8 feb. 2010

Joyita caribeña


¿Quién vende a su patria, los que defendemos lo poco que nos van dejando en esta tierra enceguecida por ideologías arcaicas, o aquel que trae a un esbirro para recibir del mismo una supuesta asesoría en materia energética?, ¿No hay personas más capaces en todo el continente americano en esta materia?

Las siguientes líneas fueron tomadas textualmente del libro Cómo llegó la noche del comandante Húber Matos, quien para su desgracia, cayó en prisión por no estar de acuerdo con las atrocidades que comenzaron a vivirse en Cuba después del triunfo de la Revolución. Cumplió su condena de veinte años y este libro da cuenta de las aberraciones vividas en la terrible cárcel “La Cabaña”.

Es un libro autobiográfico que pasa por el sueño hecho realidad de un grupo de hombres hartos de la dictadura de Batista hasta alcanzar la victoria de la Revolución, para luego despertar de lo que fuera un sueño de libertad y ver cómo los hermanos Castro –y sus aliados –se quitaban cínicamente las máscaras que llevaban consigo. Uno de esos aliados estuvo (bueno en realidad no sé si sigue por ahí) en Venezuela, en esta tierra que llegó a reconocerse en el continente por su democracia. Apenas son unas cuantas citas que ojalá llegasen a leer los que creen irracionalmente en este proceso político. Este es el tipo de personas con la que está contando el gobierno venezolano. Qué tristeza, en honor a los nuestros y a los de cubanos que murieron en busca de un sueño, en busca de un mar de la felicidad que no es tal.

Este es Ramiro Valdés.

Los capitanes, que no están de acuerdo con el arresto, al ver mi actitud pacífica entregan las armas. El comandante Ramiro Valdés, quien ha venido con Camilo de La Habana, se pone a mi lado en función de vigilante. Tiene fama de represivo desde los tiempos de la Sierra. Conmigo fue siempre atento hasta que supo de mis discrepancias por la desviación ideológica de la Revolución.

Media hora después del encuentro con los oficiales, Fidel sube al segundo piso. Pasa como un bólido por donde estoy, como si temiera que yo pudiera hacer o decirle algo, mientras Ramiro Valdés permanece a mi lado como un mastín…

(Fidel) Me señala como un traidor, un oportunista, un ingrato, un alto jefe que ha estado hablando en distintos actos público para sabotear la Revolución…Dice que no me atrevo a mostrar mi caso al público; que no me atrevo a ir allí a defenderme. Cuando escucho esto, le digo a Camilo que se le acerque y le comunique a Fidel mi deseo de contestarle ahí mismo, ante el público…Ramiro Valdés ha empuñado su pistola y me vigila…No hay forma de disuadirlos. Llevan presos a más oficiales en otros vehículos. Con el apoyo de una armada bastante nutrida, a cargo de Ramiro Valdés…

Me dejan solo otra vez. Enseguida, de la misma forma, llega otro personaje también amigo, o así lo creía. Es el Capitán Orlando Pantoja (murió con el Che en Bolivia, 1967), segundo de Ramiro Valdés, el hombre de Fidel para asuntos represivos…:

-Huber, sabes cómo te respeto. Eres realmente un hombre de primera en la Revolución y te estás dejando llevar por un camino que no es el correcto…


-No, Pantoja…Fidel no ha querido respetar mi actitud y ha respondido con infamias, en una forma baja y miserable. Escucha: si quieren fusilarme, deben saber que estoy dispuesto a hacerle frente a todo. Ni le tuve miedo a las balas de Batista ni le tengo miedo a las de Fidel. El mundo sabrá un día que el verdadero traidor a la Revolución es él. Díselo si quieres.


-Vea, Matos, aquí tenemos una carta suya que está llena de términos ofensivos e irrespetuosos que no podemos tolerar. Lo hemos mandado a buscar para que usted tenga la oportunidad de retractarse o retirar su carta… Se cruza mi mirada con el teniente Valdés, oficial permanente del G-2 en la prisión. Recorro los rostros ceñudos de los funcionarios del Ministerio, y finalmente miro de frente al Director…
-Lo dicho ahí –contesto y señalo con la mano la carta sobre el escritorio –es verdad y lo sostengo… Si ustedes la quieren retirar del expediente, háganlo. Es asunto de ustedes, no mío, pero lo que digo en la carta lo sostengo, no inventé nada. Si mis términos son duros, son el resultado de arbitrariedades e injusticias de las que ustedes son los responsables...

Lo que veo, entre el sopor, es que me han sacado y me tienen en el suelo. A mi alrededor están Medardo Lemus, el médico Batista y Alipio Zorrilla…Hay dos personas más: Alemán, el director y Valdés, agente del G-2 en la prisión...¿Qué es esto que me inyectan, que me punza los genitales? Lemus y Batista me pinchan por todas partes…Batista me punzonea los testículos con una jeringuilla y habla de buscar el bisturí para castrarme. Lemus dice “no, porque no está autorizado y si sobrevive es peligroso”…


-Es mejor castrarlo con esto que le estamos inyectando. Si queda vivo se matará con su propia mano –dice Lemus. Valdés y Alemán permanecen callados. Zorrilla participa del entretenimiento con los otros dos. Uno de los funcionarios del Ministerio del Interior, el oficial Valdés, que viene siguiendo el proceso del ayuno desde la misma prisión, dice:
-Bueno, está bien, lo vamos a llevar cumpliendo órdenes del Ministerio. Por mí, éste tendría que morirse; ya ha jodido mucho.

Mi agradecimiento a Rayma, que por casualidades de la vida, sus dos últimas creaciones han coincidido con lo que he escrito en estos escombros.

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