8 feb. 2008

Comala llegó a Caracas

(NO LEA ESTO POR FAVOR, ES MUY LARGO)

Mi sobrino paulatinamente fue perdiendo razón. Sus desvaríos comenzaron a intensificarse cada vez más. Su mirada iba y venía al infinito hasta el punto de incomodarte al hablar con él. Era como si sus ojos se le fueran de viaje. Sus padres temían en tomar una decisión más drástica para hallar una solución a su evidente problema. El alprazolam ya no le hacía ni cosquilla y todo medicamento que terminara en Lam o en Pam, eran simples confites para él. Humberto tenía en su cabeza una caja negra que nadie sabía descifrar. Sus estados de ánimo variaban tan drásticamente que todos temíamos en dirigirle la palabra. Más nunca vio televisión (eso me parece que estuvo bien), ni escuchó música, ni buscó novias. Meses sin salir de casa y su poblada cabellera comenzó a darle el toque indigente que le faltaba. Hacer que se bañara era siempre un problema, al punto que mi hermano dejó la terrible y noble tarea de bañarlo sólo los sábados, ya que entre semana le era imposible, pues salían muy temprano a trabajar –él y mi cuñada- y volvían ya tarde en la noche cuando el cuerpo lo que pide es cama. Mi otro sobrino, el hermano menor de Humberto con el cual compartía la litera se vio obligado a dormir en el sofá de la sala, para no soportar los hedores por la falta de aseo.

El comentario común en la familia era que todo comenzó cuando le dio por leer y escribir desaforadamente, como si tuviera un tiempo límite para hacerlo o los libros y los lápices desaparecerían de sus manos.

- ¿Qué tanto escribes? Le preguntaba su papá.

-Estoy recibiendo órdenes desde abajo, no puedo parar.

-¿Órdenes de abajo?, déjate de vainas que nos estás volviendo locos. Le decía con carácter mi hermano.

-Comala ya está entre nosotros y nunca más se irá. Decía él.

Mi hermano me contó esa conversación y se me erizaron los pelos, qué carajo era Comala. Ninguno de los dos sabía y por más que lo interpelara y le preguntara nunca le dio respuesta. Tan sólo un «ya lo sabrás» fue lo que alcanzó a decirle el fatídico día en que a fuerza de cinco hombres fornidos hubo que sacarlo del apartamento para evitar una desgracia mayor. Mientras los gritos retumbaban en las paredes y los vecinos chismosos asomaban sus cabezas por el pasillo, me senté en su cama y tomé entre las manos el manuscrito que, rayado, tachado y corregido, hizo que Humberto cambiara por completo. Comencé a leerlo mientras los gritos se iban apagando a la distancia y sólo el llanto de mi cuñada quedaba prendido en el ambiente. Decía: “A pesar de toda mi omnipresencia –así como él- no termino de entender el desparpajo humano...” A escondidas me lo llevé para descifrarlo y transcribirlo luego. Me fui corriendo para acompañar a mi hermano en tan duro momento. La casi incomprensible letra de mi sobrino no me permitió leer más de las primeras líneas en aquel fugaz vistazo. Al principio del texto habían unas palabras pegadas del lado derecho, y abajo entre paréntesis, decía Dante Alighieri, quién diablos era éste. En fin, esto fue lo que logré copiar puesto que hubo párrafos completos tachados en tinta roja los cuales por más que me esforcé no pude descifrarlos:

Por mí se va a la ciudad doliente

Por mí al abismo del tormento fiero

Por mí a vivir con la perdida gente.

(Dante Alighieri. La Divina Comedia)

A pesar de toda mi omnipresencia –así como él- no termino de entender el desparpajo humano. Ese inagotable deseo que tienen de hacer las cosas más difíciles de lo que son y de hacerse inconformes ante todo. Es un terrible placer, que ni yo entiendo, de arruinar lo que pacíficamente han conquistado. A veces me aterra pensar en subir y darme cuenta de que no aprenden de sus errores y terminan en la cola para entrar en mis dominios. Bueno, mejor para mí. Mi ejército personal cada día va ganando en número y en calidad: los peores están aquí. Algunos se han dado la tarea de hacer las cosas tan mal, que me atrevería a pensar que inconscientemente están imitando mi maldad, mi desenfreno por tenerlo todo, hechos concretos que estando aquí abajo se transforman en castigo, pero que allá arriba son de lo más placenteros.

En estos andares de pretender ser como yo, pudiera hablar de muchas categorías o personeros dignos de ser evaluados antes de concederles la dicha de compartir conmigo mis fogones, bueno, por decirlo de la manera más convencional, mis pailas. Comenzaré por los menos sublimes, los que en un momento de locura quedan totalmente cegados ante la rabia, ante la impotencia o la indignación. Son aquellos que si bien no llevan una vida digna, pudiera decirse que están por encimita de la miseria: ellos son los que matan, es decir, los que le quitan la vida a otros al menos directamente (los que lo hacen indirectamente están de primero en mi roster, ya les diré quiénes son), porque la situación apremia. Dicho de otra manera, es tu vida o la mía y como la idea es vivir lo más que se pueda, bien o mal, pero que jode tiempo, la gente se defiende, bien porque los están robando o porque les están pasando factura.

