El autor de
estas líneas, el de carne y hueso, el que sufre y padece como cualquier
humano, no es el mismo al que les está hablando en este momento, quien escribe.
Este “yo” de letras se escabulle de él por un instante para hablarles de la
venezolanidad, a sabiendas aún, que aquél no cree mucho en los nacionalismos y
en el fervor que esto produce en miles de personas. Pidió que les comentara
sobre una frase que se le quedó prendada en la memoria, extraída de la lectura
de Simone de Eduardo Lalo, Premio de
Novela Rómulo Gallegos 2013: “una cosa es ser patriota y otra muy distinta ser
patriotero”. Él está de acuerdo con esta frase, pues la tergiversación, la
mentira y el engaño —dice— a los cuales son sometidas tantas personas cobran
niveles asombrosos cuando de defender un supuesto ideal se trata, aunque sea a
ciegas, aunque implique colocarse una venda en los ojos para no ver la realidad
circundante. Cree que a un argentino o a un colombiano, le importa un bledo lo
que pase en Venezuela, tal como a un italiano, francés o alemán, le importa muy
poco lo que pudiera estar sucediendo en España. Él, el autor, cree más en el
civismo que en nacionalismos, en actuar conforme a las leyes sin llevarse por
el medio a los demás; en respetar las normas más básicas que son las que
intentan hacernos mejores ciudadanos más que en ondear la bandera con fervor,
pero que a la vuelta de la esquina, ya se comete una infracción, un irrespeto a
cualquiera o se juega a ser más vivo que los demás.
Dicho esto,
retomo mi palabra etérea y convengo con él en que el tema a tratar tiene que
ver con la venezolanidad en Mariano Picón-Salas y acepta con gusto la misiva,
pues considera —y yo también— que este es uno de los autores fundamentales a
leer por cualquier venezolano y que pudiera ser de provecho para cualquiera que
haya nacido por estas tierras latinoamericanas. En este insigne venezolano, oriundo
de Mérida para mayor hidalguía, tierra de caballeros, de gente aguerrida, firme
y educada, se nota en cada una de sus palabras, ensayos y obra en general, ese
sentido hermoso y utópico de lo que es la “venezolanidad”. El calificativo no
va por mero eufemismo, el de utópico, no; va en el sentido estricto de lo que
emana, sobre todo en una tierra en donde la mayoría de sus habitantes son
producto de cientos de inmigrantes que pisaron esta tierra para quedarse por
siempre, dejando la simiente de las nuevas generaciones de venezolanos que
formarían su raigambre por saberse de estas tierras. Esta misma emoción es la que don Mariano deja
ver a cada instante a través de su refinada prosa, marcando postura y su
orgullo de saberse hijo de Venezuela.
No obstante, y
esto es importante recordarlo, don Mariano tuvo un fuerte conflicto interno
consigo mismo al ver que su avanzado pensamiento iba más allá de las
posibilidades que su propio país le ofrecía, al que veía anclado aún en la era
de la colonia cuando el mundo moderno aceleraba sus pasos hacia el futuro. Así
lo dice en “Pequeña confesión a la
Sordina ”, texto que sirve de introducción a sus Obras
selectas: “En el tiempo de mi infancia aún se vivía en un sosiego como de
nuestro colonial siglo XVIII. Esto —lo confieso— siempre produjo en mi espíritu
un pequeño conflicto entre mis ideas y
mis emociones, porque si la inteligencia aspiraba a ser libérrima, el
corazón permanecía atado a esa como añoranza de un paraíso perdido”
(Picón-Salas, 2008: 19) Esto sin lugar a
dudas, marca un profundo sentimiento de nostalgia y de respeto por su tierra,
como esa madre única y devota que le da todo a su hijo primigenio. Este cúmulo
de emociones terminará por convertirse en una suerte de biografía novelada
llamada Viaje al amanecer, a la cual don Mariano con una humildad
desbordada llama un “librito”.
Más allá de la
nostalgia referida en donde Picón-Salas deja en evidencia un honesto y
verdadero sentido patriótico, que no patriotero, también está presente un
indiscutible sentimiento de rebeldía, lo cual resulta inherente a la juventud,
y sobre todo, si el entorno político circundante es opresivo, abyecto y
dictatorial, pues la tierra que lo vio nacer era dominada por una de las
tiranías más largas que ha conocido Venezuela, la de Juan Vicente Gómez,
situación que, amén de las capacidades innatas de don Mariano y la cultura heredada
a través de la figura casi mítica de su abuelo, generó un deseo incontenible
por aprender constantemente; beber de otras culturas y posibilidades que
ampliaran su horizonte intelectual y que de manera inmediata, terminó por
lograr el florecimiento de una sensibilidad social que lo llevó a creer en sus ideales más allá
de las fronteras de su propio país.
