10 mar. 2009

Séptimo capítulo: El cura de Quaregnon - Rivage


(Los capítulos anteriores en el tag Neftalí Noguera Mora).

Llueve casi todos los días. Sí. Y el viento húmedo, penetrante y doloroso, como un dardo de hielo, desorganiza las cabelleras sin rumbo de los días y las noches en estas tierras de perspectiva incierta y alma meditabunda. No es Bélgica un país para ser amado al primer contacto. Golpean sobre la humanidad la lluvia tenaz y fría, la cerrazón misteriosa de sus cielos y el embrujo solitarios de los canales verdiazules. Sus escritores y poetas han advertido esta impresión que el extranjero no puede ocultar. Y nos han hablado del alma ignorada de Bélgica, de su rosario de gracias antiguas, semiocultas en las marañas del tiempo, y de todo ese mundo insospechado de remotos atractivos, que reclaman la pupila sensitiva y el alma enamorada. Y si no expresaran la verdad, ¿cómo se explicarían las voces inmensas de Maeterlinck y Veraeharem, en las que un ámbito armonioso sonríe, canta, anhela, sufre y llora con los signos eternos de la poesía y de la humanidad? Paul Verlaine, en sus desmelenadas andanzas, sí que comprendió el misterio.Walcourt, Charleroi, Bruselas, Malinas y todo el paisaje belga, desfilan en sus frescos sencillos con la misma naturalidad que los trenes y los árboles por entre aquel enorme hacinamiento humano. “Arboles de países encantados, los fresnos van, cual vagas espesuras, por horizontes mil escalonados, en este, Sahara de infinitos prados, trébol, blanco gasón y sembraduras. De estas parajes por la paz callada pasa un tren desfilando silencioso”.

Para penetrar fugazmente en la intimidad de Bélgica necesitaba un guía generoso que me tradujera al sentimiento venezolano algo de esa “alma ignorada”, que para mí constituía la obsesión de dos palabras. Desde la infancia había perdido a Xavier Van Wezemael, el Cura belga, maestro de idiomas y de sagradas escrituras en la fría Mérida de Venezuela. Capitán combatiente en la Primera Guerra Mundial, sus hazañas y su abnegación discurrieron con ánimo de emulación por nuestro ensueño adolescente en los patios de recreo y las penumbrosas aulas del Seminario de la ciudad escolástica. En las semanales excursiones por las Vegas y colinas de Mérida, bajo un sol bondadoso y un verde alucinante amábamos el retornelo épico del maestro, desplazado hacia aquellos otros campos de trigos y parrales, donde la metralla barriera un día bruscamente con la oración y la sonrisa, el ángelus y el toque claro del alba. ¿Habría acudido al llamado de la patria invadida en aquel otro día trágico de 1939? La sola duda equivalía a traicionar el recuerdo adolescente.

Hosftade lez Alost es para mú un nombre familiar, porque es la aldea del antiguo maestro flamenco. Su geografía sentimental formaba parte de las diarias lecciones. Allá le dirigí un telegrama a la casa familiar, que fue transferido a Quaregnon-Rivage, el domicilio del Padre Wezemael. Vino a darme personalmente la respuesta a Amberes; pero como más el deber que la fe en el éxito de la búsqueda me había inducido a comunicarme con él, yo ya estaba camino de París. A mi regreso, me sorprendió la noticia.

El primero de agosto, a las nueve y media de la mañana, tomé el tren Amberes-Mons, con trasbordo en la Gare de Midi en Bruselas, rumbo a Quaregnon-Rivage, previo aviso al Padre. Cuando llegué a la estación de Mons, estaba en mi espera. Quince años de rumbos ignorados para ambos, de nostálgicas evocaciones y de episodios trágicos, se interpusieron en aquella hora del abrazo. Un “viva Venezuela”, fue la expresión entrecortada del recio belga, mientras yo descendía del tren. Tomamos el pequeño tranvía de obreros y paisanos que va hacia Quaregnon, en el país negro, llamdo así por los belgas merced a su riqueza hullera. Xavier es el cura de la parroquia más humilde y obrera de la ciudad: Quaregnon-Rivage, a la orilla de un canal qye va a internarse en el corazón de Francia, utilizado para el tráfico de barcos carboneros, duramente románticos, como el diario destino que incendian y construyen.