Sentado en mi trono veo a diario cualquier película de este estilo. No me hace falta televisión o cable, giro el planeta y coloco al azar mi famélico dedo sobre cualquier país y es siempre lo mismo pero con distintos protagonistas. Una vez lo hice y la suerte le tocó a un chico llamado Mugbatah en un país llamado Somalia. Hubo una época en que me dio por quedarme allí por muchos años, casi hasta me volví Somalí, pero no; yo soy una fuerza mundial, no tengo límites ni fronteras. Soy lo que para los humanos sería un ciudadano del mundo, logrado sólo por grandes luminarias del cine, políticos, músicos. ¿Pudiera ser acaso un ciudadano del mundo un pobre miserable que no le alcanza la mesada para comer; que su mundo está resumido a un ir y venir a diario al mismo lugar para ganar un salario de a céntimos? No. Recuerdo que Mugbatah iba como todas las mañanas rumbo a su colegio. La calle de tierra como todas o casi todas en Somalia, ya irradiaba el calor muy temprano en la mañana. Era el año 1976. Estaba en plena efervescencia la guerra entre Somalíes y Etíopes. Un verdadero banquete para mis sentidos. Pero en África todo es hostil, al menos la tierra y su clima. Años de guerra para adueñarse de un terruño y ahí la ves, infértil, árida, avasallante en su extensión pero golpeada por designios de la naturaleza y por la incapacidad del hombre. El chico de apenas 10 años iba galopante en su bicicleta cuando a escasos metros de llegar a la puerta del colegio se vio en medio de la línea de fuego de bandas enemigas. Por instinto y experiencia –a pesar de sus diez años- se lanzó al piso mientras sentía el zumbido de las balas. Fugaces destellos de luz que emulaban a las eternas lluvias de estrellas típicas de las noches somalíes, eran aquellos escasos milímetros rellenos de pólvora. Mugbatah en medio de su inocencia estiró uno de sus brazos para alcanzar su bicicleta y al no llegar, para lograr mayor alcance, levantó su cabeza. Sólo bastaron esos treinta centímetros para que un proyectil se internara en él.

Esto pasa a diario en cualquier lugar del planeta. Ni sueñen por un segundo que esto no pasa en los países más desarrollados. Pasa en todos. En los países que llaman del primer mundo, del segundo, del tercero; a estas alturas de la historia de la humanidad y según todo lo que he visto, como llaman los historiadores, antes y después de Cristo, ya pasamos del décimo mundo. Porque no sólo las cruentas batallas que a diario voy preparando son suficientes para sitiar cada terruño en un escalafón numérico. También cuentan las pequeñas sucursales del infierno que de a poco he exportado en cada suburbio para estirar ese listado que va del número uno al número diez. Es comiquísimo, existen tablas de posiciones para ver quién pasa más hambre que quién; la lista de los más ricos y más pobres; la lista de los que roban más y roban menos; la lista de la desidia, de la dejadez. Una especie de Top Ten de lo peor y de lo mejor. Y hablo de países. Primer mundo: los que ya todos conocen, los del norte, los de Europa, los asiáticos: «¿los asiáticos?». Pero la supremacía tiene su precio, un costo altísimo qué pagar. Ganar y vencer. Humillar y vencer. Criticar y vencer. Mentir y vencer. De allí que la gloria del primer mundo comienza a subdividirse y por ello conseguimos ciudades, peores que otras, que luego transmutan en pueblos y caseríos, que aún estando dentro de ese primer mundo soñado por muchos, tienen dentro de sí mismos su propio tercer mundo. Automáticamente el segundo mundo pasa a ser un cuarto mundo, pero cuáles países estarían en dicha categoría, abanderados de una envidiable medalla de plata: quizás los más pegados aún al norte, donde el hielo es eterno e indestructible –por esos lugares no paso mucho tiempo, me gusta más el calor-; quizás los que pretendiendo ser casi los mejores, se dan cuenta que les falta mucho todavía por serlos, pudieran ser algunos países del oriente y esa gran isla que flota solitaria en medio del océano, pero que independientemente de ser segundones, llevan en sus venas el mismo motor corruptible que tienen todos, que hace que de su cuarta posición desciendan al séptimo lugar. Y de último, mi preferido, el que día a día lucha por no llegar al abismo, que se aferra al borde para no salirse de sus coordenadas y quedar así vagando en el espacio infinito, que se ciñe al mar y a veces al cielo, al que Dios le ha dado la gana de llevarlos en su espalda para aliviarles el dolor y la tristeza, corruptible como todos pero más humano que cualquier otro, donde se tienden la mano unos con otros pero que al menor descuido, pafff! Estás muerto: el tercer mundo.

