9 sept. 2008

Venezuela: el país que siempre nace.


Con gusto y detenimiento leí el libro Venezuela: el país que siempre nace de Gisela Kozak. Con gusto porque el acto de la lectura lleva un placer implícito donde el encuentro con la palabra escrita se torna un vicio, más si el autor leído lo conozco, tal como es el caso de Gisela, de quien recibí clases en la Escuela de Letras de nuestra Universidad Central de Venezuela en un par de semestres; y detenimiento, puesto que el pensamiento y la palabra aguda de su autora está allí con entera efervescencia a través de cinco ensayos (la introducción al libro ya es un ensayo) que evidencian por qué es una de nuestras mejores ensayistas.

La introducción: ¿Lee usted literatura venezolana? Pregunta que más allá de buscar una respuesta, entabla una reflexión del entorno literario contemporáneo, que así como otros sectores –mejor dicho, todos los sectores-, han sido influenciados por el difícil contexto político por el cual atraviesa el país. En palabras de la propia Kozak, la idea es “que la literatura sea vista como una posibilidad otra de pensar y vivir nuestra experiencia en el mundo y no, por lo menos exclusivamente, como una obligación, una suerte de paradigma educativo nacional o una ruta de salvación individual o colectiva frente a la industria cultural y el ciberespacio”. Lo interesante de esta reflexión, que a la postre termina siendo alentador para uno como lector y como venezolano, es que la propia autora reconoce que la “voluntad” de la gente (palabra que abarca voluntad literaria, social, civil, etc.) ha venido en ascenso para dejar atrás “la queja y la abulia” que tanto daño nos ha hecho.

Memoria, subjetividad y nación en El round del olvido, de Eduardo Liendo. En este ensayo la autora coloca su mirada acuciosa sobre la obra de uno de los maestros insigne de nuestra narrativa. Dictaduras, revoluciones, historias colectivas e individuales, son desmontadas del mundo ficcional de esta novela para dejar en evidencia el carácter literario de la misma.

De Eisenstein a Fassbinder, de la revolución a la desesperación: Los últimos espectadores del acorazado Potemkin, de Ana Teresa Torres. Como era de esperarse en este libro de ensayos no hay cabida para textos y autores que no sean de raigambre. Así, la mencionada obra pasa por la lectura detallada de la autora, en donde el esteticismo o el carácter estético de la novela queda demostrado a través del análisis planteado, considerando las diversas visiones que forman parte del entramado de Los últimos espectadores…: histórico, político, social, psicológico, entre otros. Valiéndose de estos elementos, Kozak afirma que “la novela de Torres conecta con el presente nacional”.

Los últimos dos ensayos y no por ello menos importantes: ¿Nostalgia, frustración o percepción?: novelística, poder y revolución; y Nuestra herencia intelectual y el triunfo de la revolución bolivariana, van de la mano en esa búsqueda planteada por la autora que intenta equilibrar el tema de la educación, el pensamiento intelectual y la literatura, teniendo a la vista las complejas relaciones políticas que han mejorado o devastado a la nación -dependiendo desde la óptica con que se mire- para dar un paso al frente en cuanto a su visión crítica dentro de la generación de intelectuales en donde sin duda ya tiene un puesto asegurado. Ella afirma que “por desgracia para el pensamiento venezolano, el debate de la izquierda internacional y nacional…está dedicado a cómo hacerle frente a la globalización…y no cómo hacerle frente al Estado, el gran problema de la sociedad venezolana en este momento…” No puedo pasar por alto mencionar que el texto recibió la mención de honor en la Bienal de Ensayo Enrique Bernardo Núñez, Ateneo de Valencia (2006), y que el título del libro: Venezuela, el país que siempre nace, me hace recordar unos versos de Cabrujas aludiendo a Caracas y por extensión a Venezuela: “Así esta historia/ siempre al norte, mientras tanto y por si acaso”. Dicho de otra manera, siempre naciendo.

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