6 may. 2008

Cuitas de la palabra


En días recientes, conversando con un amigo muy ligado al mundo editorial y de los libros, me comentaba que «para qué iba a escribir», que sería algo no tanto como inútil pero sí muy cerca de serlo. Su comentario vino a cuenta de las lecturas que cada quien estaba y estamos realizando, y hablábamos con un beneplácito casi infantil de las mismas. La lectura para mí siempre está en gerundio. Más que verla como un ejercicio natural de los sesos por demás necesario, es una fantasía, un placer. Para qué escribir cuando nos conseguimos obras maestras de aquí y de más allá, ejecutadas con la delicadeza de fino escultor. A él le vino a la mente un Pamuk, un Coetze, luego vino un Phillip Roth y muchos más. A mí se me vinieron a la cabeza más temprano que tarde nuestros nombres: Adriano, Oscar Marcano, Marisol Marrero, Eduardo Liendo, Massiani, Ana Teresa Torres, Miguel Otero y una lista que se hizo interminable. Los mencionados obedecen en orden estricta a mis recientes y últimas (re)lecturas.

Mientras leía los textos correspondientes a los autores mencionados, no salía de mi propio asombro al ver la maestría con que cada uno dominaba la palabra como si fuera una especie de lorito amaestrado que cumple órdenes. Por ello mismo es que este amigo insistía en que sería infructuoso intentar remedar a cualquiera de estos maestros de la palabra, que «era mejor no perder el tiempo». He de suponer que ese mismo sentimiento tendrían consigo mismo los narradores que cité anteriormente, por qué no. Supongo que ellos, así como nosotros, idealizaron e imaginaron llegar a tener una proximidad a plumas mucho más antiguas, a esas palabras y versos delineados con precisión y así sucesivamente a través de los tiempos.

Pasa en la música cuando nos deleitamos con ritmos, compases y melodías que juramos perfectas, en muchos casos combinadas con una lírica extraordinaria. Recordemos a un Serrat, a un Sabina o a un Silvio, por tan sólo mencionar a lo que me dio por llamar el trío de las “S” algún tiempo; pasa también en el papel, en el libro de turno, resumido al silencio y a la complicidad de ese monstruo que cobra vida en las manos, y sonido en nuestro interior a través de la vista. El deber único que cada quien, amantes de las palabras, tiene consigo mismo, es intentarlo: parir frases que cobren forma, que medianamente lleguen al punto de tranquilidad que no de satisfacción. Como decía Flaubert, este “oficio de perros” que resulta escribir, a mi juicio, no tiene fin y por más que uno lo intente –lo digo por mí- siempre le veo fisuras, grietas, las costuras de un cíngulo literario que pudo quedar mucho mejor.

La terquedad resulta ser el mejor aliado en esta lid escritural, que acompasada con el tiempo, puede germinar una palabra madura, bien cultivada, amarrada a la punta del lápiz o del teclado más avanzado. Como decía Pamuk en su breve libro La maleta de mi padre: “El secreto de la escritura no reside en una inspiración que nunca se sabe de dónde va a venir, sino en la obstinación y la paciencia”. Tal vez sería más sencillo si todas las palabras juntas pudiéramos envolverlas en papel periódico como si fuera un tierno aguacate para que, en un par de días, nos deleite con su delicado sabor. Pero no, no es así, la cosecha de esta fruta que embeleza a tantos en el mundo, que dejó constancia de sus efectos adictivos, que quedó demostrado en los hallazgos de la escritura cuneiforme, en los jeroglíficos, en las tablas de Moisés y muchas otras hasta nuestros días, requiere del cultivo diario hasta dar con el fruto deseado, que insisto, siempre pudiera quedar mejor.