Este tercer lugar, que matemáticamente sería en mis cuentas el décimo mundo, tiene un lugar especial en ese espacio que en términos biológicos ocuparía un corazón que no tengo. Pudiera decir que es mi mundo favorito. Aquí, a pesar de la insistencia de los entes reguladores del orden, todo el mundo hace lo que le da la perra gana, mascullando el caos como una manera de ser, una manera de vivir, de imponer la única manera de seguir respirando día a día hacia un mañana sin futuro. Y ahora estando del lado de mis consentidos, de los terriblemente sublimes, puedo hablarles del descaro, de la desfachatez de pretenderse ser como yo, qué insulto, nadie, absolutamente nadie, podrá infligir más dolor y terror que yo –claro, ya lo he dicho, disfruto ver cómo lo intentan. Es divertido saberse imitado por millones de adoradores y mientras más camuflan su maldad tras frases construidas en un laboratorio de engaños, que memorizan y esputan ante la sociedad para ganar indulgencia pública, terminan haciendo todo lo contrario de lo que promueven: hagan lo que digo más no lo que hago! Qué deleite, he aquí los que se llevan la vida de los demás indirectamente, como haciéndose los locos, los que no saben nada. Son mis preferidos porque son descarados, son casi siempre los que tienen el poder. Los que todo lo compran porque de alguna otra manera no lograrían nada, serían tan escoria como cualquier otro –bueno de hecho lo son. Repican tambores y suenan fanfarrias. Adivinen!: los que de la política hacen su gloria y de las promesas un salto al vacío. Justo ellos, mis más fervientes soldados, por culpa de ellos, perdí uno más a mi cuenta: Mugbatah. Un alma noble, con la inocencia al hombro, al caer tendido al piso se fue directico al cielo. No me dejaron seguir trabajando su destino el cual era ser un gran magistrado, sería reconocido a escala nacional, y como casi todos: corruptible. Y digo casi todos porque los que luchan, los que denuncian, los que no tienen pelos en la lengua para gritar la verdad, son los que quedaron a mitad de su camino político. Los que por destino o dignidad no se prestaron a mis trampas. Quedando reducidos a ser simples rellenos de un parlamento o un congreso. Es tal cual como se los digo, los puedes ver aferrados a cualquier argumento válido para sudar hasta la última gota pero, aquellos que alcanzan el trono, los poseo. Hago que cambien, que se olviden de tanta cháchara y sencillamente gocen, vivan y engorden como nunca. De esa manera, cuando abandonen su estadía en la tierra tendrán mucho por adelgazar aquí en mis llamas eternas.

Pasa en todas partes, el que va a la vanguardia nunca se detiene un segundo para ver a los que vienen atrás. Se olvidan de todos, incluso de sí mismo porque ya el cuerpo va trabajando por inercia o costumbre. La mente supera al cuerpo y no queda más que la ambición por conseguir lo que se desea. Decir esto me compromete, es una manera muy sencilla pero eficaz de alcanzar metas a largo plazo. Me compromete porque estoy diciendo mis estrategias, mis “cómo se hace”. Pero en fin, no me preocupa tanto puesto que nadie tiene la eternidad que yo tengo, ni menos aún el poder de corroer el espíritu que yo tengo.

Una vez estando en Noruega una breve temporada de cien años, en cuya tierra el frío es como una peste interminable, vi de todo. Pocas veces anduve merodeando entre los vikingos dado que no tenía que esforzarme mucho para que le sacaran el corazón a alguien, así que me tomé las cosas con mucha parsimonia. Hacían mi trabajo. Me gustó mucho su fiereza, la tosquedad de sus actos fueron un candor para mis emociones. Lo más copioso era administrar a diario tanta batalla de manera que no hubiera un día que no se pintara de rojo. Resulta estupendo el contraste que se da entre la nieve y la sangre derramada. Por instantes cada encuentro fatal me hacía recordar mi hogar en el centro de la tierra donde nunca habrá frío y en donde mis más fervientes seguidores yacen moribundos a mis pies. «Ah! Mi casa». En aquel siglo, creo que era el siglo VII, aún el tema de las leyes era realmente pobre; pobre en el sentido de que se afanaran en cumplir lo poco que de ley había (Esto es relativo: Hoy en día pudiera decir que hay países que han soportado todo el peso de mi desgracia logrando si se quiere, cierta imparcialidad, ecuanimidad y verdadero respeto ante esas normas que no buscan más que frenar mi trabajo. Al fin de cuentas es eso, mi trabajo. Pero hay otros lugares, en donde estoy más firme que el tridente en mi garra. Y estoy hablando de muchos siglos de distancia).

Lo imperativo en aquel entonces y eso sigue siendo así, es mantenerse vivo ante la inclemencia del clima. Sólo mi necesidad de acción hacía que cada uno de los habitantes de Nigardsbreen salieran en bandadas de sus casas a pretenderse la gloria, traducido en riquezas, poder, comarcas y mujeres, todas las mujeres posibles. Recuerdo a Knut, jefe de las tropas vikingas. Implacable, cruel. No poseía ni una pizca de misericordia con nadie, incluso ni sobre sí mismo. Un verdadero “yo”. Knut, tosco y único, no tenía que hacer mucho esfuerzo para resaltar por encima de los demás. Su rango guerrero, el más alto que oficial alguno podía alcanzar, bastaba y sobraba para hacer lo que le viniera en gana. El respeto por los demás era inexistente. Esa palabra de hecho no existía. Un día, en pleno solsticio de invierno, preparaban sus drakkars con los cuales en un pasado reciente recorrieron toda la costa Escandinava para azotar y humillar a cualquiera que osara en pretenderse algún espacio entre ellos sin su consentimiento, más aún si eran cristianos. Poco a poco algunos osados habían comenzado a evangelizar sus tierras y el rumor había llegado a oídos de Knut. Ya la riqueza de estos vikingos era inmensa y no sería la primera vez que saquearían alguna propiedad religiosa. Los clérigos imploraban piedad, les daban todo lo que tenían pero al final, todos pasaban por las afiladas hachas de los bárbaros. A nadie se le ocurría decapitar al jerarca cristiano vencido, ya que Knut era dueño de ese honor, de ese gusto. Si alguien por error, rebeldía o estupidez lo hacía, era seguidamente después del religioso el próximo decapitado. Era un honor bañarse en sangre las pieles que los resguardaban del frío, para luego llegar victoriosos a casa y mostrarlo al pueblo entero. Honor a parte merecían las mujeres que sin importar manchar sus bunads por los restos de las víctimas, abrazaban a sus maridos al llegar del combate, aunque más que combate, pudiera decirse que era simple limpieza de seres indeseables. No puede haber combate sin rival y eso pasaba casi todo el tiempo. La arrogancia del jefe vikingo no le permitía sucumbir ante nadie, aunque estuviera acorralado, aunque mil amenazas de muerte cayeran sobre él. Pero todo cambió, aquel día infame llegó sin levantar sospechas de ningún tipo, y fueron sorprendidos por un ejército que les triplicaba en hombres. Sus espadas brillantes, que intentaron mediar alguna tregua, comenzaron a blandirse de ambos bandos mientras el sol apuñalaba con su luz el fiero metal de la guerra. Los gritos de centenares de gargantas se unieron en un solo, pariendo un estruendo único y definitivo como nunca antes se había oído en Nigardsbreen. Los blasones que llevaban la marca de mi enemigo, anunciaban el último día en la tierra de aquellos bárbaros. La fiereza de los guerreros que en nombre de Dios restaban vikingos en aquella pequeña porción del infierno sobre el hielo, por un instante me confundió. No sabía a quién le iba porque: «Carajo, los cristianos están venciendo», me decía a mí mismo. Confieso que sentí una frustración enorme al ver cómo los míos iban cayendo. Me pareció injusto que las fuerzas del bien estuvieran utilizando mis propios argumentos para liberar a esas almas. «¡Ven que él también mata!» No sólo yo tengo el privilegio de sumar gente a mis aposentos. La diferencia está en el mecanismo que usamos y he ahí mi decepción, pues está aniquilando como yo lo hago.