El autor de
estas líneas me pide que vuelva sobre lo referido a eso que llamé como
“humildad” en Mariano Picón-Salas, para esclarecer de manera sucinta la
evolución de su propio trabajo en este sentido. Cumplo y explico: don Mariano
evalúa su propia obra y reconoce que sus
primeros ensayos estaban cargados de un incesante “yo”, tan típico de la
juventud, en donde se hace incontenible las ganas de figurar, pero que con el
tiempo, devinieron en textos profundamente reflexivos que marcaron su madurez
como uno de los pensadores, docentes e intelectuales más notables de todos los
tiempos en Venezuela: “si nuestras formas habituales de vida no ocultaran la persona
en el conflicto y complicidad de los intereses e impusieran por eso, una
continua reticencia y censura, quizá advertiríamos que la soledad e
incomunicabilidad de cada ser no es tan desgarrada e irremediable” (Ibíd. 24),
cita que calza con una perfección aplastante con la realidad que vive nuestro
país hoy día.
La venezolanidad
en Mariano Picón-Salas se reviste de fuerza y un verdadero sentido de
profundidad, es decir, de aquel hombre comprometido con lo que creía y que se
tomó en serio su profesión para lograr a través de ella, la propuesta de ideas
y cambiar el rumbo del país hacia un mejor destino. Es la postura del verdadero
líder cuyo ejemplo no se toma tanto por lo que dice, sino por lo que hace. Fue
un erudito, un visionario que siempre tuvo claro cuáles fueron —y siguen siendo—
las debilidades de su tierra y de su gente, y precisamente por ello, no dejó de
insistir en lo que siempre creyó por medio de la educación. Tal era su visión
de mundo, su clarividencia ante lo que estaba por venir, que hace más de medio
siglo dijo cosas como esta: “Nos acercamos a una vida cibernética en que la
máquina que calcula y reduce a cifras o combinaciones todo lo humano sustituye
a la acción y el impulso espontáneo. Si en los últimos cien años la máquina fue
como un brazo o una mano multiplicadora del trabajo del hombre, ahora ya
aspira, también, a reemplazar su cerebro” (Ibíd.25).
Dicho todo esto,
no puedo dejar de reconocer —y aquí coincidimos autor y esta voz desprendida—,
que el sentido de pertenencia en la obra de Mariano Picón-Salas es único, y sobre todo, alentador, más aún para
aquellos que no creen en identidades y gentilicios (el autor me ve con mala
cara). Hoy más que nunca, ser venezolano, duele, y es la nostalgia un elemento
constante en la obra del noble merideño, algo más que notable y evidente.
Teniendo en la mira la difícil situación político-social que atraviesa el país,
me preguntó qué diría don Mariano si aún estuviera entre nosotros, si estos
hubieran sido los tiempos que le tocara vivir, pues reiterando lo que dijo hace
tanto tiempo como si nos viera a través de un ojo mágico, sentenció: “llamarse
venezolano, es decir, actuar y pensar en un país en un tormentoso y
contradictorio proceso de crecimiento” (Ibíd.26).
Ahora bien, siempre resulta muy ambicioso
concentrar en una o dos cuartillas, tal como si fuera una sinopsis temeraria,
todo lo que el maestro Mariano Picón-Salas expuso en algunos de sus libros. En
este caso particular y abordando un tema por demás complejo como la cultura en
nuestro país, es poco más que ingenuo pretender sintetizar lo que con magia y
elegancia aparece en su libro Comprensión de Venezuela. Ya el maestro
intuía, argumentaba y demostraba para aquel año de 1948, lo compleja que era
nuestra nación, su gentilicio y todo lo que la envolviera.
No obstante, desde el primer
capítulo del libro hasta el último, sobresale un tema que fue uno de los que
más destacó, fue punto de honor y apasionó a nuestro insigne ensayista: la
educación. En ella, o la falta de ella, es donde nacen todas las desventuras y
grandezas de un país, y sobre todo en el nuestro, que de manera metafórica al
inicio del libro, dice don Mariano que Venezuela se asemeja “A un cuero de los
Llanos, bastante bien secado al sol de la Zona tórrida” (Ibíd.137), donde el
verdadero acto revolucionario no está en el absurdo enfrascamiento sobre viejas
teorías y obsoletos dogmas, sino por el contrario, en educarnos, deslindándonos
de un pasado retrógrado en donde el caudillo de turno nos somete a lo arcaico
en todo sentido.
