30 mar. 2009

Octavio Paz



Siempre vuelvo a los libros de Octavio y lo digo confianzudamente, con la desfachatez de amigo íntimo que cualquiera hubiera querido ser de este excelso hombre de letras, imagínense ustedes…
Al azar caí en “Hacia el poema” y con motivo de celebrarse el 31 de marzo la fecha de su llegada al mundo, me di a la difícil tarea de darle un sentido último a dicho poema. Para sonar menos arrogante, prefiero decir, intentar descifrar uno de los enigmas que allí se esconden, aunque paradójicamente, lo que se presenta como obvio, a veces, es lo que más nos cuesta ver. Quizás esto puede atribuírsele a la ceguera misma que el mundo moderno nos provoca, y gracias a ello, entre otras cosas, un sentido último es imposible. Además, cómo poder enmarcar un pensamiento tan amplio, voraz, como lo fue el del poeta Octavio Paz (y llamarle poeta resulta ya una insensata reducción).

Consideré este poema (si se le puede llamar así) más allá de que la suerte me llevara a releerlo, porque a mi juicio engloba gran parte de las ideas que el mismo autor defendió en varios de los capítulos de El arco y la lira, aunque claro está, no pude ver todas las relaciones en el mismo, pues como dije antes, existe la ceguera a plena luz del sol.

El primer punto fundamental es el lenguaje. Base y fundamento del poema. Conformado por “palabras” que llegan a ser irreductibles, más aún cuando están inmersas en un poema. Como lo señala el mismo poeta, son “puntos de partida”, el eje básico de donde emerge la poesía. El poeta en medio de su trabajo como hacedor de imágenes, debe exponerse a la radiación del lenguaje para sacar de éste el mayor provecho. Para ello se necesita “tiempo”, palabra o hecho fundamental en toda la obra de Octavio Paz, que se repite constantemente hasta volverse un paradigma. Esta exposición que comento es imprescindible para llegar al poema. Requiere tiempo para lograr lo que se quiere, o mejor aún, lo que el poema quiere. El lenguaje es “un árbol calcinado” del que todos han participado, y sacar de él la palabra, no exacta, sino necesaria, amerita la paciencia del poeta, el tiempo y el espacio: “Damos vueltas y vueltas en el vientre animal, en el vientre mineral, en el vientre temporal. Encontrar la salida: el poema”.
Tal salida es escaparse, evadir las ramas secas por entre las cenizas de ese árbol imaginario. Salir de allí con palabras en las manos, intactas al fuego, se transforma en milagro. Ese milagro (que es el poema) lleva del poeta toda una experiencia visceral que sostuvo con un “paisaje en ruinas” para lograr el “asalto secreto”: y llevarse esa palabra necesaria. Sin embargo, esa proeza de escabullirse entre las ramas incineradas, lleva a su vez el germen mismo de la violencia, es decir, no es un acto que se destaca precisamente por su benevolencia. Al contrario, el hecho de que el poeta irrumpa en ese “árbol calcinado del lenguaje” para llevarse de él lo que necesita (las palabras), habla por sí solo, y aunque las devuelva no serían las mismas. Dice el poeta: “La creación poética se inicia como violencia sobre el lenguaje. El primer acto de esta operación consiste en el desarraigo de las palabras”. Y más adelante dice: “Se vuelven únicos (los vocablos), como si acabasen de nacer”. Esto a su vez se vuelve una reflexión del lenguaje que no deja de ser también una reflexión de la existencia del hombre, el cual se ve acorralado en medio de su accionar creativo, entre sus palabras, las del día a día, y las que ha tomado del “árbol calcinado”: “el poeta no escoge sus palabras”, sino que pacta con esa palabra única consigo mismo para crear, revelar y reconocerse: “…muchos seres que se encuentran en una palabra. El papel se cubre de letras indelebles, que nadie dijo, que nadie dictó, que han caído allí y arden y queman y se apagan…”, como si tuvieran una indiscutible vida propia y el poeta funcionara como mediador.