Mientras esto sucedía, de reojo iba viendo cómo entraban vikingos y cristianos por la mugrienta puerta que le da paso a los nuevos, pues no se crean, hay que estar atento para llevar bien el conteo de mis pobladores y con ello poder clasificarlos según el grado de maldad que acumule cada historial. Y tuve la grata sorpresa que entre los adeptos al supuesto bien –incluso por el cual estaban luchando- me conseguí a unos no precisamente santos. Unos iban hacia arriba pero otros hacia abajo, hay de todo. Me imagino que él también se extrañará al recibir entre su gente, almas que pintaban de negro pero a la hora del juicio final eran más nobles que cualquier otro. Lo que si no sabría decirles cuál es su manera de leer sus vidas. En mi caso el proceso es muy sencillo: a medida que van entrando tan sólo coloco mis esqueléticas manos sobre sus cabezas sin delicadeza alguna, «para qué si ya están muertos», y hago lectura de todas sus vidas. Éxtasis, placer, algunas de estas emociones gratificaron el día al constatar violaciones, robos, injurias, blasfemias, desacatos, asesinatos, trampas, mentiras, pederastia, (esta fue una de las más comunes, pero sólo la poseían en sus vidas –ahora en sus muertes- los más poderosos, los que a diario levantaban la ostia y sorbían un poco de vino en frente de todos para luego embriagarse a escondidas mientras la limosna cargada de esperanza era profanada, los que comandaron el ataque brutal contra los supuestos bárbaros, y me pregunto: quiénes son más bárbaros que quién). En fin, todas esas pequeñas cosas que desde los inicios de la vida me asignaron como tarea una vez que me confinaron al averno.

Knut luchaba intensamente como siempre, pero había algo distinto en su fría mirada, sus gritos de guerra ya no eran los mismos, pues de manera instintiva presentía la derrota. Tenía la particularidad que tomaba a cada enemigo con el que luchaba como el único que existía en ese momento, como si de una manera mágica todos los demás desaparecieran de alrededor y concentraba todas sus estrategias de guerra en él. Su rival no tuvo la suficiente fuerza y rapidez -como la tuvo segundos antes cuando le arrancó de golpe el casco a su oponente dejándole una profunda herida en la cabeza muy cerca de la oreja- para alzar su escudo y bloquear con ello el contraataque de la espada vikinga que a ras de cuello lo convirtió en un decapitado más. Lo tomó por el pecho mientras el cuerpo aún latente y de pie comenzaba a derrumbarse, y como símbolo de no dar más insertó su espada en el lugar en donde segundos antes iba la cabeza. Trató de aferrarse al decapitado pero sus rodillas fueron las primeras en ceder. Sus manos se hundieron lentamente sobre la nieve tratando de buscar confort en lo que ya era su inminente caída. Knut se desplomó del dolor que ya comenzaba a desaparecer (poco a poco me lo estaba trayendo, con la invisible soga del mal fecunda en espinas. Cuando alguien cae al piso y desvanece sus sentidos, recuerden, soy yo tirando de las infinitas sogas que envuelven el mundo), pero su corazón latía más fuerte que nunca. La herida botaba su vida a borbotones. Intentó colocar una de sus ensangrentadas manos sobre el torrente que nacía de sí mismo pero el frío a penas lo dejaba parpadear. Fue serenándose cuando empezó a ser rodeado por los victoriosos, algunos heridos, otros intactos pero agotados. No intentó ninguna treta pues sabía que estaba perdido. Por su experiencia de guerra sabía cuándo iba a ser sacrificado, sólo le bastaba ver sus gestos, leer sus ojos y ver la posición de las espadas en cada mano de sus enemigos. «-Ríndete». Le dijo el que parecía superior a todos los demás mientras la helada lámina de acero le era colocada bajo la manzana de Adán. Knut esperaba el momento preciso en que su victimario se descuidara para arremeter contra él, pero ya no tenía la fuerza suficiente para contraatacar en un evidente acto suicida pero que salvaría su dignidad. Éste seguía hablándole y en ese proceso bajó la espada mientras caminaba pateándole la nieve hacia su cara. En un movimiento fugaz que no le dio tiempo a nadie de reaccionar, el sanguinario guerrero ya vencido tomó la espada de aquel hombre que lo hirió de muerte que decapitado yacía sobre la nieve, traspasando su humanidad con una espada que ya no era de metal sino de hielo. En su último aliento dijo: «-Nadie me quita la vida, sólo yo puedo hacerlo». Los guerreros con sus pobladas barbas cual minúsculos pinos silvestres vestidos de blanco gracias a la incesante nieve, hicieron la señal de la cruz sobre cada quien como un gesto purificador del vencido y para sí mismos.