Dentro del libro referido, resulta
fundamental entonces hacer mayor énfasis en el capítulo “Notas sobre el problema
de nuestra cultura”, donde de entrada manifiesta su rechazo por dicho término,
“problema”. Si para aquel entonces a Picón Salas ya le llamaba la atención el
constante uso de la palabra, ¿qué no diría en nuestros tiempos? Se hablaba del
problema demográfico, del problema sanitario, pero siempre tuvo muy claro que
el verdadero y más importante problema por resolver, era el problema
educacional, del cual destaca que, “éste sí que es un problema y uno de los más
serios y delicados que debe afrontar un país en trance de recuperarse, como el
nuestro (Ibíd.241)”. Y hablaba de trance y recuperación, pues apenas
Venezuela estaba saliendo de la mano dura y nefasta del dictador Juan Vicente
Gómez, que por casi tres décadas, sepultó al país en una oscurana absoluta mientras
otros países latinoamericanos ya daban pasos agigantados en este sentido, el
que tanto preocupó a Picón-Salas: la educación. Y es que a su juicio, nunca
existió un proceso integral, constante, que la envolviera en un marco
filosófico que despertara el interés de todos para darle su merecido valor,
tanto de manera abstracta y casi sublime, como de modo sistemático, práctico y
funcional. ¿Parte de las causas de todo esto?, pues “el propio sistema federal
con su caciquismo aldeano” (Ibíd.243), nos llevó a un adormecimiento en cuanto
a buscar las mejoras en el sistema educativo, viviendo siempre de un pasado patriótico (las negritas son mías),
con la mirada en reversa apuntando hacia los héroes fundadores, y que por
tanto, nos impedía (y creemos que aún nos impide) mirar hacia el futuro,
convirtiendo a los venezolanos en “los narcisos de su tradición histórica” y
evitando con ello que nos alejemos o no logremos “la noción de lo concreto”.
Reduciendo el espectro, más que el
problema de nuestra cultura, es el problema de la Educación. Salvando
las distancias temporales de cuando Picón-Salas escribió el libro hasta el día
de hoy, las variaciones son mínimas. Desde su presente, el maestro arroja su
mirada ochenta años atrás y asegura que “los únicos asuntos que preparó y
combinó sutilmente la política autóctona fueron las reformas constitucionales
que permitían prolongar el mando de los caudillos y satisfacer sus intereses
privados o los de su círculo” (Ibíd.245). Sacando cuentas y si le sumamos casi
setenta años a la fecha de publicación del libro (1948), llegamos hasta
nuestros días y la cita antes referida cobra una abominable vigencia que nos
alerta.
Al margen del comentario anterior,
Picón-Salas hace una dura pero acertada comparación, entre lo que era la educación
venezolana con relación a la de Chile, Argentina y Bolivia, dejando en claro
esa tarea pendiente por culminar en cuanto al proceso, mecanismos, fundamentos
y estructuras para crecer en este sentido, el educativo, pues una vez
afianzados en él, todo lo demás evolucionaría por añadidura, como un efecto
directo y positivo por haber atendido el problema de raíz.
Si bien es cierto que el hilo
conductor, algunas veces solapado y otras tantas más evidente, gira en torno a
la educación, no es menos importante a otras reflexiones presentes en Comprensión
de Venezuela, que van desde el homenaje a tres grandes pensadores como lo
fueron Simón Rodríguez, Andrés Bellos y Cecilio Acosta, pasando por las cartas
de Teresa de la Parra ,
reminiscencias de Caracas y los Andes, hasta una curiosa y brillante “Pequeña
historia de la arepa”, entre tantos temas más sobre lo que escribió con una
maestría indiscutible.
Como colofón, Mariano Picón Salas,
por encima de su rol político, el cual ejerció de manera intachable a ojos de
lo que la historia refiere, su principal motivación fue la docencia, la cultura
y la educación. Apostaba a ello como la vía expedita para la evolución del
hombre y de la sociedad. Pero dicho proceso de adiestramiento, en donde el
Estado ofrece todas las herramientas posibles a sus ciudadanos, necesariamente
debe ir de la mano de una estructura teórica que llame a la reflexión y al
impulso del pensamiento, pues “no puede existir una auténtica Educación sin
base filosófica ni fin político” (Ibíd.254), pues el fin social termina siendo
el objetivo principal por alcanzar en todo país organizado y pujante con miras
de grandeza.
Picón-Salas,
Mariano (2008): Obras completas. Caracas:
UCAB
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