23 sept. 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina


Concluí con la segunda entrega de la trilogía Millennium: La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. La intensa aventura vivida por su protagonista Lisbeth Salander me obligó a continuar con la lectura desde las tres de la mañana. Ya a las seis había finalizado con la página 749 e inevitablemente sentí la necesidad de darle paso al tercer tomo de la saga de Stieg Larsson. Es sólo cuestión de días, tal vez de horas, cuando de seguro vaya a por él.



Así como en Los hombres que no amaban a las mujeres, en esta segunda parte las emociones continúan haciendo de las suyas para atrapar al lector. Lisbeth Salander después de las terribles situaciones por las que pasó, decide tomarse unos merecidos días en el Caribe, especialmente en Las Bahamas. No obstante, parece que las circunstancias extremas la persiguen y en aquel apacible lugar comienzan a darse situaciones de las cuales también debe tomar partido.




Por su parte, Mikael Blomkvist continúa con sus labores en la revista Millennium y ve con agrado el resurgimiento de la misma. A la par se hace de valiosos periodistas dentro de su staff de trabajo y a través de uno de ellos llegan a un aberrante caso que va a desencadenar todas las historias del texto: el tráfico de mujeres para la prostitución o como bien se indica en el texto, el traffiking.




Surge así un caudal de personajes policíacos que va a girar en torno a un brutal triple asesinato que de a poco, nos lleva a desentrañar el terrible pasado de la infancia de Salander, hasta el punto de dejarnos con la angustia por descifrar un gran enigma que sólo hacia el final –como era de esperarse– es develado, eso que insistentemente es soltado en pequeñas cápsulas como “todo lo malo” que vivió Lisbeth Salander.




El caso abierto de Nils Bjurman que viene desde Los hombres que amaban a las mujeres, consigue su desenlace en esta segunda novela. Tal vez no de la manera que el lector hubiera deseado, pero no alejado de hacerse justicia. Lisbeth sigue siendo una gran heroína, atípica por su apariencia física, pero heroína al fin y en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina demuestra por qué. En esta entrega se dan situaciones tanto inesperadas como espeluznantes y que en momentos particulares rayan en lo sobrenatural: “Una cosa estaba clara: ese ser no pertenecía a este mundo. Era un monstruo surgido del infierno”. Para que el mismo Vargas Llosa haya sucumbido a la trilogía Millennium es por algo. Como bien dijo en relación al trabajo de Larsson: “Como todas las grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó…Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander.”




Qué mejor manera para referirse a esta trilogía. Es una lectura que mantiene la expectativa en alto y a mi juicio no tiene desperdicio. Cada vuelta atrás en el pasado es por algo y mientras más se hurga en él, más desgarrador nos resulta lo que hallamos.

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