La tensión de la soga con la que ataba a knut desapareció de golpe hasta quedar totalmente flácida mientras comenzaba a descender su alma hacia mí. Les decía que era implacable e inmisericorde consigo mismo y esto es muestra de ello. Su orgullo no le permitía sucumbir en manos de nadie y por ello aceleró el proceso que ya era irreversible. De igual modo aquí lo recibí y está, si se quiere, en un lugar privilegiado por encima de los demás. Supongo que arriba sería igual, Él tendrá sus consentidos y yo los míos.

«¡ Sigue escribiendo que a aquí quien manda soy yo y basta de quejarte! No aflojes, no te rindas, mis sogas siguen sobre ti y pronto te arrastrarán hacia mí. Vayamos ahora a un lugar cercano a tu historia, que harán ver a tu ciudad como una franquicia de mi acalorado reino en la tierra». (A veces hace falta presionar un poco).

Oh! Venezuela. Ubicada en la parte más joven del planeta. A algunos les ha dado por llamarla tierra de gracia y los más atrevidos le han bautizado como la “sucursal del cielo”. Qué insensatez atreverse afirmar semejante mentira. A Donde sea que pretendo inocular veneno y desorden en estos particulares seres que –debo reconocer- viven con una sonrisa eterna en la cara, consigo que alguien ha hecho lo propio, alguien se me ha adelantado, no sé quién, pero ya lo ha hecho. Lo que me enerva es que me echen la culpa cuando ni siquiera fui yo. No me gusta llevarme los créditos de nadie y al parecer son estas mismas personas las que se han tomado la libertad de proceder sin mi consentimiento. Están facilitándome las cosas pero me gusta dictar órdenes –qué lo diga Humberto.

Pude concentrar mi mirada en cualquier otro país, pero aquí el caos está en efervescencia desde hace un buen rato. Pude escoger cualquier ciudad dentro del mismo espacio geográfico que la delimita de norte a sur y de este a oeste, porque la anarquía es general, pero -siempre hay un pero- en Caracas, la capital de la supuesta sucursal del cielo, el desmadre es único. Lo que me encanta, entre miles de cosas más, es que sus líderes afirman convincentemente que todo está normal, que la miseria ha desaparecido, que el hambre ya no existe en el vocabulario de sus habitantes, que mi ejército hamponil está dominado, que la prosperidad se acuesta todas las noches con los veinticinco, veintiséis o veintisiete millones de almas que dicen tener. Bueno, este cuento ni ellos mismos se lo creen. Saben que en los últimos años han entrado ilegalmente miles y miles de personas sin control alguno. Y me pregunto: «¿cómo lo saben?, ¿cómo se enteraron que le estaba metiendo más leña al fuego?» Porque si no lo sabían, no son más que leña que aviva mi esperanza de seguir reinando. En todo caso, son los millones que dicen ser, pero con unos cuantos importados que me di la tarea de meterlos en el fogón. Me va muy bien con esta gente, en serio que sí.

Una de las cosas que me atrae de este lugar y me ha hecho pulir mis argucias para seguir socavando almas es que tienen de todo. Yo que he andado por cada rincón de este minúsculo lugar del universo, dejo constancia que es una de las tierras más fértiles. Donde las penurias que voy dejando a mi paso se ven contrarrestadas por un equilibrio casi perfecto del medio ambiente y su clima. Esto lo digo por el país completo y si me enfoco en la ciudad que hace más de cuatrocientos años recibió una misiva que envié desde el viejo continente para perpetuar sus enfermedades, malas mañas y desidias, ni hablar. Por cierto, siempre se ha dicho que llegaron en una misión evangelizadora y algunos se creen el cuento. ¡Por todos mis cuernos! Es la misma y eterna estrategia de siempre. Es lo mismo que hice con los vikingos en su momento, ya lo he dicho.

A pesar de esta gran ventaja que tienen parece que confabularan para que todo saliera mal. Da la impresión de que no hubiera ni el más mínimo respecto por nada ni por nadie. La cordialidad es algo que de vez en cuando se da y que incluso ellos mismos se extrañan cuando alguien osa en serlo. La modernidad y la tecnología ha avanzado para darles una manera de vivir distinta a sus antepasados (esto cierto, son miles y miles de años que me he infiltrado entre civilizaciones de todo tipo) pero da la impresión en que quieren retroceder siglos atrás. Digo, entonces para qué tanto papel, tanta norma, tanto semáforo, tantos símbolos, tanto rayado, tanto progreso, tanto químico, tanto fármaco. Para qué si al final la gran mayoría hace caso omiso del supuesto orden del siglo XXI. Esto es lo que veo, es así, pero a mí me trae de cabeza de tanta emoción haber conseguido un lugar como este, es único. Precisamente por ello decidí dejar este caso para el final. Me siento como en casa. Todo es al revés, vulnerado y vulnerable. No hay nada más satisfactorio para mis planes conseguir el apoyo –a veces inconsciente- de estos servidores de mi causa.

