1 nov. 2010

Esperando a los bárbaros


Bárbaro Coetzee, bárbaro. Y no es que sea alabancioso porque sí. No. Es que realmente sus libros lo merecen. Esperando a los bárbaros no fue la excepción a las demás lecturas que hiciera de este escritor. Si hay un elemento común en todos los libros que he leído, me atrevería a decir que es la manera tan descarnada con que se acerca a eso tan etéreo como lo es el espíritu humano, no para contarnos de sus bondades, sino todo lo opuesto, lo oscuro y tenebroso que puede llegar a ser.


Un viejo magistrado se ve en la obligación de atender un puesto fronterizo. Allí comienza a atestiguar las terribles situaciones de las cuales son víctimas los presos, hecho que se le torna más complejo y traumático al no prestar su cooperación a un oficial. En alguna parte dice: “sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero”.


Con el tiempo, el viejo magistrado cuyo objetivo principal era mantener los intereses del imperio en la frontera, comienza a desvirtuar sus funciones cuando entabla una extraña relación con una mujer de los “bárbaros”. Ésta, joven y ciega, le va contando a cuenta gotas sus penurias y la manera como quedó sin vista. El noble magistrado, en un acto de misericordia, le lava los pies para aliviar sus penas, las físicas y las espirituales; corta sus uñas; pasa de una pierna a otra con un espumoso jabón hasta que el sexo llega a ellos.


En su afán de acabar con veinte años de injusticias sobre los bárbaros, el magistrado emprende una larga y dura expedición hacia lo desconocido a través de un paisaje inhóspito, pensando que entregando la mujer a su gente, conseguiría la paz entre los dos pueblos beligerantes. Después de la traumática aventura y ya de regreso al lugar de donde no debió partir, comienza un nuevo suplicio para el magistrado al ser considerado un traidor, y en consecuencia, es puesto en prisión. Así llegó su miseria y el hambre tenaz que casi le da muerte: “Quiero volver a estar gordo, más gordo que nunca. Quiero oír el gorgoteo satisfecho de mi panza cuando cruce mis manos sobre ella, quiero sentir cómo se hunde mi barbilla en la mullida papada y cómo se me bambolea el pecho al caminar. No quiero volver a pasar hambre”.


Esperando a los bárbaros es un libro que se puede leer en cualquier momento y bajo cualquier perspectiva política, en donde el imperio y su hegemonía, es el punto de atención para el análisis de la lectura: “los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular…sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe…la inteligencia oculta de los imperios sólo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir”. La lectura de este libro, como la mayoría de los libros de J. M. Coetzee, impacta por su manera implacable de contar las cosas, como si estuviera allí, como si fuese él mismo el protagonista.

2 comentarios:

Icíar dijo...

¡Menuda reseña! Será lo próximo que lea de Coetzee, desde luego.
Un abrazo.

Icíar dijo...

He aquí la diferencia entre un lector y escritor y entre un lector simplemente.
Acabo de hacer la reseña. Me ha costado una barbaridad, precisamtente debe de ser por esa forma tan extraña y que me encanta y que tú explicas muy bien con esa frase de lo etéreo del ser humano.

En fin, venía para felicitarte, porque ahora valoro más esta reseña, jajaja.
Tengo mucho pendiente por leer en tu casa. Este fin de semana me pongo al día.
Abrazos escritor.