14 jun. 2011

Antología poética de Ramón Palomares


Ternura, no te escondas, despierta en el pájaro oculto, en el asombro de la flor, en el golpear sin fin de ese astro que huye. Toca el cristal desconocido y llega a lo profundo, hasta el niño que fui, hasta el niño que habito.
Ramón Palomares.

Cada quien tiene su ritmo, su método de lectura; cada quien escoge su lugar y la hora precisa en donde encajan todas las piezas para el disfrute de dicho proceso, y si de poesía se trata, mucho más. En la mayoría de los casos, la lectura de poesía se me va bien en silencio, degustando de la resonancia que producen las imágenes, los versos y el sonido en la interioridad. No obstante, y recordando a la gran poeta Hanni Ossott, sé que en alguna parte de su libro Cómo leer la poesía, recomienda leerla en voz alta, justo para que se dé el encuentro entre ese sonido que rebota en la resonancia del yo interno, con lo que la voz en pleno manifiesta.

Llego así a la poesía de Ramón Palomares a través de esta antología poética con la intención de saldar deudas de lecturas pendientes, las cuales afortunadamente, nunca se acaban. Rememoro a Ossott puesto que emprendido el viaje sobre los versos del poeta trujillano, se me hizo imprescindible, necesario, alzar la voz, darle sonido a lo que leía, tal como si los propios versos lo exigieran. Justo cuando empecé a hacerlo, algo se desveló entre las letras como un bucólico secreto. Y es que tras cada poema que leía, los paisajes y el mundo propio y entrañable de los Andes venezolanos, estaban allí, utilizando mi voz como un medium, como un vehículo que daba vida al sentir del poeta.
Una de las características más destacables de esta poesía antologada -debo ir por más- es la transparencia, lo prístino en todas y cada una de sus formas, que seguramente son reflejo de ese universo sencillo que rodeó al poeta, en donde lo popular es exaltado a lo poético sin dejar su raigambre y humildad. Hay luz y oscuridad; hay verde por doquier y ríos, ese que es el pasaje donde se han desvanecido todos los muertos; hay pájaros salpicando vida y piedras inertes; alegrías que despiertan con el alba y nostalgias sobre el ocaso.
En el mismo orden de ideas con respecto a la necesidad de leer la poesía en voz alta, Octavio Paz dice que “el poema es creación original y única, pero también es lectura y recitación: participación. El poeta lo crea; el pueblo, al recitarlo, lo recrea. Poeta y lector son dos momentos de una misma realidad”. Y es que la poesía de Palomares, lo pide, necesita de la voz para revelarse desde la raíz, desde el lugar de donde nace, justo en lo entrañable de la naturaleza y del sentir del poeta. Sus versos abarcan todo un universo sensorial que huele a yerba, que suena a manantial y que se fundamenta en una realidad que a ratos vivencia, y que en otros tanto, añora.
Ramón Palomares forma parte de los imprescindibles de la poesía venezolana en una tierra en donde hay más poetas que taxistas, comentario al margen y que no es en broma, tan sólo para dar a entender que aquí, desde tiempos lejanos, la poesía forma parte del día-día venezolano. Palomares, maestro y profesor de literatura, lleva con justicia el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de los Andes, lo cual no es poca cosa. Hay que leerlo, es fundamental, su obra es poesía honesta que se siente.
Qué terrible es tu boca que me ha dejado huérfana de
fuego
Y no cabe tener más frío porque ya no puedo ser más y
más yelo
y al dejarme corres desde adentro y desde allí
me hieres...

2 comentarios:

Ophir Alviárez dijo...

Palomares es todo eso y es más disimulado en su escasa estatura y en esas manos que hablan en cada pestañeo con el que se mueven también sus ojos...Leíste "Presente"? Ojalá...

Un beso de serpiente armada,

Ophir

Icíar dijo...

Grabaré ese nombre, Ramón Palomares. Se nota que no leo mucha poesía, pero voy aprendiendo.
Me hace gracia eso que dices que en Venezuela hay más poetas que taxistas, yo creo que por aquí no tenemos esa suerte, no tengo esa sensación :D