Al principio les decía que considero dos grandes categorías para darle paso a las almas perdidas a mis aposentos, los que vienen a mí por hacer las cosas frontalmente y los que de manera oculta, premeditada y fríamente concebida, hacen de su vida un manojo de trampas para alcanzar sus objetivos personales, que al final de cuentas son los míos propios. Son los más sublimes y aquí es donde abundan, en la supuesta sucursal del cielo. Prefiero que le sigan llamando así porque Él, que también lo ve todo como yo pero desde allá arriba, debe estar indignadísimo que blasfemen en nombre de su casa con semejante comparación.

Todo comienza con el engaño público y con las incesantes promesas. Se convierten en una suerte de máquinas de mentiras que a cada palabra pronunciada la peste va ceñida. Sus alharacas de porvenir son como cardúmenes de peces muertos, malolientes y apestosos. Lo fantástico es que la gente se aferra ciegamente a cada ofrecimiento. Los ves gesticular con una elocuencia que hasta yo mismo me creo la pantomima de siempre. El mayor de mis trucos es hacerlos llegar rápidamente al poder de la noche a la mañana. De ser eternos don nadie a efímeros poderosos. Como el caso de Klaus o del mismo Juan. Las mujeres no están exentas de esto, Cecilia y Miroslava, por ejemplo. Por una extraña razón que desconozco, los padres de nuevas criaturas, tienen una absurda fascinación por mezclar sus castizos apellidos con nombres importados de uno que otro libro que hayan leído en sus vidas. La lista de nombres sería eterna y al fin de cuentas el tema resulta siempre el mismo, pero este grupete se las trae: después de cobrar suculentas payolas y generar los ingresos necesarios para darle una esperanza real y física a miles de damnificados a punta de impuestos, devaluaciones, multas y demás, producto de esos fenómenos naturales que arrasan con voluntad propia cuanto cuerpo viviente se cruce en su camino, el poder de la cancillería los llevó a estar una temporada fuera del país haciendo negocios con otros lugares también controlados por mí. Vivo en la sombra, lo sé. Empero, con esta gente me siento cómodo, tranquilo, seguro de que mis objetivos serán cumplidos: «-¡Qué rico es viajar a costilla de los demás!» decían entre ellos, mientras el titular de un periódico local que llevaba uno de los guardaespaldas que iba cómodamente sentado atrás de su protegido político, el cual había adquirido de manera gratuita por convenios corporativos, rezaba: «!Queremos vivienda ya!» Su jefe, que por ir en la fila de asientos de adelante no veía a su guardaespaldas, sintió que iba muy callado en el vuelo. Éste se volteó a ver qué hacía cuando en vez de conseguir su cara consiguió el titular en gigante: «-¡Coño Nico, cierra ese periódico que no hace más que decir mentiras!» Y es que caen solitos, porque uno de mis mayores placeres es que se nieguen a la verdad, a que no vean los matices de su propia estulticia. Mis eunucos no son más que mis propias piezas en este juego eterno entre el bien y el mal.

Al pisar tierra fueron recibidos por una gran comitiva y varios traductores de aquella extraña lengua. Comenzaron hacer chistes en su idioma para romper el hielo, cosa por demás inútil ante culturas tan antagónicas. Abrazos efusivos de un bando y de otro, de un lado un recuerdito con los colores amarillo, azul y rojo; del otro lado un turbante y un arguile, uno de esos artilugios para fumar. También hubo un malentendido entre un venezolano y un homólogo que pretendió saludarlo con un beso, dado que aquel lo contuvo fuertemente por los hombros como para acentuar su masculinidad.

Después de los respectivos agasajos, visitar lugares de interés turístico local y una opulenta cena, lograron cerrar el lucrativo negocio que les garantizaría el futuro a cada uno de ellos, a su progenie y a la de éstos últimos también. En el transcurso del día habían entrado al tan protegido galpón en donde fabricaban y ensamblaban las armas. «Ah, ese olor a metal lubricado, olor a muerte» me decía, mientras flotaba en el aire viendo cómo les brillaban a todos los ojos del poder. Aquel lugar como muchos tantos, era mi serrallo, porque no solamente traficaban con mis armas, sino con toda clase de objeto vendible que pudiera generar algún multimillonario dividendo. Fui como siempre, testigo de mi propia obscenidad, muchas veces la produzco con la carne, pero a veces sólo con la codicia basta.

De regreso al lujoso hotel donde se hospedaba la prestigiosísima comitiva negociadora de la sucursal del cielo, después de haber realizado las compras pertinentes para llevar los recuerdos de una gestión exitosa en un país lejano, un canal de noticias internacional tenía las imágenes fijas en una inmensa manifestación que se prologaba por toda la capital del estado y con éstas en la cabeza, se fue cada quien a la inmensa cama acolchada con edredones de lujo, las cuales dieron abrigo a otros emisarios de mis felonías y perversiones en años anteriores.