Días antes, en el camino hacia Francia, la fisonomía de estas tierra meridionales de Bélgica me había apasionado; me sorprendió la belleza de los pequeños cerros cónicos, alfombrados de verde veraniego, especie de centinelas insomnes que rompen en sus negros flancos el viento misterioso del Este. Más allá de Mons, más allá de Valenciennes, hasta las puertas seculares de Cambrai, el carbón vivifica las entrañas de las tierras franco-belgas y erige el sueño de los obreros, quienes, desde el socavón profundo, levantan corajudos hacia el cielo, hacia el porvenir, la abatida materia humana de las Galias. De la misma manera como, desde las galerías subterráneas, hacía aflorar a la corteza negra de la tierra la sangrante bandera de la resistencia. Los montículos cónicos no son naturales. Se forman al costado de las minas de hulla en explotación con los desechos de la purificación. Cuando las instalaciones son trasladadas, lo que comenzó en un carbón inútil es una formación geométrica perfecta y arrogante. Parecería como si los obreros hubiesen volcado el naufragio negro de la tierra hacia arriba, hacia los árboles y hacia los pájaros. Sobre las elevadas formaciones carboníferas, el tiempo va formando vegetación y el minero contempla feliz el territorio ensanchando por su esfuerzo para la periódica residencia de las estaciones.

El Padre Wezemael comienza otra vez su magisterio, de pies sobre el tranvía obrero, con la alucinante lección del paisaje a la que da fin en la puerta de su casa. Aquí comienza la otra, la humana, la profunda, la dramática. Penetramos en una casita de Valonia, con gusto flamenco, que reconcilia en el arte las dos porciones hostiles de Bélgica. Del centro, se desprende una escalerilla penumbrosa que conduce a la segunda planta. El comedor parece un motivo arrancado de uno de esos primorosos interiores de Van Dyck. Al fondo, un verde huerto rumoroso, con el horizonte abierto hacia el Canal, señala el sitio donde el Padre Wezemael busca en la naturaleza el complemento emocional y filosófico que, a veces, pareciera negar el oscuro panorama humano en un tierra duramente golpeada por la suerte. Las manos que, en las mañanas, consagran el símbolo sagrado del pan y del vino, cuidan el destino frágil de la flor y de la hoja, del gusano y de la mariposa, en las tardes pensativas de Valonia.

Por su modestia, es difícil arrancar a Xavier la historia de los últimos días de privación, de dureza y de heroísmo que le ha deparado la vida. Tiene la convicción (me la ha ratificado en el saloncito flamenco que mira al huerto) de que no cabe el heroísmo donde sólo se está llenando la medida del deber. A pedazos, he reconstruido la verdad. Iniciadas las hostilidades en Europa, el cura se preparó una vez más a combatir por su pueblo; pero el meteórico avance alemán y la violenta ocupación de Bélgica apenas sí le dejaron tiempo para reponerse de la sorpresa. Entonces dio comienzo a la tarea más peligrosa, más dramática y más decisiva: la resistencia. La voz se le anuda a la garganta, cuando recuerda con emoción y santa indignación, aquellos días trágicos. A dos sacerdotes belgas del movimiento clandestino de resistencia, los Nazis, después de colgarlos por las partes viriles, los ataron a una cámara estrecha, especia de urna vertical, revestida con cal viva. Al contacto con la orina de las víctimas, venia la natural efervescencia y la tortura cobraba sus más terribles dimensiones. Salieron esqueléticos, fantasmales. La Gestapo y la Guardia de Asalto salieron extendieron sus tentáculos fulminadores hacia el recio Cura de Quaregnon-Rivage. Pero siempre escapó a sus designios. Transmitiendo mensajes animosos, escondiendo patriotas perseguidos en las propias galerías subterráneas de la iglesia, improvisadas con este fin, y colaborando con el movimiento nacional de la resistencia en los días terribles de la Brigada Blanca, el Padre Wezemael fue el más temerario soldado junto a su pueblo rebelde. Del borde de su vieja sotana raída, se desprendió muchas veces un carbonero, rumbo al sacrificio anónimo por la patria esclavizada.

“Desde aquellas horas dramáticas viene creciendo mi amor por estos feligreses mineros de Quaregnon –me confesó el cura-. Todos hicimos el apostolado de la patria. Vivo entre obreros socialistas y comunistas y apenas logro diferenciar sus matices. Somos, por encima de las diferencias político-sociales, una sola comunidad sentimental, hermanada en los días oscuros del sacrificio por un ideal colectivo”.