El segundo punto al que me referiré es el ritmo. Punto tan importante como el anterior, ya que gracias a él, afirma el mismo Paz, el poema llega a ser tal y el lenguaje una herramienta de construcción. Ya señalaba el autor que la unidad de la frase poética no está constituida por el “sentido o la dirección significativa, sino (por) el ritmo”. Así podemos ver cómo en “Hacia el poema”, no es la significancia misma del poema -que ya es suficiente- lo que nos da esa especia de decálogo necesario para formular o armar un escenario poético, sino más bien, la disposición de lo que el poeta (o el poema) nos dice, a través de esa estructura programática que se repite y vuelve sobre sí misma: “El instante se congela, blancura compacta que ciega y no responde y se desvanece, témpano empujado por corriente circulares. Ha de volver”. El ritmo de dicho poema se funda en la secuencia de sus ideas, mejor aún, de los pasos a seguir cuando intentamos “el poema”. El poeta parte de las palabras, del tiempo que hay que tomarse para llegar a ellas, del espacio que envuelve el ejercicio de creación, que es “obstinación” y “melancolía”. Y en medio de tal ejercicio, debemos “arrancar las máscaras de las fantasías, clavar un pica en el centro sensible: provocar la erupción”; debemos desligarnos de todo: “cortar el cordón umbilical”; incluso debemos “hablar por hablar” hasta dar en el blanco. Cada uno de los puntos planteados por el poeta se imbrica uno sobre otro. Tales puntos, expuestos en las diversas estrofas del poema van repitiendo la metodología a seguir, y en tal repetición descansa la función básica del ritmo. El poema como tal y en líneas generales se funda en un ritmo determinado y no apunta a su forma sino a su sentido. No es que esté proponiendo un olvido absoluto de la forma, pero si consideramos la relación intrínseca propuesta por Octavio Paz entre ritmo y sentido, en “Hacia el poema” esta postura es definitiva, más aún si consideramos esa hibridez -por llamarlo de algún modo- con la que el autor desarrolla su trabajo poético en donde lo prosaico le da forma a lo poético y viceversa. Paz habla del ritmo con fines utilitarios, y si éste a la vez es repetición, en la segunda parte del poema se evidencia tal aspecto: vuelven las palabras, el espacio y el tiempo, el poema y la poesía, “el árbol calcinado del lenguaje” y “la justicia poética (que incendia) campos de oprobio”, el “salto mortal” y el “sueño”, analogías que se van formando gracias al ritmo.

Tercer y último punto, la “otredad”, la cual guarda relaciones muy estrechas con el mito y la religión. Si la poesía como tal, entre sus múltiples funciones, se propone una conciliación entre todos los elementos de los cuales se puede servir, “Hacia el poema” no es la excepción. Además, no se trata del simple hecho de limar concepciones antagónicas. En palabras de Paz: “…lucha de los opuestos, que la poesía convierte en armonía, ritmo e imagen”, sino también, de hacer poesía de todo lo que nos rodea, incluso de la nada. La tercera estrofa de la segunda parte habla por sí sola, incluso me atrevería a darle un nombre a dicha estrofa: “De todo o nada nace la poesía”.

“El chorro de agua. La bocanada de salud. Una muchacha reclinada sobre su pasado. El vino, el fuego, la guitarra, la sobremesa. Un muro de terciopelo rojo en una plaza del pueblo. Las aclamaciones, la caballería reluciente entrando a la ciudad, el pueblo en vilo; ¡himnos! La irrupción de lo blanco, de lo verde, de lo llameante. Lo demasiado fácil, lo que se escribe solo: la poesía”.

La otredad está emparentada con el mito y lo religioso, y en función de esto, retomando un poco el ritmo, éste se encarga de recrear nuevamente tales fundamentos, es decir, repite o trae al ejercicio poético todo un pasado arquetipal que envuelve a dicha otredad. Dice Paz: “el ritmo es inseparable de nuestra condición. Quiero decir: es la manifestación más simple, permanente y antigua del hecho decisivo que nos hace ser hombres: ser temporales, ser mortales y lanzados siempre hacia algo, hacia lo otro: la muerte, Dios, la amada, nuestros semejantes”. El sentido que le da el poeta a “Hacia el poema” genera precisamente el reconocimiento de una voz que se involucra pero que también se separa del hecho concreto de la creación. Eso que es lo “otro”, que incluso está en uno mismo, es trampolín para la formación poética. No debemos olvidar que para el poeta “el poema es tiempo arquetípico” y la evocación de dicho tiempo implica toda una historia que lleva consigo un trasfondo ritual, lo cual implica otredad y religión: “Cuando la historia duerme, habla en sueños: en la frente del pueblo dormido el poema es una constelación de sangre. Cuando la historia despierta la imagen se hace acto, acontece el poema: la poesía entra en acción”.
Toda esta noción que se fundamenta en un hecho arquetipal, implica y necesita a su vez, la voluntad de aquel que escribe, de aquel que hace el poema, de pactar consigo mismo para dejar entrar en su conciencia una especia de dimensión ulterior, en donde “el tiempo se abre en dos” para así lograr el “salto mortal”. Por ello, “el papel se cubre de letras indelebles, que nadie dictó, que han caído allí y arden y queman y se apagan”. Es de esa rendija del tiempo de donde nacen esas palabras furtivas “del nuevo diálogo”. Diálogo entre ese “yo” que realmente lo escribe. Señala el poeta: “me cubre la marejada amarilla: nada mío ha de hablar por mi boca”, sino por la boca de aquel que realmente surgió del acto poético. Ese “salto mortal” que Octavio Paz explica muy bien en el capítulo “La otra orilla”, es un arsenal de herramientas para llegar al “poema”, en donde los opuestos se vuelven uno y el poeta se ve a sí mismo como una entidad bipolar: todo y nada, bien y mal, vida y muerte. Así “el poema prepara un orden amoroso” y su creador se sirve de una revelación poética, que al fin de cuentas “todo poema se cumple a expensas del poeta”.




