18 nov. 2010

Bajo las hojas


Cuando vi la película Inception tuve la sensación de que al menor descuido me perdería del hilo conductor, dejaría de un lado la cohesión y por consiguiente la coherencia; casi ni parpadeé para seguir el ritmo de lo que se venía en la gran pantalla. Estupenda película valga decir. Esta misma sensación la tuve con la novela Bajo las hojas de Israel Centeno. El ritmo trepidante de la historia necesita que el lector esté allí, no tanto el mayor tiempo posible en la lectura, sino más bien, con una entrega y una total concentración. Obvio que esto sería lo ideal con cualquier libro, pero hay unos que lo demandan más que otros, y este es el caso.

Bajo las Hojas, cuenta la historia de un escritor que viaja a Londres para emprender un proyecto de trabajo, y en ella, la variedad de voces inserta diversos ángulos o puntos de vista sobre la trama en desarrollo, en donde la realidad se camufla con el tono misterioso, incluso gótico, que tienen algunos pasajes de la novela. La lectura, además, se ve enriquecida con una serie de referencias culturales que van desde películas, música, libros, mitología, entre otros.
La prosa de Centeno despunta en un evidente trabajo de depuración de las palabras, texto pulido y seguramente revisado hasta la saciedad, que cuando la trama lo requiere –y no hay de otra– una palabrota no viene mal si el contexto lo amerita. Esto, entre otras cosas, conlleva a un momento de distensión para continuar con la avalancha en que se viene la historia, con todos sus aspectos alucinantes ganados para la modernidad literaria, atravesando eso que Valmore Muñoz Arteaga llamó “un laberinto de voces”, según me comentara cuando charlábamos sobre el libro.
Otro aspecto a destacar de Bajo las hojas tiene qué ver con el tema psicológico de la novela. Pensamientos, ideas y frustraciones están allí como en una especie de diván público para que el lector deguste de los personajes y sus respectivas psiquis. El juego gracioso del particular nombre de un grupo de “psicólogos iconoclastas”: “Los argonautas Junguianos de los Últimos Días” (mormones aparte) y la feroz crítica que hace uno de los personajes, María Inmaculada antes de desaparecer, son un pequeño ejemplo del humor también presente en la historia: “Freud era una histérica, coprófaga, no salía del culo, el pene y la boca”.
Bajo las hojas tiene mucho de nuestra realidad: Referéndum, expropiaciones, devastación de estatuas como la de Cristóbal Colón, “Motorizados de Dios”, y quizás se me pasen otros ejemplos, que van de la mano de ciertas reflexiones de algunos personajes (¿o de Centeno?), como cuando Rubén Tenorio piensa: “una novela se lanza como un huevo a la sartén y se expande, se estrella, se hace tortilla”, sensación de expansión que da Bajo las hojas a lo largo de su historia.
Novela más que entretenida. Habrá que preguntarle a Israel Centeno si en algún momento temió en convertirse en Jack Torrence, ese personaje de Stephen King; saber si Julio, “ese importante y laborioso escultor tóxico”, escritor de la contrarrevolución, lleva algo de Centeno. Bien dice en la novela como llamando a la reflexión: “qué son las novelas, una gran mentira, un conjunto de intrigas, un despliegue de manipulaciones… Los relatos son como los ríos, se pueden salir de curso”.
No puedo dejar de mencionar que Bajo las hojas fue finalista en el III Premio Iberoamericano Planeta Casa de América Narrativa en 2009, y que hay otro texto que me gustaría leer del mismo autor: El complot, en donde cuenta el asesinato frustrado de un presidente, razón por la cual, fue amenazado por personas ligadas al oficialismo. Esta novela es del año 2002, hay que buscarla; Bajo las hojas, recomendada.

1 comentario:

Icíar dijo...

Siempre me gusta leer lo que traes porque es diferente. La reseña es impecable. Se nota que eres escritor. En fin, que tengo en cuenta lo que dices de este libro y el escritor.
¿Tiraron la estatua de Cristóbal Colón?
Un abrazo