La narradora venezolana Marisol Marrero me dijo, que por cierto de su puño y letra produjo una hermosa obra llamada Niebla de pasiones la cual les recomiendo, que los mejores escritores y poetas del planeta están aquí, en Venezuela, y creo que esta es la actitud que si bien es cierto ha venido in crescendo, es la que nos ha faltado por décadas para lograr que nuestros autores, y mejor aún, sus obras, sean reconocidas más allá de nuestras fronteras. Cómo no mencionar a Cadenas, a Montejo, que por cierto fue citado en la película 21 gramos con uno de sus poemas, Elizabeth Schon, Luis Alberto Crespo y un sin fin de poetas añejados con la palabra exacta y embalsamados por los jóvenes poetas siempre rebeldes y motivados.

En comparación con otros países en donde los escritores, más allá de ser escritores de oficio, logran vivir de su actividad; de la faena entregada a producir ideas y que consiguen el reconocimiento público, avalado y soportado por las grandes editoriales y que por ende generan una ganancia más que necesaria para pagar las deudas, alimentarse y vivir dignamente, en nuestro país, salvo contadas excepciones -confieso que no se me viene a la memoria algún autor que pudiera decir que disfruta de una gran holgura económica gracias a tus textos- absolutamente todos tienen más de una actividad para procurarse el sustento y pagar con ello el alquiler, el condominio, los servicios básicos, alimentarse y darse uno que otro gusto. Recuerdo el primer día de clases en la universidad cuando un profesor desconocido para mí, que a la postre terminó siendo mi tutor de tesis, dijo que aquellos que querían hacer dinero estudiando Letras podían agarrar sus cachachás y largarse. La remembranza citada no es textual pero sí lo es el simpático término que utilizó.

Los extraordinarios escritores contemporáneos que nacieron y aún viven por estos lares, conjugan las más variopintas faenas para procurarse el pan, para complementar el dinero generado gracias a tus trabajos literarios. En la gran mayoría de los casos, todos han sido destacados profesores universitarios que con placer comparten sus conocimientos con los ávidos estudiantes, amortiguando los compromisos adquiridos con sueldos y salarios que no superan en mucho a si trabajaran sólo ad honorem; están los afines a la parte comercial, que según reza la máxima y tal vez esto sea así en todo el planeta, “en la calle es que está el dinero”: los hay desde los que tienen pequeños comercios, modestas librerías, hasta los que se han dedicado a cultivar la tierra, criar ganado y hasta tener fábricas de cocina (no olvidemos a los que tienen dos, tres o más carreras universitarias). Hay de todo. Seguramente usted desconocido lector tenga algunos ejemplos más curiosos que los anteriores.

Recientemente se llevó a cabo el II Salón del Libro y en él, me conseguí a un escritor que ya lleva editadas tres excelentes novelas que de las cuales, una será llevada al cine. Mantengo su anonimato por respeto y sobre todo discreción en cuanto a su actividad paralela. Después del apretón de manos y del saludo de rigor, le pregunté que si estaba escribiendo algo nuevo, una nueva novela, y me comentó que no, que estaba trabajando más que nunca en su empresa para ver si podía generar el suficiente dinero, retirarse pronto y dedicarse al fin a la literatura. Casos como estos y sobre todo en Venezuela son más que comunes, son necesariamente una condición.

Lo cierto es que desarrollar la palabra, lograr la madurez necesaria para llegar a las combinaciones literarias que resulten de un trabajo pensado y no pasen como un simple golpe de suerte, requiere del empeño contumaz de su creador para vencer las cuitas que ofrece el mágico ejercicio de escribir. Tal vez todas las personas que llevan consigo ese gusto por la escritura, profesionales graduados o no, comerciantes o sencilla y noblemente escritores de oficio, escriben para huir, para escapar de la aprehensión que el mundo produce sobre el ser humano desde tiempos inmemoriales. Concluyo citando nuevamente a Pamuk haciendo honor a la palabra madura y no con la mía que aún está en su fase embrionaria: “Lo mejor de escribir, de la escritura creativa, es poder olvidar el mundo como un niño, sentirse sin responsabilidades al tiempo que nos divertimos como más no apetece, jugar con las reglas y las leyes del mundo conocido como si fueran juguetes…”

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