2 jun. 2014

Jinete a pie

Hay un momento, el final, antes de terminar de perderlo todo, ése es el momento para el que se vive.
Israel Centeno

Una ciudad sumida en el caos; un grupo de gente que huye y otro que atropella sin piedad alguna, con impunidad y descaro. La anarquía reina y no hay nadie que ponga coto a tal situación, por el contrario, los motociclistas se han adueñado de todos los espacios, se han formado diversos cantones y lo que otrora fuera un hábito, una tradición, un vínculo para compartir en familia o entre amigos, es un lujo y un privilegio ahora exclusivo de quienes tienen el poder: tomarse un café. Desde este pequeño detalle se refleja la pérdida de libertad; la cotidianidad se ve quebrantada y quienes no pertenecen a esos guetos violentos y poseen motocicletas quedan al margen. Los peatones entonces deben huir, y en el mejor de los casos, el estado de ánimo que destaca es la melancolía y el desconsuelo. Deben salvar sus vidas y el sonido del vapor saliendo de una máquina de café a la distancia despierta la nostalgia.

Jinete a pie de Israel Centeno va de esto y mucho más. Sorprende la visión tan acertada del escritor al narrar los hechos funestos de una sociedad en crisis y una ciudad venida a menos (la contada, la ficticia), en contraposición con la Caracas real, la que nos duele a muchos teniendo a la vista meses convulsos, violentos, desde mediados de febrero (2014). ¿Premonición del autor? ¿Sigue día a día las noticias de su país más aún por estar viviendo fuera de él? Tal vez las respuestas a ambas interrogantes sean afirmativas.
                                  
Roberto Morel, el protagonista, es un profesor de arte resignado ante el paso ineludible de los años. Todo le duele, sobre todo los tobillos, tiene una terrible erosión en el esófago y ni hablar de las úlceras en el estómago: “Adriana, estoy viejo y un día más es una concesión”, dice. Debe lidiar con su mal estado de salud, con una ciudad que se cae a pedazos  y con una manada de motorizados que lo persigue —a él y a su grupo—, pues en un arranque natural de su instinto de supervivencia,  se defiende en contra de uno de ellos. Huyen, deben bajar simbólicamente a los infiernos —el sótano de una iglesia—, lidiar con las ratas, el hambre y el miedo. Todo esto sucede mientras aparentemente se va mezclando entre la historia, las notas del diario de Roberto, su verdadera obsesión y del cual perdió la última página. Él sufre el vía crucis de Jesucristo, el martirio físico que poco a poco le impide caminar para poder escapar de los motorizados que cada vez están más cerca, los mismos que —contradicción e ironía en pleno— lo golpearon con las hebillas de sus correas reconocibles por llevar el símbolo de la paz.

Imposible no ver en Jinete a pie guiños a situaciones tan parecidas a la realidad política actual del país: “Unos militares toman la plaza Altamira, exigen la renuncia del Presidente, la gente sale a la calle y decretan el final del gobierno…”. Empero, esto no es el foco principal de la historia pero ineludiblemente se toca de manera tangencial. También hay algunos pasajes cargados de erotismo y el tema del amor no puede quedarse de lado, donde tres mujeres son fundamentales en este aspecto: Adriana, Alexandra y Ludmila, pero es la libertad y la pérdida de la ciudadanía, los elementos principales que están en juego entre “Los motorizados (que) perdieron todo sentido de misericordia” y la gente común, los jinetes a pie que, como dice Roberto “somos ratas fuera y dentro”.

Amén de todo el simbolismo que puede hallarse en el texto, destaca la calidad narrativa del autor, en donde combina con maestría, diversidad de voces que van desde el omnisciente y demiúrgico relator, hasta el protagonista y el narrador testigo, todo un trabajo literario que le pide al espectador el necesario pacto de lectura para el pleno entendimiento y disfrute, a pesar de que sea llamado a ver cómo se derrumba la ciudad. En días recientes el escritor y académico Luis Barrera Linares me comentaba que el sueño —entre otros— de todo escritor, es hacer que su ficción se vuelva realidad y no que la realidad una ficción. Después de esta lectura, me inquieta ver que Jinete a pie parece cumplir con esta premisa, un acierto literario publicado por la Editorial Lector Cómplice.



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