26 may. 2008

La competencia


Maradona se pelea con un reportero frente a las cámaras porque le hace una pregunta impertinente. El Pelusa lo ofende terriblemente llamándole “boludo” mientras forcejea desde su metro y medio con uno de metro ochenta. A mí no me da ni cosquillas la palabrota, por al contrario, aquí en Venezuela pudiera ser hasta un sutil cumplido masculino, claro, aquello fue en Buenos Aires.

Hace minutos terminé de ver una película en donde la protagonista ofende y humilla a su coprotagonista diciéndole “kiss my ass” muy a lo Bart Simpson. Si por alguna casualidad alguien en Venezuela y me late que muy particularmente en Caracas, se le ocurriera llevar a la jerga ofensiva dicha frase, lo mínimo que pudiera denotar es una clara homosexualidad, o si una chica le increpara a un hombre de tal manera, estoy seguro que la soez frase sería una invitación a un ósculo placentero.

Todo se remite a la competencia, todo. Los días modernos nos llevan a estar en constante reto con el entorno y hasta con uno mismo. Arango quiere ser el pichichi; el pobre de Federer no ve luz con Nadal sobre arcilla; Vizquel con más de cuarenta se siente “de veinticinco” –él lo dijo, no es cuento; La Clinton se pelea con el Obama; el Chávez con medio continente; las colegialas de doce ya compiten entre ellas para ver quién las lleva mejor, quién tiene mayor talla o a quien se le nota menos el ombligo por donde les pasaron los injertos o las soluciones salinas; yo compito conmigo mismo para superar mi prosa tan elemental, tan básica; el planeta tierra compite con los humanos para que le dejemos un rato en paz; los blancos se tienden al sol para subir la tonalidad de la piel, mientras Maicol –aunque sea cuento viejo y todos lo sepan- se transforma en un no sé qué: cada vez que lo veo me recuerda a la simpática fémina del planeta de los simios que se arriesgó a cruzar el agua sobre los hombros de un humano; las FARC se meten donde les da la gana y suben al ring junto a tres países; el vecino de al lado se muerde el codo porque el del piso de arriba se compró la camionetota primero que él; cuatro perros que van por la avenida sacan a relucir sus colmillos careados para ver quién se lleva a la perrita en celo; alguien dice que no tiene amigos porque no está en el “feis buk”: “métete pana” -oigo que uno le dice a otro en un vagón del metro- “y tendrás burda de amigos”. La terrible sentencia me hizo caer en cuenta que “¡¿entonces yo tampoco tengo amigos?!” Presumo que estarán compitiendo para ver quién tiene más amigos que quién… Todos estos y muchos más, son ejemplos de competencia y más competencia.

La luz en amarillo me hace disminuir la velocidad. No freno justo encima del rayado, ni acelero para aprovechar el último segundo para seguir mi rumbo. Para los lectores de otros países hispanohablantes esta acción tan normal como el respirar, es todo un síntoma de imbecilidad. Sí, así mismo, dicho con palabras más criollas, de pendejo. Siento el frenazo detrás y veo por el retrovisor un Jeep verde y al conductor manotear su rabia dentro del habitáculo, tal vez estaba espantando una plaga voladora. La trompa del rústico casi le da un besito a la maleta de mi carro. Pensé en Gardfield, en el pedante gato de las tiras cómicas porque en muchos de los vehículos caraqueños puede verse en los parabrisas traseros, diciendo a pesar de una extraña posición casi de yoga, “no te pegues”. Yo no tengo ni ese, ni ningún “estíquer”, no me gusta ¿hay algo de malo que no quiera troquelar los vidrios del carro como catálogo de Disney?. Ahora que lo pienso, estas calcomanías son como el “feis buk”, todo el mundo las tiene o todo el mundo está o muchos están en vías de…

Por el retrovisor leo en unos de los guardafango del Jeep: “Guardia Nacional”. El chamo de “Clamor en el Barrio”, ya me saluda con la confianza que da verme todos los días a la misma hora. Estoy pensando seriamente en montar una librería o algo así para vender al mayor los bolígrafos que me ofrece. Él compite con su compañero para ver quién llega primero a la ventana a ofrecerme sus productos. Sigo a cero kilómetros por hora, la luz del semáforo en rojo, ocho de la mañana o seis de la tarde, ya ni recuerdo pero aún era día, cuando de pronto oigo con voz atronadora la siguiente frase espetada por el conductor del Jeep: “Cómete la luz… @%&¿?*!¡L…”

Muy bien, como esta breve crónica tiene que ver con la competencia, el ejercicio es muy sencillo: coloque usted y de acuerdo a su idiosincrasia la(s) palabrota(s) que considere de peor ralea para sustituir los símbolos que terminan la frase. Sinceramente no quiero hacer la transcripción completa porque es humillante pensar que esos son nuestros “Guardias Nacionales”. Así que anímense y den rienda suelta a las obscenidades más elocuentes de nuestra hermosa lengua española.

PD:
Caracas no tiene competencia si de huecos en las calles hablamos. Sería el adversario a vencer si en los juegos olímpicos existiera alguna disciplina que pusiera a competir las protuberancias, relieves o cráteres de las principales vías de tránsito del planeta entero. Tendríamos el oro garantizado.

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