A los dos días de haber partido de tierras lejanas una gran rémora fue apoderándose de estas almas casi perdidas mientras llegaban al hangar privado. No todo atribuible al extenuante vuelo, sino a mis sogas que lentamente las prensaba con un deseo casi inusual por traerlos hacia mí. La estrategia ya estaba lista y al abrir la compuerta trasera del gigantesco avión, una centena de hombres uniformados comenzaron a trasladar las mortuorias cajas que acercarían cada vez más a Caracas a un desolado pueblo llamado Comala, un nombre que huele a tristeza, que sabe a tierra. Así lo dispuse yo hace tanto tiempo con un fotógrafo que atado a mis sogas, también escribió mis dictámenes –así como tú Humberto. Dejando en el tiempo un legado único que no es más que el reflejo de lo que quiero lograr con este difunto planeta que no hace más que jugar a mi favor. Comala ya está entre ustedes e irá creciendo con cada mentira, con cada vástago que pretende ser como yo.

Dicho esto ya puedes partir de tu casa, de tu cuerpo o de ambas partes. Haz cumplido conmigo y eso es meritorio. Haré tu estadía en el manicomio más llevadera. Nada volverá a perturbarte, tan sólo las ajustadas dosis de sedantes estarán muy dentro de ti, corriendo por tus venas para que puedas soñar con lo que siempre quisiste, irte sin dejar rastro, sin perturbar a nadie, soñoliento y placenteramente. He mandado a buscarte y te aconsejo que no pongas resistencia, es mejor así. El maltrato será menor, comedido, casi imperceptible. Has tachado mucho de las cosas que te dicté, pero va bien muchacho, el resumen de tus perturbaciones quedaron intactas. Ya están aquí, son cinco hombres los que te llevarán a un lugar apacible –sin contar a tu padre. Cesará la rabia y te vendrán días de mucha confusión pero todo al final será calma para ti. Tu ciudad seguirá siendo la misma, eso jamás cambiará, pero tú sí puedes cambiar si al final es lo que quieres. Eres tú quien por encima de la masa podrá hacer las cosas mejor por ti mismo, viendo como todo lo demás se derrumba mientras nadie hace nada. Volverás, seguro que volverás.

Al día siguiente fui a casa de mi hermano muy temprano, aún no eran ni las ocho de la mañana y considerando el terrible episodio de ayer, decidí hacer tiempo en el panadería de la esquina. No quise subir al apartamento porque me imaginaba que aún estarían profundos y además nos acostamos muy tarde. Salí como a la una de la madrugada y era posible que ellos hubieran continuado la conversación con menos tapujos aprovechando mi partida. Siempre hay cosas que los padres, por más confianza que tengan con uno, no podrían hablar delante de un tercero: en el caso de ellos la triste situación de mi sobrino.

Estaba a punto de pedir un cafecito bien cargado, y noté cómo el portugués iba acercándose lentamente por detrás del mostrador hacia donde yo estaba. Me hice el loco y me fui hacia la caja registradora para comprar unos cigarrillos. Nunca me imaginé que iba a ser tan inútil evadir el comentario del día:

-Dame una cajetilla Light por favor.

-Sí. Cómo no. -Me dijo la futura heredera del negocio. La típica muchacha de origen luso, que con apenas dieciséis años luce un cuerpazo como de mujer de treinta y con un rosario de historias sexuales inenarrables. Siempre que entro a comprar cualquier cosa en la panadería me digo a mí mismo: «Con el primer carajo que le monte el ojo sale preñada»

-Tienes una cara de cansado. -Me dijo ingenuamente.

-Más o menos. Y cóbrate de una vez un negrito.

-Claro. ¿Y qué fue lo que pasó ayer con tu sobrino? Tenía meses que no se le veía la cara.

No había terminado de hacerme la pregunta y ya sentía la mano pesada de su padre saludándome, con las típicas palmadotas –para él palmaditas- en mi hombro:

-¡Qué hubo! No me lo pediste pero aquí te traje el negrito de siempre.

Me sentí mal conmigo mismo, porque mientras le huía para evitar la pregunta que ya me había hecho Teresa, el hombre con su cordialidad habitual me trajo el café de costumbre. Sólo alcancé decirle:

-Está un poco enfermo y nos lo llevamos de emergencia al hospital.

Y antes de que viniera de rebote la segunda pregunta obligatoria, los dejé con el cambio en la mano. Aquel pre-desayuno se había transformado en el más caro de la historia, pero en ese momento consideré el vuelto como el pago por no escuchar ninguna pregunta más sobre Humberto. Los chismosos de la cuadra ya se harían cargo de responderles.

Me quedé en la esquina dando vueltas hasta que resolví buscar a mi hermano. Decidí no usar el ascensor para evitar cualquier encuentro vecinal. Subí trotando por las escaleras y cuando estaba a punto de llegar al piso cinco, me tropecé con mi hermano y mi cuñada que venían más que trotando considerando el beneficio de venir en bajada:

-Vamos, vamos que se nos hace tarde. -Me dijo con los ojos más insomnes que los míos.

Era obvio que también evitaban el ascensor. Mi hermano, que lo máximo de ejercicio que ha hecho es jugar dominó, creo que fue la única vez en su vida que bajó las escaleras de su edificio, ni siquiera cuando se mudaron aquí puso un pie en ellas. Se limitaba a dirigir a los obreros cuando ya habían llegado a su piso para evitar que golpearan las cosas al pasar por la puerta.

-Los médicos nos dijeron que llegáramos a las nueve. Mira la hora que es. ¿Dónde estabas?

