18 sept. 2009

Sylvia


Hice el ejercicio: releí Sylvia teniendo como fondo musical a Gershwim, me olvidé de Woody y su Manhattan. Tal vez por capricho seleccioné la música o porque en el poema IV, el poeta alude a esta célebre pieza. Fue un gusto encontrarme después de tanto tiempo con la poesía en prosa, manejada en este caso, con una contundencia carnal que evidencia que no hay improvisación alguna sobre lo que el poeta, más que decir, sentía.


Quien ligeramente sucumbe ante la poesía y más aún si va en prosa, no puede dejar de pensar en Baudelaire, que muy seguramente recibió inspiraciones teniendo a la vista algún lago de la campiña francesa, o del bien conocido Lago Lemán, referido también por Voltaire y Rousseau. Este hecho geográfico no pasa de largo en el caso de Valmore Muñoz Arteaga, en donde un lago –seguramente el Lago de Maracaibo– está presente como un sutil detalle de pertenencia: “La realidad, la maldita realidad de cuerpo negro, donde la luna se para y deja su danza guindada sobre el cutis del lago”. Esa nocturnidad, es lo que está presente a lo largo de Sylvia marcando la voz desesperada del poeta.


El texto está repleto de emociones encontradas, así el dolor y el placer se dan la mano para cantarle a una musa, que es más carne que entelequia en la mayor parte del texto, pero que en determinadas ocasiones esta relación se invierte puesto que el objeto del canto, la mujer amada, Sylvia, ya se evidencia lejana: “los gritos desesperados de esta soledad (la del poeta) que sólo reconoce las cosas de este mundo por tu nombre”. Más adelante dice: “me despides, ahora, en un interminable mar de fantasmas y cosas que pasaron”.


Hay una relación orgásmica explícita que acompaña al objeto placentero del poeta –y los ejemplos sobran– como un tratamiento sensorial que se aposenta en lo literario, en lo poético. Los siguientes versos insisten en esa mujer ya etérea, no por ausencia de cuerpo sino por su distanciamiento y complementa esta idea que va en el orden de la palabra sembrada de erotismo: “No tengo otra meta que acariciar en el vacío la forma divina de tus senos, montañas boscosas donde han desaparecido tantos besos. Duros como esta certidumbre de perderte…”

El poeta, verso a verso, va expiando su pena. Le habla a su propio dolor ya que Sylvia es fantasma. Ha quedado en el pasado que no en el olvido y se regodea en su desesperada pérdida: “Sólo a través de la palabras te poseo” y por más que la llame, que la invoque a través de incontables memorias pasionales, ella sigue inalcanzable.


Esa nocturnidad que mencioné líneas atrás, marca una relación simbiótica con Sylvia. Ella es noche, es oscuridad a través del delirio pasional del poeta y es cerrando sus ojos como éste puede alcanzarla nuevamente: “Cierro mis ojos para perderme entre cada palpitación de tu sexo. Cierro mis ojos para existir entre las apariencias. Entre esta dolorosa existencia diaria”. Luego dice:”Tú Sylvia, río de oscuridades, música de la noche”. Se transforma en “espiga milagrosa”, es poseedora de una “belleza demoníaca” y cuando está desnuda proyecta una “plegaria infernal”. El poeta se rehúsa a despertar, a recibir con alegría el amanecer que se le antoja despreciable. Quiere eternizar la noche para continuar su ensueño, ese paraje en el que Sylvia siempre estará presente: “Que nuestro linaje camine junto para vencer la vida, para permanecer en la noche… No me abandones en la luz. No me dejes olvidado en la luz…a través de la noche, Sylvia, eres profundamente real…”


Valmore Muñoz Arteaga me hizo llegar con un exceso de humildad su trabajo Sylvia –cosa que se agradece– y cabe decir que al entrar en él, la lectura se me dio de un solo tirón. No había otra manera de hacerlo, pues de haber sucumbido a la más mínima pausa, el ritmo avasallante que impone con sus versos tal vez se hubiera visto afectado. Hay que seguirle los pasos a la poética de Valmore y acercarse a sus ensayos que de seguro deben traer su particular sello. En cuanto a Sylvia, es una lectura que recomiendo y de la cual se pueden sacar otros temas que no toco aquí para hacer honor a la brevedad. Cierro con este verso en donde la entrega y el sometimiento pasional que despierta Sylvia es innegable: “Hazme un instrumento de tu placer inconfesable”.

1 comentario:

Valmore Munoz Arteaga dijo...

Acabo de regresar de la maestría -Pensamiento Filosófico Latinoamericano- y abrí el correo, puesto que debo enviarle unos textos al profesor. Me conseguí con la información de que habías publicado algo sobre Sylvia en tu blog. De tal manera que, dejándome llevar por una curiosidad infantil, fui a buscar tus palabras. Desde que empecé a hacer públicas las cosas que escribo, me gusta saber qué piensa el lector, qué cosas dice y de ahí, pues, mejorar. Leer con atención lo que piensan de mi trabajo y mejorar.
Estimado amigo, leí tus palabras con atención y debo decirte que me conmovió el gesto alentador y lo que resaltas de mi Sylvia que, al fin de cuentas, es tu Sylvia y la Sylvia de quien la lee. Te agradezco las observaciones, pero te agradezco más el tiempo que le ofreciste a mi libro en lectura y reflexión.
Cuando los poetas se quedan sin palabras no es debido a que no tengan nada que decir, es porque les habla el corazón. Yo estoy sin palabras y las que se agolpan torpes para salir no dicen otra cosa más que gracias, mil gracias.
Un abrazo.