7 sept. 2009

Botando piedra

Revisando papeles y más papeles, me encontré con dos artículos que escribí en el periódico Letras hace muchísimos años. Fueron los únicos que pude rescatar de aquel ataque mortal de polillas que ya he mencionado en otras ocasiones. Todos los demás artículos quedaron en el olvido, puesto que ni respaldo digital tenía de los mismos. Si mal no recuerdo –la amarillenta hoja no indica la fecha– sería el año 1993 o 1994 por lo cual tendría unos 20 o 21 años.

Este es uno de ellos.




Botando piedra

En el marco del Mes del Artista Nacional sólo tuve la oportunidad de ir a ver un espectáculo, que por ser el único al que iba a asistir, tenía que ser el mejor o uno de los mejores, pero claro, sin menospreciar a los demás artistas que sobreviven trabajando la cultura o con la cultura en nuestro país.

Se trata de Yordano. A muchos nos trae gratos recuerdos y a otros no –a los que no, no nos interesa. Recuerdos de una buena revolcada con una “Perla negra” o de “Una cara bonita” que no suele faltar entre los avatares amorosos. Seguramente se preguntarán por qué ese título tan ígneo y he aquí la explicación: mientras hacía mi cola en frente del muy conocido Teatro Nacional, con mi walkman a medio volumen, mascando una bola de chicle y tragando humo, por demás, sucedió algo nada insólito en nuestra capital y quizás en el país entero: un señor de unos cuarenta años de edad empezó a hablar –perdón– a gritar en voz alta sus pensamientos: “¡Este país es una mierda! Los políticos nos dejaron sin un coño! ¡Los niños se mueren de hambre y ustedes haciendo una cola pa’ entrá a una fiesta…qué bolas!” Estos célebres enunciados con gran poder semántico representan el tres por ciento de lo que dijo aquel señor. Me sentí como un paria de la vida al verme muy tranquilo en mitad de la cola escuchando tales y cuales verdades. Algunas personas se reían de su creciente afonía, parecida a la de los perros cuando ladran y ladran sin poder exhalar un centímetro cúbico de oxígeno. A los quince minutos salieron los gorilas de seguridad para controlar la situación justo cuando ya terminaba su discurso catártico. Supongo que tuvo suerte de concluir a tiempo su ensartada virulenta, porque si no, la pela iba a ser buena.

Todo volvió a la normalidad y la gente se ordenó en la cola. Le subí el volumen un poco más a mi aparato para disipar de mi memoria lo ocurrido, pero Caracas no me otorgó ese lujo: a escasos cincuenta metros de mi espalda “sonó un disparo como un cañón” –como dice la canción. Algunos se inclinaron un poco y otros se tiraron al suelo. Entre el tumulto de mirones que siempre aparece de la nada, pude observar a la víctima. Había sido esposado por los “efectivos” policías, que mientras lo llevaban la módulo, le propinaron unos cuantos puntapiés. El rumor que llegó a mis oídos indicando cuál había sido el móvil delictivo fue: “se robó unas canillas”.

Ya la piedra la tenía setenta y cinco por ciento afuera. El porcentaje restante lo boté aquí: instalado en el último balcón del teatro aguardaba impaciente a mi pareja. Le tenía su puesto reservado como era de esperarse. Justo cuando apareció después de una larga espera, a una chica muy simpática le dio “la grandísima gana de sentarse en el puesto vacío”. Intenté persuadirla para que nos devolviera el puesto pero fue imposible. Fueron unos cuantos minutos verdaderamente incómodos hasta que por fin a la muy viva le dio “la grandísima gana” de levantarse e irse. Tenía la piedra en la mano cuando empezó el concierto y tan bueno fue el mismo que la piedra se fue desmoronando.

Después del espectáculo recordé al señor que gritaba y al roba-canillas –lo del asunto no tuvo la mayor importancia. Me dije a mí mismo en el eterno monólogo de mi cabeza: “¿tendremos la culpa de todo lo malo que está pasando en Venezuela?” Sinceramente… creo que la tendremos en la medida que perdamos la fe en nosotros mismos y en la medida que dejemos absorbernos por el virus mortal del pesimismo. Mientras no sea así, qué va! Pero resulta inquietante ver todo lo que uno tiene que enfrentar hasta para ir a ver un concierto. ¡Un bravo para Yordano!

PD: ¡Qué arrechera lo de la silla!.

1 comentario:

Roy Jiménez Oreamuno dijo...

Que curioso ya se hablaba de Venezuela en esa época, como que se sentía que algo grande iba a pasar en ese país.

Bueno esta interesante el relato y en verdad que se salvo de la polilla, que se come todo lo que se le ponga por delante. Me gusto como se fue desmoronando la piedra.
Saludos