15 mar. 2009

Make up books


Imagínese usted llegando a una de estas cadenas de farmacias o supermercados presta a comprarse su cremita reductora de arrugas, asesina simbólica de sus patas de gallina o cualquiera de estos solicitados patuques para combatir la fuerza de la gravedad que atrae su piel hacia el centro de la tierra. Piense por un minuto que se equivoca de empaque y sin querer en vez de llevarse el bien adornado pote cilíndrico con una llamativa etiqueta que dice Q10 o H2O o whatever, se lleva un libro. Sí, un empaque rectangular de hojas protegido por un plástico para evitar el polvo, la intemperie y las huellas dactilares de quienes osaron en echarle un vistazo. Qué haría si al momento de pararse frente al espejo y al intentar girar la tapa de su producto para tomar una generosa porción de su crema, en vez de que ésta gire lo que hace es levantarse ligeramente para mostrar ante el asombro de sus ojos un título que dice Tu rostro mañana, o cualquier otro nombre. ¿Tomaría parte de lo que sería un enriquecimiento por efecto de la lectura para untar su pensamiento y tal vez su espíritu, más allá de los efectos palpables de una crema sobre su piel?
La tendencia va por esos lados. Ahora es casi imposible estar haciendo su cola en alguno de estos establecimientos para pagar su compra y no toparse con algún libro, sobre todo si son de la bien o mal llamada categoría de autoayuda. No falta una Mastreta, un Coelho o una Allende, aunque en algunos de estos lugares ya se pueden ver otras tendencias y otros autores. El punto es: al estar esperando minutos tras minutos para desembolsillar su dinerito, ¿se decanta usted por un confite, un chocolate o un libro? ¿qué precio tiene su antojo en ese determinado momento?
Seguramente los especialistas del mercadeo enfocados en la difícil tarea de vender libros en cualquier editorial dirían: si la gente no va a los libros los libros van a donde está la gente. Y vaya que sí hay gente en estos deliciosos centros de consumo en donde la premisa básica es consolidar su bienestar -hasta que tiene que pagar.
¿Es prioritario o no el libro? ¿Es un lujo comprarlo (que no leerlo)? ¿La gente está leyendo más que antes? ¿Por qué ahora nos hallamos con estos amigos de la cultura en los anaqueles destinados anteriormente a categorías culinarias o de belleza? ¿Ha visto usted en cualquier librería un desodorante AXE o una crema anticelulítica en la caja?
Todas estas preguntas me asaltan la razón puesto que entonces, pareciera que el minúsculo grupo que lee pareciera ser siempre el mismo y por ende las editoriales que necesitan cubrir sus presupuestos de ventas, no les queda otra opción que dirigirse a otros canales, a otros medios en donde tal vez el desespero de una cola le haga sucumbir ante un sugestivo o interesante título. Estos potenciales lectores terminan siendo entonces el sueño dorado de las casas editoras para sobrevivir en un país en crisis, signado por un estado en donde los libros no son considerados prioritarios y en donde las trabas del sistema cambiario son la mayor de las herramientas con que se frena, tanto la importación como la producción nacional por la falta de papel.
Otro mecanismo para hacer llegar libros a grandes cantidades de lectores es a través de la digitalización de los mismos. Ahora se puede ver en los grandes sites de compra-venta alrededor del mundo, estos equipos que soportan miles de libros en este modernísimo formato. Intuyo que la gran mayoría debe estar en inglés, no lo sé. Tal vez algunos libros de nuestra hermosa lengua, clásicos, long-sellers, etc., estén disponibles y posiblemente sea este mecanismo una manera adicional de aproximar a miles de personas hacia la lectura. Cuando vaya a un restorante, ande en el metro o vea gente sentada en una plaza, fíjese que de cada dos niños uno está jugando con un Nintendo DS y que de cada dos adultos uno está jugando con el celular: aquí el verbo jugar es aplicable al hecho de que se esté “jugando” literalmente, se esté leyendo información, se esté comunicando con alguien, entre muchas funciones más. El blackberry es el Nintendo para adultos, por ejemplo. Entonces, por qué no pensar que estos equipos de lectura se vuelvan en un futuro no muy lejano el boom (y lo digo por Venezuela en donde el consumidor promedio está pendiente de los avances tecnológicos, bien porque le gusta o porque le gusta presumir), la moda que hará ver a su propietario como una persona culta, que le gusta leer mucho y que además ama la tecnología. Estimo que en otros países esto ya sea un hecho.
Hay cantidades incontables sobre el tema de la digitalización, acalorados debates sobre la muerte física del libro, del ocaso del papel. Sin embargo, en mi opinión particular, creo que esto no sucederá, que el libro en su estado físico, por el placer del tacto, por su olor, incluso hasta por solidaridad con éste, seguirá vivo. El punto es si se venderán más o menos que antes y es justo aquí donde la digitalización se transforma en alternativa dentro de un mundo globalizado en donde -amén de la súper población mundial, vorágine que compite y consume- el precio pareciera ser la punta de lanza para abrirse paso en un mercado con tendencias cibernéticas, de hecho, qué está haciendo usted en este momento: una lectura digitalizada. El precio de un libro en digital en significativamente menor que su homónimo en papel.
Es posible (tal vez exista y peco de ignorante) que, así como al momento de hacer su cola en el supermercado se tropieza con libros de Saramago junto a una caja de bombones, la versión en digital de esto sería que mientras usted lee en su micro pantalla de tal y cual resolución, le aparezca un anuncio publicitario de un delicioso croissant de almendras, de maníes confitados o de un cremoso café. No pierdo la esperanza de ver en la caja registradora de alguna librería una buena tanda de desodorantes o de toallas sanitarias: business is business.

1 comentario:

enigmas PRESS / Gandica dijo...

También estoy de acuerdo en que el libro, como tal, no desaparecerá. Tiene siempre ese toque mágico y sobretodo si hablamos de algún libro más o menos viejo, con rostro amarillento y golpeado en su contenido y por la vida.

Pero igual pensé alguna vez de los discos de vinil...y ya ve usted lo que pasó.

Por cierto su post me recordó que a veces se consigue uno con joyas y no tan joya de libros que uno puede bajar en internet...¡completamente gratis!

No hace mucho estaba buscando al desaparecido Gran Maestre Mcuhan y su contraexplosión... no conseguía ese libro en ninguna librería y...apareció por ahí gratis en la internet.

Todo no está perdido.
Bueno saludos y gusto en visitar su blog...no lo conocía. Y ahora lo conozco.