesía hasta la narrativa. Y este es el caso de la novela de Stieg Larsson: Los hombres que no amaban a las mujeres, que además está respaldada por una inquietante portada que desde cualquier anaquel despierta interés. No quiero entrar en la polémica que muy bien puede rastrearse por Internet y en algunos medios impresos, de si el libro encaja dentro del canon literario o es simple y vulgar comercio. Si la respuesta es esto último, pues buen empleo del marketing aplicado a un libro por parte de la casa editora, sin dejar de lado, lo que resulta irónico considerando que Larsson ya falleció y que no pudo disfrutar de las mieles del triunfo. Ese puritanismo prefiero dejárselo a los eruditos de la materia puesto que en lo que a mí respecta, literatura o no, el libro es un mar de emociones de principio a fin.

La primera cuarta parte del libro, la cual se lleva los primeros cinco capítulos, es evidentemente introductoria y va creando el marco escénico a través del cual se desarrollan los hechos y es justo en el capítulo seis donde se desatan las emociones en caída libre y la consecuente necesidad de descubrir qué pasa mientras el vértigo simbólico que despierta la lectura va en aumento.

Mikael Blonkvist, un reconocido periodista sufre el peor percance profesional de su vida al difamar públicamente a través de su revista, Millenium, a un reconocido empresario sueco. Esta situación le da un vuelco a su vida y lo lleva a toparse con un extraño caso de una chica perdida hace treinta y seis años, la cual se supone víctima de un asesino en serie que jamás ha dejado huellas. Conoce así a la nada convencional Lisbeth Salander, que más allá de su estrafalaria forma de vestir y lucir tatuajes y piercings, resulta ser un genio en cuanto a informática y deducción detestivesca se refiere. Ambos van descubriendo que son más las mujeres desaparecidas a manos de este psicópata y como era de esperarse, los miembros de la poderosa familia Vanger resultan cada vez más sospechosos.

Henrik Vanger, tío de la víctima y Director General de las empresas de la familia, logra con su poder de manipulación integrar a Mikael a la investigación con la promesa de entregarle en bandeja de plata a Wennerström –el empresario que lo hizo caer tras las rejas por difamación– ofreciéndole como anzuelo, información fidedigna con la cual desenmascarar y hundirlo por completo, hecho que le permitiría vengarse y limpiar su imagen ante la sociedad.

Por su parte, Lisbeth Salander va desarrollando en paralelo su propia y trágica historia, que incluye la remembranza de su reclusión en una clínica infantil, psiquiátricos y demás atenciones sociales previstas para casos excepcionales como el suyo. La introvertida y famélica joven termina legalmente en manos de un parco tutor administrativo ante la corte, pero que en realidad –y a solas con Lisbeth– resulta ser un despreciable hombre. Es justo la interacción de estos dos personajes lo que abre el desarrollo de situaciones intensas y muy descarnadas en Los hombres que no amaban a las mujeres.

Los elementos eróticos también tienen cabida en esta novela pero en menor medida, tal vez como una ligera pincelada que el autor trazó en medio de la trama para estimular la imaginería lectora en un país que suele estar siempre bajo cero. Luego llegan las pistas, las entrevistas y las importantísimas fotos que servirán para aclarar el misterioso caso de Harriet Vanger. En algún momento de la historia, la (el) asesina (o) afirma que: “las (los) que matamos por placer, porque yo no soy (la-el) única (o) que tiene este pasatiempo, vivimos una vida completa”, y si es por vidas completas al parecer todos en Hedestad calzan en este parámetro.

Como dije al principio, más allá de definir el texto como literario o no, a considerar por el incontable número de detractores que van en contra de los bien o mal llamados Bestsellers, sí puedo afirmar que la lectura resulta muy emocionante, lo que considerándola como un medio de entretenimiento, lleva todos los ingredientes para pasársela bien y dejar con ganas al lector de seguir con la segunda entrega de Stieg Larsson: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.