25 sept. 2009

La negación de los productos

No sé si a ustedes les ha sucedido esto. Es la clásica situación en la que, por razones desconocidas, el producto de su deseo, ocasional o no, se les escapa de las manos. Dicho de otra manera, usted se empeña en comprarse cualquier pendejada y por aquellas cosas de economía o de conciencia, termina por dejarlo en el estante, anaquel, o peor aún, en la propia caja registradora. Esto a mí me ha sucedido un montón de veces con tres productos en particular. Uno de ellos me lo he inventado por mero ocio, capricho o porque en más de una oportunidad, me he figurado con dicho objeto en un futuro lejano, macerando mi vejez con el recuerdo de cosas que hice y no hice; por cosas que pudiendo haber hecho no se concretaron pero que dieron paso a otras experiencias trascendentales y otras totalmente inútiles.


Para los amigos de otras latitudes, la isla de Margarita, Estado Nueva Esparta, es uno de los principales paraísos turísticos de Venezuela (aunque cada vez menos por la inseguridad), bien por sus playas, los precios exentos de IVA (Puerto Libre) y las noches prometedoras de un desnalgue bárbaro, es decir, fiesta, rumba, etc. Aquí es donde siempre he sufrido –en parte– de este síndrome de la negación del producto. Independientemente del local comercial que escoja, bien sea Sigo, Rattan o cualquier licorería, siempre he tomado una botella de Swing, de whiskey, y muy orondo la coloco en el carrito de compras mientras el inmenso arsenal de confites importados y productos varios se van reflejando en mis pupilas. Luego comienza la inevitable reflexión sobre el potencial y dionisiaco producto: “Para qué te vas a comprar eso si tú no tomas… Con eso te puedes comprar otra cosa…” y otros pensamientos en el orden de patatín y patateros. La calculadora mental empieza a exprimir números de mis neuronas hasta que sucumbo a su voluntad. Si esto es teniendo el dinero para poder comprar la susodicha bebida, no me imagino sin él. Ahí me ves entonces, dejando a la pobre y desolada botella arrinconada con otros objetos devueltos por otros clientes que padecen del mismo síndrome.


El otro producto que cae en esta patética categoría de la negociación es un libro. Sé que muchos me siquitrillarán y lo entiendo. Me dirán “cómo es posible que un tipo como tú y tal, no lo hayas leído…” Sin embargo, en mi defensa debo decir que es imposible haber leído todo. El caso es que Coetzee me huye, o no sé si yo le huyo a él, son innumerables las veces que he tenido en mis manos su texto intitulado Desgracia, que, irónica y “desgraciadamente”, no compro para darle paso a otros libros menos a ese. Y ojo que la edición de De Bolsillo es económica. ¿Será que me resisto a comprarlo porque muy bien la editorial pudiera enviármelo sin costo alguno? ¿soy tan miserable así o la casa editora bulle de egoísmo? Aclaro: lo intenté varias veces pero caso omiso con mi solicitud. Una persona muy reconocida en el mundo del libro en Venezuela, me dijo, que “con tu programa no hace falta que compres más libros, los pides a las editoriales y ya”. Sí y no, algunos me llegan gentilmente de algunas editoriales –libros que leo, reseño y comento en mi programa– y otros que en definitiva debo comprar. En todo caso, asumo mi culpa y espero más pronto que tarde excluir a Desgracia de la negación de los productos.

Por último, si de estulticia e inutilidad se llama, este último producto se lleva todas las preseas olímpicas de mis caprichos. A ver, cómo les explico… Imagínense ustedes a un tipo que medianamente trata –cada vez menos –de mantenerse en forma haciendo al menos treinta minutos de ejercicio, que no fuma y que cuando lo ha hecho, ha fumado un cigarrillo Light cada cinco años y porque sucumbe a la estúpida tentación. El hecho es que tomo una pipa en las manos, la huelo, olor a madera nueva o al material que sea. Qué bella, qué linda. ¿Cuánto cuesta? –pregunto. Me quedo perplejo con que el vanidoso antojo sea tan costoso. En sueños huelo las picaduras de vainilla y chocolate. Me hago el loco y le devuelvo el producto como quien no quiere la cosa al encargado de la tienda y bye bye. Me digo a mí mismo que no me hace falta, cosa cierta. Pero qué ganas de experimentar las volutas de humo en un posible momento de relax tan necesario al final de la jornada diaria. Algún día.

PD.
Los números impares se me antojan mejores pero había olvidado que existe también un cuarto objeto que ha sido –afortunadamente– víctima del síndrome en cuestión. Creo que la triste gráfica habla por sí misma. En mi vida es disparado una y no es que me interese el tema bélico y de la pólvora, pero cuando uno ha sido víctima del hampa piensa en que hay que tener una. La muerte no me va, al menos no así. Ya en varias ocasiones he sentido el frío metal en mi cabeza y no hay nada más cercano a la pelona que eso. Creo que como sibarita me muero de hambre, digo, por los tres primeros productos no por este. Me niego, y en contradicción al síndrome de la negación de los productos, no quiero un arma, quiero la tranquilidad perdida que por “desgracia” parece no estar en venta en ninguna parte.
Preferí recortar la imagen del arma porque hacia el fondo se veía el occiso bañado en su propia sangre. En este caso el hampón consiguió su propia medicina en alguna calle caraqueña.