Esta verdad se sigue cumpliendo en su vida. Él baja hasta el negro abismo de la mina, donde sus hermanos arrancan de las vetas la nueva y la vieja sangre de Bélgica. Y así, como por las galerías subterráneas, el hombre avanza rescatando para el progreso los escondidos tesoros de la naturaleza, el Padre Wezemael descubre a diario el diamante invalorable entre el carbón anónimo de los obreros del país negro. Con él fui a la mina. Y supe de la vida y la pasión del minero europeo en aquellos profundos canales sin aire, sin luz y sin horizonte. Vi obreros que afloraban al reino de la luz cantando con la misma abnegación y bondad con las que trabajan cantando. Pero no tuve palabras ni expresiones para contestar al amable belga Gilbert Francois, cuando me inquirió con deliberada intención: “¿Bajó usted al fondo de la mina?. Pero…¿bajó usted al fondo de la mina?” La pregunta era más profunda que la misma mina. Nacía en sus labios y seguía retratándose en el abismo de sus ojos gitanos. No hubiera sido para mí tan agradable Quaregnon-Rivage sin el Padre Wezemael; ni el encuentro con el maestro, sin el telón de fondo del romántico pueblecito carbonero. Confundido entre el cura y los obreros , visité la Escuela de Cerámica, toque la arcilla y la porcelana, encantadora expresión del sentimiento artístico de aquella humanidad sencilla y sin grandes ambiciones. Con el crepúsculo asistimos al ballet alegre en una tarima al aire libre en los extramuros del villorio. A una música mejicana, las chicas le adaptaban pasos de joropo. “Es un error ingenuo”, anoté al Padre. “Es que no conocen el Alma Llanera”, me replicó emocionado. Sobre aquella hora crepuscular del país negro vimos flotar fugazmente el alma musical y remota de la Patria.

La medianoche nos sorprendió en el Círculo Social Obrero de Quaregnon, institución fundada por el magnífico Cura. Entre copas de cerveza y buenos vinos valones, hablamos de Venezuela, exhumamos canciones del pasado romántico y pusimos a resonar en el ámbito nocturno el acento lejano de la patria, amada y pensada por los mineros de Quaregnon desde el día en que el Padre Wezemael comenzó a transmitirles la nostalgia, su nostalgia de la Patria de Bolívar. Antonio Pinto Salinas, Desiderio Gómez, Régulo Burelli Rivas, José Ramón Barrios Mora, los nombres de la promoción intelectual que comenzó a formarse en la ciudad de las Sierras Nevadas bajo el aliento del combatiente y maestro, se agrupaban como el mismo tropel de los recuerdos en su palabra emocionada.

Aquella noche comprobé lo que se me había asegurado en el país flamenco: que el “país negro” produce los mejores cantores de Bélgica. La penumbra del salón parecía hundirse en el mundo armonioso de la canción “Martha”, poema de Crevel de Charlemagne y H. de Saint-Georges, entonada rítmicamente por Xavier, Homerín, Coufriez, Lesceau y Gilbert, los obreros musicales de la nueva Bélgica. Un llamado doliente a la patria, como encarnado en el nombre de Martha, se dibujaba en los labios de aquellos hombres, dulces a la par que rudos, en uno como regreso a la tierra feliz del pasado y una presencia expectante y optimista frente al espejo del porvenir:

“Martha, Martha, vios mes larmes:
Je n’existe que par toi!
Mets un terme a mes alarmes,
Ou reviens m’offrir ta foi!
Ah! Martha, reviens pres de moi!”

El cura de Quaregnon no se resignó a quedarse solo, regando a la hora del ángelus, junto con las pasionarias, la raíz de su nostalgia venezolana en el huertecillo solitario. En Amberes despidió las navas de la patria, después de un hartazgo emocional con la parla cantarina de los marinos margariteños. Sobre los muelles de su patria, la tricolor bandera flameante de la madre adoptiva, condensó para su sueño veinte años de amor venezolano. La lluvia insistente, bajo el cielo apretujado de nubes, y el viento húmedo, penetrante y doloroso como un dardo de hielo, continuaban golpeando las cabelleras sin rumbo de los días flamencos. Pero ya, guiados por la hidalguía del antiguo maestro de idiomas y Sagradas Escrituras, empezábamos a penetrar en esa “alma ignorada” de Bélgica, de su Bélgica.

Atlántico Norte, julio de 1946

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