HACIA EL POEMA


I

PALABRAS, ganancias de un cuarto de hora arrancado al árbol calcinado del lenguaje, entre los buenos días y las buenas noches, puertas de entrada y salida y entrada de un corredor que va de ninguna parte a ningún lado.

Damos vueltas y vueltas en el vientre animal, en el vientre mineral, en el vientre temporal. Encontrar la salida: el poema.

Obstinación de ese rostro donde se quiebran mis miradas. Frente armada, invicta ante un paisaje en ruinas, tras el asalto al secreto. Melancolía de volcán.

La benévola jeta de piedra de cartón del jefe, del Conductor, fetiche del siglo; los yo, tú, él tejedores de telarañas, pronombre armados de uñas; las divinidades sin rostro, abstractas. Él y nosotros, Nosotros y Él: nadie y ninguno. Dios padre se venga en todos estos ídolos.

El instante se congela, blancura compacta que ciega y no responde y se desvanece, témpano empujado por corrientes circulares. Ha de volver.

Arrancar las máscaras de la fantasía, clavar una pica en el centro sensible: provocar la erupción.

Cortar el cordón umbilical, matar bien a la Madre: crimen que el poeta moderno cometió por todos, en nombre de todos. Toca al nuevo poeta descubrir a la Mujer.


II



Hablar por hablar, arrancar sones a la desesperada, escribir al dictado lo que dice el vuelo de la mosca, ennegrecer. El tiempo se abre en dos: hora del salto mortal.

Palabras, frases, sílabas, astros que giran alrededor de un cetro fijo. Dos cuerpos, muchos seres que se encuentran en una palabra. El papel se cubre de letras indelebles, que nadie dijo, que nadie dictó, que han caído allí y arden y queman y se apagan. Así pues, existe la poesía, el amor existe. y si yo no existo, existes tú.

Por todas partes los solitarios forzados empiezan a crear las palabras del nuevo diálogo.

El chorro de agua. La bocanada de salud. Una muchacha reclinada sobre su pasado. El vino, el fuego, la guitarra, la sobremesa. Un muro de terciopelo rojo en una plaza de pueblo. Las aclamaciones, la caballería reluciente entrando en la ciudad, el pueblo en vilo: ¡himnos! La irrupción de lo blanco, de lo verde, de lo llameante. Lo demasiado fácil, lo que se escribe solo: la poesía.

El poema prepara un orden amoroso. Preveo un hombre-sol y una mujer-luna, el uno libre de su poder, la otra libre de su esclavitud, y amores implacables rayando el espacio negro. Todo ha de ceder a esas águilas incandescentes.

Por las almenas de tu frente el canto alborea. La justicia poética incendia campos de oprobio: no hay sitio para la nostalgia, el yo, el nombre propio.

Todo poema se cumple a expensas del poeta.

Mediodía futuro, árbol inmenso de follaje invisible. En las plazas cantan los hombres y las mujeres el canto solar, surtidor de transparencias. Me cubre la marejada amarilla: nada mío ha de hablar por mi boca.

Cuando la Historia duerme, habla en sueños: en la frente del pueblo dormido el poema es una constelación de sangre. Cuando la Historia despierta, la imagen se hace acto, acontece el poema: la poesía entra en acción.

Merece lo que sueñas.



Octavio Paz, Libertad bajo palabra.

4 comentarios:

Cristiane dijo...

Muito bonito!

Beijos

mharía vázquez benarroch dijo...

Magnífico post Jason, cada vez más tu pluma se afina y se convierte en un faro de inteligencia...gracias por traer a Paz y sus poemas inmensos.

Carla dijo...

Muy buen post!
Me gustaron los escritos!

Carla dijo...

Hola J.L. Te agradezco por el comentario en el blog, pero te cuento que quien publico ese texto oriental es Pancho, otro de los integrantes del taller.
Saludos!