-Llegué súper temprano y no quise subir. Supuse que aún estaban durmiendo.

-Le dije con una evidente carencia de oxígeno.

Mi hermano cambió de conversación rotundamente con lo que me hizo entender que me creyó el comentario.

-Virginia acaba de llamar a una de sus amigas letradas para preguntarle si sabía que era “Cómala”.

-Y ¿qué es? -Le pregunté dirigiéndole la mirada a ella.

-Bueno, después de casi mentarme la madre por la hora en que llamé, me comentó que es un pueblo muy bonito que está en México, pero que en la novela Pedro Páramo, es una especie de pueblo fantasma, en resumen. Sabes cómo se extiende en explicaciones la gente letrada cuando le preguntan sobre algo que sabe.

El comentario de mi cuñada fue como un campanazo para mi escasa mente lectora. «¿Cómo a la gente le puede gustar leer tanto? qué perdedera de tiempo» Me dije a mí mismo. Íbamos camino a la estación del metro y pasamos como siempre por el puente en Plaza España. Siempre que pasaba por ahí pensaba en cómo hay gente con tiempo de más, de ocio, pararse allí a ver libros que ni siquiera están nuevos: usados, rayados, quizás con hojas menos. Y ahora mírenme a mí, preguntándole a un librero si tenía la novela Pedro Páramo:

-Seguro, ¿cómo la quiere?

-Cómo que ¿cómo la quiero? Con letras supongo.

-Buen chiste, ¿tapa dura o tapa suave?

-La más barata.

Ya sentados en el vagón mi hermano me lo pidió para echarle un vistazo. Era un libro pequeño, con la carátula verde y las letras en amarillo casi traslúcido. A parte de Pedro Páramo decía El llano en llamas. Al momento de leer la portada del libro me fui en el recuerdo directamente a la transcripción que me tuvo velando toda la noche para saber qué era lo que tanto escribía Humberto. Recordé la historia del niño africano que murió en medio de una balacera y la historia de un vikingo que prefirió quitarse la vida él mismo a que se la quitaran los que estaban a punto de hacerlo. Lo que estaba al final del manuscrito me causó gracia y al final de la lectura mucha pena. Era como leer el retrato de esta ciudad que anda de mal en peor. El crujir de los rieles del metro era atronador, quizás por la ausencia de gente en el vagón me hice la idea de que sonaba más fuerte que nunca (era sábado). En los asientos de enfrente iban mi hermano y mi cuñada tomados de la mano, con sus respectivas cabezas hacia atrás y con los ojos cerrados. Mi hermano ya comenzaba a abrir la boca como señal de haberse quedado dormido y decidí empezar a leer el libro, realmente, el primer libro con verdadero interés:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vive mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.

Debo aceptar que esas primeras líneas me cautivaron, ese hijo buscando a su padre, su madre recién fallecida y una historia que nos daría luces de lo que le pasaba a Humberto. Habíamos llegado a la estación Agua Salud y si no es porque mi cuñada me llama, hubiera seguido de largo hacia Gato Negro.

Ya montado en el segundo transporte que nos llevaría a donde Humberto –no me gusta pensar “al manicomio”- el transportista pasó cobrando el pasaje en el por puesto. Estaba enfrascado en la lectura cuando el chofer dijo:

-Mi abuela solía decir una frase, no recuerdo si era de Pedro Páramo o de El llano en llamas, que decía: Los grillos hacen ruido siempre para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio.

Acto seguido se me erizó la piel, pagué el pasaje de los tres y esta vez sí exigí mi vuelto. Sin ganas de subestimarlo pero, «hasta el chofer sabe más que yo», pensé.

8 comentarios:

César dijo...

Pues como usted dijo, no lo leí... Pero Pedro Páramo es una de las mejores cosas que he leído en toda mi vida...

Tiempo sin pasar por aquí... me disculpo...

Prometo seguir revolviendo estos escombros de vez en cuando...

¡Va un abrazo!

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Mañana sigo, voy por la mitad, las dos primeras están muy bien logradas, y la guerra siempre es igual en diferentes épocas, y la locura del primero, puede ser lucidez para otros. Mañana termino de comentar el largísimo post.
Saludos

IRIS dijo...

Largo?, cuando el texto es bueno y su lectura tan buena, se lee tan rápido que hasta parece corto!!! Por cierto tienes un premio en mi blog!! :)
Un abrazo muy grande amigo!!

satira dijo...

mmm bastane bueno cautivador y al grano me llevo a otra dimension una bastante temerosa pero al final siempre hablando con la verdad ...

saty : 9

A do outro lado da xanela dijo...

me alegro de haber desoído tu comentario y haberlo leído.

Me ha encantado...

Un saludo

IRIS dijo...

Hola de nuevo, te cuento, lo que tienes que hacer es escribir un post, coges la imagen del premio, dices quien te lo ha concedido, y seleccionas tus 7 blogs que crees que merecen el premio blogger del día, puedes poner el pq , yo no lo puse, pq ultimamente ando un poquillo justa de tiempo, pero vamos, así es el premio. Espero que me explicara bien, pq una se lia un poco muchas veces.
Un abrazo muy grande y felicidades!!

Siry dijo...

Cuando por los años no puedas correr, trota; cuando no puedas trotar, camina; cuando no puedas caminar, usa el bastón. Pero nunca te detengas.
Feliz día de la juventud.
Un abrazo

PD: Bella la gaita celta, aunque sea de funeral.

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

No esta mi segundo comentario
Saludos